Las tres conchas

El pasado día 5 de agosto salió una antología de relatos titulada ‘Para mí tu carne’. Está editada por editorial 23 Escalones, y es de temática zombi. Participo en este libro con un relato titulado Vainilla. Esto viene a colación de un pequeño elemento que hay en mi relato (aunque si piensan que he aprovechado para promocionar el libro, que a propósito puede comprarse aquí, están en lo cierto): se trata de este fragmento,

Estamos unas diez personas en la habitación. Algunos llegaron ayer, Joan y yo estamos aquí encerrados desde el mismo martes en el que comenzó el Segundo Calendario.

Todos los que han leído el relato, desde que lo escribiera en julio del año pasado, me han preguntado qué significa eso del Segundo Calendario: si es metáfora de algo, si representa un detalle que se les ha escapado, si tiene alguna intención oculta…

Me recuerda esto a la ya clásica película noventera Demolition Man (1993, Marco Brambilla), que en medio de su estética futurista y mezcla de acción y comedia a lo Aldous Huxley tiene su mayor secreto en una chorrada: en lugar del papel higiénico tras satisfacer las necesidades fisiológicas, hay tres conchas cuya función es desconocida para el agente Spartan, que ha sido congelado durante 40 años y es ahora un turista del futuro.

Las tres conchas han pasado a formar parte de la cultura popular. Por la red podemos encontrar incluso teorías de su posible uso (que no mencionaremos por ser demasiado escatológicas). ¿Cuál es el sentido de las tres conchas? No lo averiguaremos porque, sencillamente, este no existe. Es un chiste insertado en la película. Ni siquiera los guionistas lo saben, y si lo saben, disfrutan del legado de este misterio.

James Joyce dijo: “Escribí Ulíses para mantener ocupados a los críticos durante doscientos años pensando en qué quise decir”. De la misma manera Stanley Kubrick los ha mantenido ocupados con el último plano de La naranja mecánica (donde un conjunto de burgueses ovacionan una violación) o con la totalidad de El resplandor o 2001: odisea en el espacio, desde los simios y el monolito hasta el feto sideral del último minuto. ¿Cometió Patrick Bateman los asesinatos y las barbaridades que narra en American Psycho, la novela de Bret Easton Ellis? ¿Era Rick Deckard un replicante en Blade Runner? ¿Qué era real y qué era ficticio en Mulholland Drive? ¿Qué era soñado en Inception?

La habilidad por intentar comprender el ansia del consumidor cultural de obtener respuestas fue muy bien traída en la serie Lost, que escondía un mensaje espiritual en una amalgama de preguntas sin responder, cada vez más complejas, cada vez más ininteligibles.

El Segundo Calendario, en mi relato, no significa nada, de la misma manera que no es posible hallar el modo de uso de las tres conchas. Mi novela Integridad, que se publicará (espero) estas Navidades, tiene muchos detalles de este estilo. Y debo reconocer que me gustará comprobar que muchos lectores buscarán la lógica y respuestas en frases en las que ni yo he reparado.

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Vainilla

Para mí tu carne

Editorial 23 Escalones, 2011

352 páginas / ISBN 978-84-15-10474-2

Autores: Carlos Sisí, Juan de Dios Garduño, Juan Ángel Laguna, Virginia Pérez de la Puente, Pedro Escudero Zumel, Alejandro Castroguer, Vanessa Benítez Jaime, Luisfer Romero Calero, Félix Morales Hidalgo, Manuel Mije, Francisco J. Sosa Garduño, Francisco Jesús Franco

 

Era el año 2004 cuando descubrí la página web Cyberdark.net, un inmenso compendio de toda la literatura que yo quería leer. No podía ni siquiera soñar con aparecer alguna vez ahí, entre todos esos autores que, en el impulso de mi post-adolescencia, me parecían dioses. Año 2011. Estoy en Cyberdark.net, entrando por la puerta pequeña, sin hacer ruido. Pero cumpliendo un sueño.

