Archivo mensual: octubre 2007

Y yo me río…

Dicen que reírse de las desgracias ajenas es de maleducado. Inmoral. Inmaduro. Como lo quieran llamar. Pero yo hoy me río.

· Por la vergüenza ajena.

· Porque hay 60 millones de euros de por medio.

· Porque sólo han pasado 78 horas desde que un montón de borreguitos, por aquello de la novedad, inauguraron el absurdo juguetito.

· Porque el capricho ha servido para recoger votos a tutiplén.

Me río, por no llorar, claro. Jajajajajajajajajajajaja.

- El juguetito, en la Wikipedia

- La noticia, en: ABC | 20 Minutos | Terra | Público | Diario de Sevilla

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Raíces

Este fin de semana, con motivo del triste fallecimiento de mi queridísimo tío Carlos, he estado en Valladolid tras muchísimos años.

Así que he conocido un terreno para mí desconocido: la familia de mi padre. No sé por qué, pero siempre me he sentido muy ligado a mis raíces paternas. Como podría verse en un hipotético eslogan del Ayuntamiento, “siento mucho Valladolid“. Ello me ha hecho ser hincha del Real Valladolid, admirar aún más a las celebridades locales, como Miguel Delibes, Francisco Umbral o Patricia Conde.

La familia de mi padre me ha encantado, por varios motivos: su exquisita educación, su sentido del humor (muchas veces tan cínico como inteligente), y su extraordinario saber estar. Mi padre me fue presentando a una inconmensurable cantidad de tíos segundos y tíos abuelos. A día de hoy me acuerdo sólo de los nombres de la mitad de ellos, a pesar de que la inmensa mayoría de ellos tienen motes y eso facilitaba la tarea de memorización. Tras el entierro, almorzamos y tomamos café en casa de uno de mis tíos y hubo un momento, durante las conversaciones de sobremesa, en el que quise que aquel instante no se acabara nunca, no parábamos de reír y de charlar amigablemente. Pero nos esperaban cinco horas de carretera, y pronto tuvimos que volver a la realidad.

Mis ganas de volver a Valladolid se han incrementado tras este fin de semana, y más aún al saber que ahora es la SEMINCI, un festival de cine que siempre me ha llamado la atención. Espero que para el año que viene pueda permitirme una semana entera lejos de Sevilla, lejos de la carrera y de las obligaciones diarias.

En cuanto a la ciudad, he de decir que me ha encantado. La zona de Campo Grande, Paseo de Isabel la Católica, Acera Recoletos… me ha parecido preciosa. He extraído, tras día y medio de conversación, una serie de conclusiones por las que yo viviría sin ningún problema en Valladolid:

· Los vallisoletanos hablan tan bien el castellano que parece como si estuvieran haciendo teatro, como si cada frase la hubieran hablado mil veces

· La ausencia absoluta por las calles de canis o jóvenes molestos para la sociedad. Los jóvenes visten en su mayoría bien, con estilo, y las chicas visten como tienen que vestir: como verdaderas señoritas.

· Muchas plazas, paseos, jardines y calles peatonales, donde se puede echar una buena tarde como las que a mí me gustan, sin nada programado y sin mucho que hacer, excepto pasear y estar con gente con las que uno se siente cómodo.

· El frío intenso que sin duda hará mucho más llevaderos los veranos y amigables las primaveras que en Sevilla.

· El paisaje tan urbano que ofrece la ciudad, combinando edificios del estilo de los setenta y ochenta con una multitud de espacios verdes.

· La población tiene 350.000 habitantes. Una cifra perfecta, ya que se trata de una ciudad grande, en la que hay de todo, pero a su vez tranquila y apacible y con una característica típicamente rural: “todo el mundo conoce a todo el mundo”. Es una ventaja que también noto en Córdoba, por ejemplo.

Creo que no dejaré de visitar esta ciudad, no sólo por los familiares que me quedan por conocer con mayor profundidad, sino porque me ha parecido el lugar perfecto para un futuro retiro literario, como ya hice en febrero con Villalba del Alcor.


Fotos: Aerismaud

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Un día novelable

Hay días, como el domingo pasado, en los que todo me parece novelable.

A cada minuto que pasa, me salen dos o tres líneas narradas en mi mente, con un estilo que considero único y muy personal. Entonces sonrío solo, porque me siento inspiradísimo. Las frases me salen a borbotones.

Decía Borges: “Yo soy dos personas. Una vive, y le ocurren cosas. Otra, las observa, reflexiona y escribe.” Me encanta ser esas dos personas, e ir alternándome. Cuando me ocurren cosas, tengo la sensación de tomar notas mentalmente, y me asaltan las ideas. Creo que no dejaré de escribir nunca.

