Nuestro amigo Pedro Silva nos recomendó (¡por correo electrónico!) en esta sesión debíamos ver El Sonido del Trueno, de Peter Hyams. A esta sesión asistimos Pedro, Dani, Luis Onieva, Alejandro y yo.
Un reparto interesante (Edward Burns, Catherine McCormack y Ben Kingsley), una película basada en un relato de Ray Bradbury sobre viajes en el tiempo, y dirigida por el solvente director Peter Hyams. La pregunta es: ¿qué ha pasado aquí, para que esta película esté incluida entre las peores películas que un servidor haya visto?
Por lo visto, de los 52 millones de presupuesto con los que contaba esta película (sí, habeis leído bien, 52 millones), muchos de ellos se esfumaron en un incendio que destruyó gran parte de los decorados y tal y cual. ¿Justifica eso las horribles actuaciones, la cutrez por antonomasia, los diálogos de parvulario y las lagunas argumentales que tienden a infinito? La respuesta es: ¡NO!
Como he leído en muchos blogs, esta película debería haberse llamado El Sonido del Truño. Si os digo que en Imdb tiene un 3,9/10 y lo considero generoso, sabreis por dónde voy.
Vayamos al “argumento”: En el 2055, se inventó una tecnología capaz de cambiar el mundo… o destruirlo. Un hombre llamado Charles Hutton la utilizó para ganar dinero.
Todo esto, entendedme, en un cartelito inicial con letra Lucida Console del Microsoft Word de color azul. Horrible desde el primer momento.
Y de repente, wallpapers de Windows XP en los que sale una selva, por detrás decorados que parecen salidos de un teatro de fin de curso de colegio privado, unos tíos con casco con unas pistolas láser del bazar del moro de la esquina, y tatatacháaaan, aparece un dinosaurio hecho con un programita de ordenador de los que se pueden comprar en El Corte Inglés. Lo matan fácil, y luego nos damos cuenta de que era una grabación de unos cuantos viajando hasta hace 65 millones de años.
El creador de esta tecnología no es otro que el mencionado Charles Hatton, interpretado por Ben Kingsley, a todas luces insoportable, en un horrible a caballo entre Leslie Nielsen y Luis del Olmo. Vean, vean.
Su registro de muecas, movimientos con los brazos que parecen reveses de Roger Federer, y risas que dan auténtica vergüenza ajena me hacen perder todo respeto ante un actor que, no lo olvidemos, ganó un Oscar y ha estado nominado a otros tres.
Pero voy a seguir contando la película. Luego se ve al doctor Travis Ryer (Edward Burns) hablando con un ordenador (que habla como una operadora de Orange), y le visita un tío que aún no tengo ni idea de quién es. Travis Ryer le dice: “Se supone que deberías beber cuando trabajas. Eres inspector del gobierno.” Primera vez que me acuerdo de la familia del guionista, y no será ni mucho menos la última.
Acto seguido, Kingsley/Del Olmo dice, en una reunión de la empresa: “Es difícil encontrar buenos camareros”, lo que provoca la risa incontenida de los acompañantes, la risa floja, vaya. Yo miré por primera vez al reloj. Craso error. Aún no llevábamos ni veinte minutos de película.
A todo esto que no me voy enterando de nada. Luego sale la típica científica (McCormack) que no está de acuerdo con que la empresa haga viajes al pasado, conoce a Travis Ryer y NO PARA DE HABLAR la jodía, apenas respira cuando habla y mientras van paseando por una pantalla verde, de esas en las que se mueven los que dan el tiempo. Por supuesto, nos tenemos que creer que los coches hechos con Pentium son de verdad. Unos coches, por cierto, feísimos y sacados de los diseños más infantiles de Lego. Le dice lo típico, algo así como: “Tened cuidadito, que lo que hagais en el pasado puede repercutir en el futuro.” Qué sabiduría, oye. A ver si la llamo para que dé clases particulares de Arquitectura de Computadores.
Después de hablar un rato con la tía, que insisto, no para de hablar, llega a su casa y se tira a una compañera de trabajo que no vuelve a aparecer en toda la película. Para seducirla, le dice cosas como: “Siempre me cayó bien mi tía Marta”, como si fuera un chiste. A todo esto, que vuelven a aparecer los coches hechos por ordenador, que por cierto conducen sorteando a los peatones, salen los mismos cinco o seis siempre… en fin, para qué me voy a esmerar. Hay que verlo para comprenderlo.
Total, que en uno de estos viajes uno de los turistas mete la pata y sale del “camino”. El “camino” es una alfombrita dorada por la que van andando al viajar en el tiempo. ¿De dónde sale esa alfombrita? No, no, no. En esta película NO SE PUEDEN HACER PREGUNTAS, porque es peor. Igual que cuando viajan en el tiempo, están con barras de seguridad (tipo atracción de Port Aventura), y luego salen tan campantes andando por la selva. Es mejor NO HACERSE PREGUNTAS, ¿queda claro?
Por supuesto, la ciudad futurista está íntegramente hecha por ordenador, tanto que cuando Travis Ryer habla con otra compañera de trabajo (tiene un harén el tío), están literalmente andando por una cinta transportadora, moviéndose a los lados y punto. Tan increíble como cierto.
Seguidamente me entero de que las pistolitas láser se llaman rifles de Gauss (si Gauss levantara la cabeza…), y luego va el típico negro rapero y nombra el principio de incertidumbre de Heisenberg, mal aplicado por cierto. Este negro forma parte del equipo al que se une la científica loca más tarde, y llega a decir: “No soy tan capullo. Es que me gusta hablar.”