El pasado verano recibí la propuesta de participar en una antología de zombies. Pero, ¿qué sabía yo de zombies? El único conocimiento con el que contaba era haber visto (y disfrutado) El amanecer de los muertos, magnífica película de Zack Snyder. Aterrado ante la idea de escribir un relato mediocre ante un tema que no controlaba, hice lo que hago siempre. Llevar las cosas a mi terreno. Así pues, escribí Vainilla, un pequeño cuento sobre la culpabilidad, la vida, la muerte, y la justicia divina. Los zombies son lo de menos. O no.

4000 palabras de nada. Estoy convencido de que si a alguien le gusta cómo escribo (si es que hay alguien), disfrutará bastante la lectura de Vainilla. Porque es puro yo, con mis neurosis habituales, final sorpresa y diálogos con interrupciones.

He leído algunos de los relatos de mis compañeros, y son muy buenos. El libro merece la pena sí o sí. Y algunos de los escribidores con los que comparto autoría son unos auténticos cracks.

 Así que anuncio que Para mí, tu carne, se puede ir reservando desde YA en Cyberdark.net, aunque su lanzamiento definitivo será el 5 de agosto. La portada ha quedado muy cuca, y no sé si puedo dar garantía de calidad, pero sí garantía del cariño puesto en el libro.