Todo está dotado de una extraña belleza narrativa, todo me
llama a escribir y expresarme, a aportar a todo mi punto de vista particular.

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Trabajo sobre Philip K. Dick

Confirmado. Tengo la aprobación de mi profesor de Tecnología, Informática y Sociedad, una interesantísima asignatura optativa de la carrera, para hacer un trabajo sobre la obra de Philip K. Dick. Lo pienso llamar: “Philip K. Dick. Un obseso de la realidad. Análisis de su obra por Luis Fernando Romero Calero“.

Jamás pensé que haber leído varias novelas de este autor me serviría para algo en la vida en el aspecto académico, pero lo cierto es que, esta asignatura, que trata sobre el conocimiento, el concepto de realidad, la inteligencia artificial, etc. viene como anillo al dedo para la obra de este novelista. Por ahora creo que, como no hay demasiado material sobre Dick en la red, cuando lo exponga y termine, lo publicaré en PDF con Creative Commons. El único recurso que he encontrado, parecido al que pienso hacer se titula “Yo estoy vivo y vosotros estais muertos“, de Emmanuel Carrere.

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Los libros están para decorar

Ayer salí de trabajar de camarero a las 4 de la tarde. Como tenía que volver a entrar a las 8, decidí usar esas horas muertas sin moverme muy lejos del restaurante. Almorcé, y seguidamente fui a la Casa del Libro, mientras hacía tiempo antes de quedar con un amigo. Es genial eso de las horas muertas, manejas el tiempo a tu antojo.

Lo primero que noté cuando entré en la librería, es que habían cambiado muchas estanterías de sitio, y entre ellas la biblioteca de ciencia-ficción, que es la que primero suelo mirar.

Supongo que era una estampa extraña. Un chaval con el uniforme de camarero, mirando libros atentamente y tomando notas (anotaba libros que podía comprarme en un futuro, de Delibes, Beigbeder, Vizinczey, Nabokov) con el libro de comanda. Pregunté a un dependiente dónde se habían movido los libros de ciencia-ficción, y me atendió divinamente, seguramente premiando mi fidelidad a la tienda (para haberse dado cuenta del cambio, hay que llevar años yendo al sitio), explicando con detalle la nueva distribución, e incluso señalándome la bibliografía de mi querido Philip K. Dick.

El caso es que, mientras apuntaba libros y me motivaba literariamente hablando, una pareja de entre treinta y cinco y cuarenta años me miró de reojo. El hombre comentó, en voz baja: “Para éste, los libros están para decorar“. Estaban a mi lado, no había nadie más. Estaba convencido de que se refería a mí. A mí, y a mi uniforme. Yo me volví inmediatamente y no dije nada. Sé que con lanzar una mirada inquisidora me bastaba. Quien ha recibido una de esas miradas por mi parte, lo sabe. La mujer comentó: “¡Se ha vuelto cuando lo has dicho!” “Hay gente así…”

Las siguientes dos o tres horas, en contra de mi voluntad, la indignación y la impotencia me corroían. Podía haber respondido de mil formas, reaccionado de una forma ingeniosa al contraataque, pero no dije nada.

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No escribir

Leí en unos fascículos de literatura, que “cuando estás bien, tiendes a escribir menos“.

Quizás sea esa, la única explicación coherente a mi falta de ritmo, a mis largas ausencias. Desde luego, mi índice FEL (sonrisas/día) está en el nivel más alto que recuerdo en años.

Tengo pensado cómo seguir la novela empezada, pero no terminada, que más ganas le tengo: Vidas Óptimas. Cada día, en el ir y venir a la facultad, al supermercado, a por el pan… pienso cómo continuar, cómo actuarían mis personajes y avanzar teniéndoles en cuenta. Pienso en los capítulos venideros, y en mejorar la idea y a mí mismo como escritor. Sin embargo, todavía no ha caído una sola letra en el archivo de texto que contiene a la novela.

Quiero pensar que es una racha, que estoy dejando que me ocurran muchas cosas de golpe, para luego sentarme, reflexionar, y contarlo todo. Así está sucediendo: de hecho, me voy, hoy tengo que trabajar.

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Una de esas chicas-objeto

El martes pasado, en mi faceta de camarero ocasional, trabajé en un lugar donde más me sorprendió fue ver a azafatas que permanecían como estatuas, uniformadas todas, para alegrar la vista al personal (masculino, claro). Personas-objeto destinadas a constituir parte del repositorio de gente de dinero. Y cuando digo de dinero es porque se gastan 2.600 euros en ver unos 30 o 35 partidos en un sitio privilegiado, con barra libre y cena asegurada.