Dos pistolitas láser a precio de una. Me las quitan de las manos, payo.
En el viaje en el que la cagan, se supone que uno de los turistas, al salirse del “camino”, pisa una mariposa y eso repercute en el futuro, justo en el año en el que están los protagonistas, el 2055. Es decir, que en 65 millones de años, da la puñetera casualidad de que es en ese año cuando empieza a cambiar todo. ¿Por qué? He dicho que nada de preguntas. Y lo peor es que todo va cambiando a bocaos, por oleadas… primero se va la luz, luego hay grietas por todas partes, y el sistema de emergencia del gobierno de los USA no aparece por ninguna parte. ¿Y cómo cambia por oleadas? Con ondas temporales, como una especie de Hiroshima pero sin ser bomba atómica. Así de cutre, así de triste.
Mientras todo esto ocurre al puro estilo Jumanji (principal e indudable influencia de este engendro), se van sucediendo frases como las siguientes:
· Es como el veranillo de San Martín.
· La planta tenía ganas de salir.
· Viene una onda temporal. Sujétense.
· Claro, eso es por el Efecto Tirachinas.
· Yo me vuelvo a mi casa.
· ¿Sabes lo que dicen sobre caerse de un caballo? ¿Que cojas un taxi?
· La historia no es una lucha de clases, sino de visiones.
· Así aprenderás a no huir mientras te esté hablando.
· ¡Hágalo! ¿El qué? Restablecer el orden. Lo haremos.
Bueno, pues el mundo cambia progresivamente, y aparece este bicho:

Sí, mitad babuino mitad salamandra. Y además, ¡se comportan como velociraptores!
Luego aparecen también pterodáctilos, y los protagonistas, con la ciudad vacía y totalmente destruida, deambulan de aquí para allá. “Ahora vamos a nosedónde”. Y así todo el tiempo. Van muriendo secundarios a manos de los bichos de antes, y al final sólo quedan Travis Ryer y la científica loca. Por lo visto lo que Ryer quiere hacer es viajar al pasado, al viaje donde la cagan, y evitar que el turista pise la mariposa.
Me encanta particularmente un momento en el que uno de los secundarios rompe el cristal de un coche, lo puentea, y dice: “¿Cómo creeis que pagué la facultad de Medicina?” Ah, claro, rompiendo cristales de los coches a codazos. Y luego a sacar sobresalientes, chaval. Hay un momento en el que, cuando Travis Ryer viaja al pasado para arreglarlo todo, la científica loca se convierte en ¿¿qué?? ¿qué es eso? ¿Una especie de reptil inteligente? A estas alturas mi indignación era absolutamente completa.
Bueno, tras numerosísimos sinsentidos, diálogos horribles (llegan a nombrar al Mediamarkt en una conversación absurda), situaciones de vergüenza ajena, bichos hechos por ordenador (y se nota TELA que están hechos por ordenador), al final todo queda en un susto. Travis Ryer evita que el turista pise la mariposa, y se carga literalmente las hipótesis expuestas en películas como Regreso al Futuro o El Efecto Mariposa. Si viajas al pasado, en el mismo minuto varias veces, no tienes por qué ir encontrándote contigo mismo, sólo en la escena final, para que el guión concuerde un poquito. Lamentable.
No estamos hablando de que en El Sonido del Truño haya lagunas argumentales, es que hay un mar entero. El número de preguntas que uno puede hacerse es exponencial, sin contar con que TimeCop, aquella jauría de Van Damme viajando por el tiempo, creedme que queda en muy buen lugar comparado con este esperpento.
Si bien en Eragon o El Extranjero no paré de reír, en esta no pude parar de resoplar, mantener los ojos bien abiertos, y quedárseme a perpetuidad una cara mitad asombro mitad mala leche. Pedro, es mucho peor de lo que yo pensaba. Esto de las sesiones de Cine Cutre comienza a ser peligroso.
Y Ben Kingsley se merece no volver a aparecer en una película. No es que se cargue la película, porque absolutamente nadie del reparto actúa medio bien, pero es que él se encarga de que esto sea para mear y no echar gota.

Edward Burns promocionando el nuevo Halo 3 para XBOX (nótese la moqueta azul de IKEA por la que van andando)
PD: Mis condolencias para Ray Bradbury, que a sus 87 años, maldita la hora en que cedió los derechos de su relato para hacer esta caca con patatas.
PD2: He obviado muchísimos detalles, para que el post no se haga demasiado largo. Pero mientras veía la película, apunté 8 carillas de post-it con cosas que merecía la pena resaltar.
Imágenes de ugo.com