Ficha del libro en Cyberdark, para ir reservando

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Tour de force

A E., que probablemente nunca leerá esto

No lo esperabas. Pero llegó.
Tenías un sistema perfecto. A tus veinticinco años, tu relación con el sexo opuesto consistía en, digamos, diez o quince mujeres a las que habías dedicado con más o menos pasión algunas horas de tu tiempo.
No trataste bien a muchas mujeres, pero no te importaba. A veces reparabas más en su físico que en su personalidad, así que no te sentías en la obligación de comprenderlas, o de averiguar qué pensaban ellas.
Descubriste pronto que los hombres que tienen éxito con las mujeres son aquellos que son unos cabrones con ellas. No dejabas que ellas te afectasen, porque habías comprobado que cuando una chica empezaba a pasar por tu cabeza y tus sueños más de la cuenta, obligabas a tu mente a alejarla de tu vida, a ignorar sus virtudes y amplificar sus defectos. Y si además pensabas que se lo merecía, de paso le mostrabas tu desprecio y la humillabas por haberse fijado en ti.
No creías que fueras mala persona por ello. Recordabas al detalle todos los no que habías recibido por parte de chicas a las que adoraste cuando tenías entre catorce y dieciocho años, te recreabas pensando en que las mujeres son todas unas perras, porque no podía ser de otra manera. Pensabas en esas novias de tus amigos, que no hacían más que quitarles tiempo y dinero, influirles negativamente y convertirles en sus esclavos. Y algunos te admiraban, porque una ruptura amorosa apenas significaba algo para ti, y sabías pasar página con increíble eficiencia.
Eras muy reservado respecto a expresar amor, cariño, y aprecio, porque supiste que cuando uno expresa cosas así, se torna vulnerable y débil. Y tú no querías ser débil.
Hace varios meses, saliste con una chica de la que te aprovechaste descaradamente. Ella debía pagar por todos los daños que te causaron las anteriores. Tu relación acabó fatal. Os dijisteis de todo, os faltasteis al respeto. Pero a ti no te importaba. Al contrario: respiraste aliviado porque por fin te liberabas de la obligación de tener que verla con frecuencia, ahora que ya no te servía para tu propósito.
Preguntaste por ella a sus amigos. Está fatal, dijeron algunos. Otros: se la ve dolida. Viste que te borró del Facebook, que ya no quería saber nada más de ti. Y te regocijaste porque pensaste: he ganado. Ella está peor que yo. A mí me da igual.
Tres días después, conociste a una chica extranjera. La idea era realizar un intercambio inglés-español. Pero cuando viste que era guapa, simpática y divertida, de repente tenías otros planes. Ella no hablaba español, así que partiste con la misma mentalidad: podías aprovecharte de ella para mejorar tu inglés. Hablásteis durante horas en un café llamado Nostalgia (como si fuera una premonición). La impresionaste con tu verborrea, tu sentido del humor, tu conocimiento del cine, tu sociabilidad. Te excusaste diciendo que habías quedado. Y era cierto. Cenaste con tu amigo J., hablaste con él de cine y literatura como si nada. Aún no te habías percatado de lo que acababa de ocurrir aquella tarde de viernes.
Y para el día siguiente, cuando rechazaste un ofrecimiento de un amigo para ver el Barça-Real Madrid porque preferiste verlo con ella, supiste que ella era diferente. O que tú eras diferente.
Lo que ocurrió a partir de ahí nunca lo hubieras imaginado: fue la primera amiga/novia que presentaste a tus padres y hermanos formalmente, afirmaste abiertamente que sentías amor, tomaste café con ella en cien lugares diferentes, fuiste a terrazas, restaurantes; tú hablabas y ella sonreía, ella hablaba y tú mirabas con pasión sus ojos verdes; fuisteis juntos a un partido de fútbol; contemplasteis juntos Sevilla desde la Giralda; fuisteis al cine a ver una de Woody Allen; os quedabais hablando hasta que no podíais más de sueño; os regalasteis libros y a veces os quedabais en casa viendo películas y vídeos en Youtube; ibais juntos al supermercado, y ella te esperaba cuando salías de trabajar.
Jugasteis a ser pareja de una forma tan natural, tan sana, que apenas creías que merecieses tanta felicidad. Una felicidad nueva. La felicidad que habías estado buscando tanto tiempo, disparando a ciegas. Pero nunca habías disparado tan cerca.
En un momento dado, ella te dijo que prefería que solo fueseis amigos, que no sentía nada por ti. Pero tú preferías pensar que su agobio le hacía decir esas cosas. Le diste espacio por un tiempo, y volvisteis a veros con la misma jovialidad, la misma pasión.
A los dos meses, ella te anunció que se marchaba a su país escandinavo natal. Lloraste durante una semana, pero no había nada que hacer. El soplo de realidad te hizo ver que pertenecíais a dos vidas distintas.
Pasaron pensamientos muy negativos por tu cabeza. Era el ego el que hablaba por ti. Ella me ha usado para enriquecer su experiencia en Sevilla. Ahora volverá a su vida y no querrá saber nada de mí.
Pero ya no valían esas frases misóginas que te habían caracterizado en otros tiempos. Ya no podías decir las tías son unas perras, porque la habías conocido a ella. Si ella te había dado tanto, cabía esperanza en tu relación no solo con las mujeres, sino con los demás en general.
Recorres ahora Sevilla, y Sevilla es diferente. Es diferente porque cruzas cada calle, pasas por lugares que observas e identificas porque has estado allí con ella. Lugares donde ella te contó una anécdota, o tú le dijiste algo a ella, y ella se rió y tú la mirabas y le diste un abrazo y sus mejillas rosadas y su pelo rubio brillaban bajo el sol. Es diferente porque ves a una chica rubia a lo lejos, y tienes la irrisoria esperanza de que sea ella, que ha vuelto.
Y aunque tu vida seguirá adelante, porque siempre tienes muchas cosas que hacer, y además te gusta hacerlas, tienes tus amigos con los que te ríes, tu familia, tus libros, tus películas y tu música, sabes que esto ha sido un tour de force.
Y tus amigos y conocidos se alegran de tu aventura. Te dicen: seguro que habrás aprendido de esto, conocerás a otra, el tiempo lo cura todo, pero acuérdate de lo que has sentido, sonríe porque al fin ocurrió. Ya era hora de que fueras humano, seguro que esto te sirve para tener material para una de tus novelas. Etcétera.
Nadie comprende lo que ella te ha dado, porque nadie sabe que ella te ha abierto las puertas de un mundo nuevo. Un mundo en el que puedes tener algo tan bonito que de repente las preocupaciones que te acechan junto a la almohada (la salud, la muerte, los estudios, la trascendencia, la literatura) se empequeñecen. Un mundo en el que una persona que ni siquiera habla tu idioma, te sonríe y te desarma, en el que no hay por qué aprovecharse de la gente, en el que no todas las tías son unas perras.
Lloras, pero en realidad te alegras porque vivir sin ella será ahora un desafío que resolverás con valentía. Y ahora sabes que eres más humano. Y recuerdas el porqué de las cosas. ¿Cuándo había sido la última vez que te habías mostrado tan débil sin que te incomodase? ¿Cuándo había sido la última vez que no te habías avergonzado de mostrarte cercano, cariñoso, apasionado?
Tu pregunta es obvia: ¿y ahora qué? Ahora, seguir viviendo. Pero sabes que ya no va a ser lo mismo. Que todo ha cambiado. Porque eres tú el que ha cambiado.