Hay algo que me fascina de esas azafatas, en general de esas Chicas Atractivas de las que he hablado en ocasiones. Y no sólo el hecho de que son la perfección hecha carne. “Sólo son moléculas bien formadas”, pensaba para mis adentros cuando las miraba. Me encantaría estar una hora en la mente de una de esas chicas. Sólo una hora, y conocer su visión de la vida. De esas elegidas, provistas de unos cuerpos que coinciden con los cánones, llenos de virtudes y casi libres de defectos.

Porque ser una de esas chicas, una de esas azafatas que vi el martes, es en muchos aspectos tener todo lo que uno quiera. Uno de mis compañeros de piso, mientras veía a Patricia Conde y Pilar Rubio en la tele, reflexionó, aturdido: “Esas van por la calle sabiendo que todo el mundo las van a mirar”.

Todo el mundo te mira, prácticamente todo lo que hagas está bien, todos los hombres están interesados en acercarse a ti, sueñan con tocarte y con hablarte y que tú les escuches, a muchos les importa un rábano cómo sea tu forma de ser, aunque seas una cretina se autosugestionan para creer que eres la mujer de su vida. Para muchos eres una chica-objeto, y probablemente lo serás hasta que tengas un accidente o llegues a los 40 años.

Si fuera una de esas chicas, ¿qué haría? ¿cómo me comportaría con la gente que me rodea? ¿Manipularía a los demás como hacen muchas? ¿Hasta qué punto me aprovecharía de la situación? ¿Soportaría la presión de que todo el mundo me mira? ¿Me tomarían en serio en otras facetas? ¿me hartaría verme perseguida? ¿Cómo llevaría el hecho de que es mi cuerpo y no mi cerebro lo que se valora?
¿Tendría amigos? ¿Tendría amigas a las que de verdad no despertase envidia?

Ojalá tuviera ocasión de conversar con una de estas chicas y que respondiese a estas preguntas. Me encantaría saber qué ronda por su cabeza y cómo asimila la vida y las circunstancias que su cuerpo le ha condicionado. No es por nada, pero en una de esas novelas que empecé y que aún no he terminado, mi personaje Elisabeth Reina tiene problemas psicológicos por ser una chica-objeto.

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Nada reseñable

El bloqueo creativo es algo que han acusado muchos escritores a lo largo de la historia de la literatura. Se trata de ese sentimiento de que, de repente, no tienes nada interesante que contar. Pánico, terror, miedo, hastío ante una hoja en blanco que se supone que debes rellenar con algo que merezca la pena. Chesterton, un autor genial, lo combatía con tiro al arco. Faulkner dudaba de su existencia. Otro (que no me acuerdo) escribía una palabra o una frase al azar, y empezaba por ahí.

No paro. Tengo las horas contadas, entre la facultad, el trabajo, el piso y la vida social, y cada vez que me sentase a escribir, tendría que hablar sobre lo excitante que es mi existencia últimamente y lo trepidante que se ha hecho mi cotidianeidad. Debería maravillarme ante la idea de que ningún día es igual (ni siquiera parecido) a otro, de que por fin estoy poniendo en orden algunos aspectos de mi vida y logrando una estabilidad pasmosa. Y sin embargo, me encuentro sin fuerzas para contar nada.

Me reencuentro con mucha gente. Compañeros de clase, amigos, conocidos, familiares. Me cuentan su historia del verano y yo les escucho. Y de repente suena la frase, con cierta expectación: “¡Bueno! ¿Y tú qué tal? ¡Que me he enterado que te has ido a un piso y de que te va todo genial!” E inesperadamente… ¡me quedo en blanco! Me convierto en alguien que nunca querría haber sido, en alguien que piensa: ‘Hablemos de música, de cine, de fútbol, de cotilleos… pero no hablemos sobre mí, porque no tengo nada que contar’.

Y alguien sensato e insistente me zarandearía y me diría: ¿Que no tienes nada que contar? Te has independizado, tienes dos trabajos, una carrera, amigos por todas partes, lees, escribes, compones música, y ¿no me vas a contar nada?

Hay otros que aluden a mi faceta cibernética: ‘Tío, desde que te has pasado al .com no escribes nada de nada. Estoy harto de entrar en tu blog y ver que no has actualizado nada.’

Pero sobretodo, lo más usado por las personas por las que me reencuentro es: ‘¡Tío, andas desaparecido!’ ó ‘¡Estás perdido!’

Y yo, sin nada provechoso que contar, sin ninguna conversación memorable que soltar por esta boca. Es realmente estresante que las expectativas de los demás, y tus propias expectativas, no se correspondan con la realidad.

Observo, y no digo nada. “Ver, oír y callar”, dice siempre mi padre. Veo, oigo y callo. Y no cuento nada.

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