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‘Fin’ o el libro como producto

Esta semana va a ser crucial para el que escribe este pequeño texto. Hasta el momento he escrito dos novelas. Integridad y Sunderland. Son como la noche y el día.

Mientras que Integridad es una novela distópica en la que la III Guerra Mundial ya ha ocurrido, y el ser humano solo necesita dormir dos horas al día, Sunderland es la historia de un joven despreciable, que vive del cuento y sufre una dudosa catarsis (con una clara influencia del American Psycho de Bret Easton Ellis (uy, no debería haber dicho eso)).

Pues bien, durante esta semana sabré, de manera casi simultánea, si ambas novelas correrán buena suerte. El editor de una de la que es quizás la editorial más importante de ciencia-ficción y fantasía en España (compréndase que no indique cuál), me anunciará, por fin, si Integridad ha pasado el corte por el que él considera que mi obra es publicable. En cuanto a Sunderland, la he presentado a un importante premio literario de alcance universitario. Si no ganase, que sería lo estadísticamente probable, he hablado con un par de editoriales de mi ciudad que acogen con buenos ojos la idea de que publique con ellos.

Cuento todo esto para matizar por qué reflexiono sobre si un libro puede ser un producto (de hecho, ya me respondo yo mismo: claro que puede). En el momento en el que la trilogía de Stieg Larsson, los libros de Dan Brown o de Ken Follett se venden con la misma naturalidad que si fueran latas de coca-cola, podemos concluir que el libro claramente puede ser una mercancía, dispuesta a pasar de una librería a un ¿lector?, con el consecuente flujo millonario de dinero alrededor del mundo. Los promotores del premio Planeta lo saben muy bien.

Recuerdo lo que me ocurrió con la novela Fin, de David Monteagudo. Ha sido uno de los mayores fenómenos literarios del país en 2010, y todavía resulta, en la distancia, inexplicable cómo una novela de sus características irrumpió en una de las editoriales más elitistas del país (Acantilado) y vendiendo cientos de miles de ejemplares. Se aprovechó, además, para vender una historia: la de un trabajador en una factoría de cartón ondulado que presenta su primera novela a Acantilado (total, no se pierde nada), y los de la editorial, tras sus gafas de pasta y sus pañuelos de seda, se quedan encandilados con el inesperado descubrimiento.

Es Fin una novela extraña, en tanto que busca el realismo en los diálogos de un grupo de amigos que pasan una noche en el campo, para pasar rápidamente a la intriga de terror, al misterio e incluso a la distopía. El éxito de Fin está muy claro, y tiene mucho que ver con las voces indignadas que han declarado que Fin es una broma pesada. Se trata de la creación de expectativas. La serie Lost se hizo inmensamente célebre por plantear preguntas, capítulo a capítulo, temporada a temporada, cuyas respuestas supondrían una explosión de revelaciones en el caso de ser contestadas. Monteagudo, el autor de Fin, sabía, como sabían los guionistas de Lost, Joan Lindsay (la autora de Picnic en Hanging Rock), o el director de cine Nacho Vigalondo, que la creación de expectativas te mantiene ahí, como lector o espectador, sin plantearte siquiera si lo que te mantiene cautivado te gusta o te parece algo de calidad.

En mi caso, leí Fin durante una mudanza, sin nada que hacer excepto esperar el día en que abandonaría mi piso de entonces. En pleno julio, sin aire acondicionado y un ventilador a dos metros de mi cara, terminé Fin en un solo día, parando solo para almorzar. No reconocerlo sería hipócrita. Cuando acabé, me lancé sobre el portátil rápidamente, buscando reacciones en Internet sobre lo que había leído.

¿Se adecuan mis dos novelas a lo que he narrado sobre Fin? ¿Pueden considerarse mis dos novelas un producto, como sucede con los libros de Stieg Larsson, Dan Brown, Ken Follett, Stephenie Meyer, J. K. Rowling? No lo creo. Sin embargo, me he dejado el alma escribiéndolas. Lloré de emoción cuando escribí la última palabra de Integridad, y salí a comer algo, eufórico, cuando terminé la última página de Sunderland. Lo que ocurra a partir de ahora es casi secundario. Pero no niego que me tiemblan las piernas ante un posible éxito. O dos.

(Artículo publicado en Lares y Penates)

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Sobre Sevilla

(artículo publicado en Lares y Penates)

Desde que en el año 2005 descubrí que podía trabajar durante la Semana Santa en Sevilla para costearme el carnet de conducir, he aprovechado ese filón durante varios años. Son cinco o seis días muy duros en los que trabajas trece o catorce horas al día en un restaurante abarrotado de gente. Algo agotador, que luego se compensa con una cantidad cercana a los cuatro dígitos por una semana de trabajo.

Este año, sin embargo, he decidido no trabajar en Semana Santa. Podemos llamarlo lujo, o descubrir de una vez cuál era mi sentimiento hacia esta semana, a la que ya había asociado con negatividad y estrés.

Nunca he sido cofrade, pero en esta ocasión, me he visto en la obligación moral de enseñar la ciudad a una chica danesa, a un canadiense, a una polaca que venían de turismo por Sevilla. Todos esperaban ver procesiones, ver esa Semana Santa de Sevilla de la que todo el mundo habla.

Ha sido la peor Semana Santa que se recuerda. La primera Madrugá vacía desde el siglo XIX. Lo siento mucho no solo por los turistas a los que he conocido personalmente, sino por esa muchedumbre cuya perplejidad era evidente, con esa lluvia que ha arrebatado sus enormes expectativas.

Sevilla, y lo hemos visto claro esta semana, condensa todo tipo de turismo. Un turismo flexible, que si se resigna en no ver la Semana Santa, hace colas kilométricas para ver los Reales Alcázares, puebla la plaza de España, llena la plaza del Salvador en busca de una cervecita, asiste a una misa en la Catedral.

Es una riqueza tal la que tiene esta ciudad con tal flujo de turismo, que por primera vez en bastante tiempo me siento orgulloso de pertenecer a esta urbe, de sentirme sevillano. Y me pregunto por qué, no obstante, tengo una especie de aflicción ante lo puramente sevillano, esa sevillanía ombliguista que afirma que Sevilla tiene un color especial, y es lo mejón der mundo sin saber dónde está Noruega en un mapa.

Conclusiones que he extraído a partir de las impresiones de los turistas con los que me he relacionado esta semana:

- Las setas de la Encarnación no tienen sentido. Ha sido un disparate, poco atractivo y a todas luces inútil. He aguantado risas y sorna. Me han preguntado por qué no se ha ampliado la (lenta) línea de Metro con ese dinero. No he sabido qué responder.

- El nivel de inglés es preocupante y la estrechez de mente de algunos casi da vergüenza ajena. Los turistas extranjeros son medio tontos y deberían comprender perfectamente los gestos indicadores de los sevillanos.

- La falta de aperturismo. Fliparon los turistas cuando les comenté que tras esas vallas que no dejan ver nada, hay asientos por los que se paga un dineral para ver las procesiones. Lo mismo sucedía si les explicaba que para disfrutar de la Feria en condiciones, era preciso tener un amigo de un amigo de un amigo cuyo padre tiene una caseta.

- La Semana Santa es una inmejorable combinación de arte local, cultura, espiritualidad y emocionante espectáculo. Uno puede sentirla siendo católico, ateo, agnóstico, protestante, budista, o fan de Star Wars.

A raíz de esas conclusiones, que para mí han sido esclarecedoras, pido desde este humildísimo lugar que, sea quien sea quien gobierne a partir del día 22 de mayo, sea consciente de esos turistas buscando en Internet vuelos hacia Sevilla con nervios en las piernas, de esas agencias de viajes hablando maravillas del sitio donde vivimos, de esos viajantes cuyo esfuerzo de tener una enorme mochila en la espalda se ve compensado con las delicias que aún podemos ofrecerles en todos los sentidos, de nuestras tapas, de nuestra diversidad, del recuerdo que aún dejamos a los que hace tiempo que pasaron por aquí. No importa el partido político, importa Sevilla e importan nuestros invitados. Podemos no tener Semana Santa, pero procuremos que, al pensar en Sevilla, sonrían.

(Imagen de Juanje)

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Clase

Recuerdo que iba por modas. Me acuerdo de sus nombres: Viki, Sandra, Mercedes, Marta, Sabina, Elena. De repente, y sin que ninguno supiéramos por qué, a todos los de la clase nos gustaba la misma chica, de la misma manera que un día aparecían todos con un yoyó, con canicas o con un trompo. Y ella, cómoda en su trono, se convertía en la nueva mujer del momento dentro de las paredes de nuestro aula. A veces yo estaba en ese colectivo de babosos por inercia, otras veces la cultura de la época me había convencido de las virtudes de la chica que tocaba, y me imaginaba con ella haciendo mil cosas, y siendo el centro de todas las miradas por haber conseguido tal premio. Porque sí, por aquel entonces yo pensaba que salir con una chica había que tomárselo como tal. La chica era el premio.

Estuve doce años en el mismo colegio. Mi colegio era pequeñito, de ambiente familiar. Con el tiempo aprendí de memoria cada esquina del patio, cada curiosidad, cada detalle. No teníamos clases A, B, C… como tenían casi todos los colegios. Éramos los mismos treinta. Año tras año. Mote tras mote.

Conocía mi sitio en el grupo, pero nunca me perdonaron que tuviera gafas, sacara ochos y nueves, y mis dotes para el fútbol fueran más bien escasas. Si bien Salva, que llegó a jugar en las categorías inferiores del Sevilla Fútbol Club, impuso la filosofía de que era más valioso jugar bien al fútbol que sacar buenas notas, poco podía hacer yo ahí. Recuerdo a Richi. Nunca entendí por qué era el amor platónico de todas las niñas de la clase, ni qué provocaba que todos los varones quisiesen ser su mejor amigo. Era simpático, sí, pero siempre me preguntaba qué sería de él cuando saliese de los muros del colegio. Recuerdo al hijoputa de Paco (no existe epíteto más suave, mil perdones). A José Carlos. A los dos David. A Manolo, que pasó de ser un gran amigo a alguien que nunca volvió a dirigirme la palabra.

El penúltimo año empecé a tener amigos fuera de las férreas fronteras del colegio, y descubrí lo miserable que había sido al intentar de manera perpetua integrarme en aquel grupo, conformarme con lo que no iba conmigo. Y en la despedida de fin de curso, me emborraché por primera vez en mi vida, feliz de perder de vista a la mayoría para siempre.

No he vuelto a ver tantas atrocidades, humillaciones, injusticias y vejaciones como en aquel lugar. Puede que haya vivido poco, pero la maldad que presencié allí era inenarrable. Desde pisar orugas lo justo para que siguiesen viviendo, hasta palizas a chicos de cursos inferiores porque así nos reímos. Y sin embargo, me despierto cada día siendo alguien que no quiero ser. Alguien que les echa de menos, que sonríe cada vez que en su mente aparece, de la nada, una anécdota. Soy imbécil. Me estoy haciendo mayor.

Si tengo en cuenta que mi actual compañero de piso pertenecía a esa clase, que el que me ha dado la oportunidad de trabajar donde trabajo ahora, también estaba allí, y que conservo tres o cuatro amigos a los que veo cada cierto tiempo, todo recobra su sentido. Si es que alguna vez lo tuvo.

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1Q84

Conocí la narrativa de Haruki Murakami (Tokio, 1949) de la misma manera que casi cualquiera en España. Vi ejemplares de su Tokio Blues en lugares privilegiados en las estanterías de Fnac. Me acerqué, leí la contraportada, y me aventuré a comprarlo, pese a mi reticencia con los best-sellers. Me interesaba saber qué tenía que contar un japonés para ser traducido a este país. La sinopsis desvelaba un intrincado triángulo amoroso, y todo hacía presagiar que sería uno de esos libros que acaban en mi estantería para no ser movidos de allí hasta la próxima mudanza.

En un día en el que trabajé a turno partido, y tenía un descanso de 4 a 8 de la tarde, me sorprendí en una cafetería sin poder dejar de leer ese libro. Era increíble. El protagonista se sentía triste cuando recordaba viejos tiempos, cuando aún estaba perdido y no llevaba corbata, ni tenía un trabajo fijo ni un futuro próximo al que agarrarse. Leía con ímpetu un mundo en el que el personaje se veía abrumado por Naoko, una chica inestable e introvertida. Más tarde llegaba Midori, con su seguridad en sí misma, su vitalismo, su espíritu rompedor. Mientras leía, me sentía parte de ese mundo. Y quería que ese mundo no se acabara nunca. Quería recrearme en la posibilidad de cantar guitarra en mano la canción Norwegian Wood de los Beatles mientras la casa de al lado se está incendiando, y que una chica deje a su novio porque está enamorada de mí, y yo no sepa qué hacer porque nunca he manejado bien las emociones y por tanto, pongo como excusa los estudios aunque la vida académica no me interesa demasiado. Quiero tener un compañero de piso raro como Tropa de Asalto y un amigo nihilista como Nagasawa, al que envidiar y repudiar en mi interior a partes iguales.

Con sus frases cortas pero densas, sus pausas que quizás no quieran decir nada, y su misticismo implícito, Haruki Murakami ha sido desde aquella experiencia, uno de mis autores de referencia. Y me alegra llamar experiencia a la lectura de Tokio Blues, porque para mí la lectura raramente lo es, y confieso por ello mi condición de pésimo lector. La mayoría de los libros que leo, no evocan imágenes y sonidos en mi cabeza, y los pocos que lo hacen, apenas me llegan al alma. Tokio Blues, con sus defectos, sí lo hizo. Llegó luego Kafka en la Orilla, Sputnik, mi amor, Al sur de la frontera, al oeste del sol, After Dark, Sauce ciego, mujer dormida, El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, y pensé que lo de Tokio Blues había sido casi un accidente. No me llenaron de igual manera ese extraño letargo grupal, personas que hablan con gatos, idilios románticos fríos, chavales que hablan como si fueran titulados en tres carreras universitarias, personajes que hablan como robots, jazz por todas partes. La reconciliación llegó con De qué hablamos cuando hablamos de correr. Murakami me reconquistó con su analogía entre las carreras de fondo y la escritura de una novela. Seguramente, porque yo he probado ambas cosas, y la relación me pareció acertadísima, me sacudió por dentro.

Ahora, la editorial Tusquets nos hace llegar su última obra, 1Q84, una distopía que señala directamente con el dedo a la celebérrima novela de George Orwell (en japonés, el 9 y el sonido de la letra Q son homófonos), y creo que es el libro que más me ilusiona para este 2011. Quien me conoce, sabe de mi pasión por la ciencia-ficción, los universos paralelos, la especulación futurista. Gracias a Internet, devoro colecciones vetustas, busco libros descatalogados pero valiosos, los compro. Y si Murakami se ha metido en el jardín de aunar su narrativa con este género, espero no equivocarme al decir que soy un lector nacido para un libro como éste.

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