Este fin de semana, con motivo del triste fallecimiento de mi queridísimo tío Carlos, he estado en Valladolid tras muchísimos años.
Así que he conocido un terreno para mí desconocido: la familia de mi padre. No sé por qué, pero siempre me he sentido muy ligado a mis raíces paternas. Como podría verse en un hipotético eslogan del Ayuntamiento, “siento mucho Valladolid“. Ello me ha hecho ser hincha del Real Valladolid, admirar aún más a las celebridades locales, como Miguel Delibes, Francisco Umbral o Patricia Conde.
La familia de mi padre me ha encantado, por varios motivos: su exquisita educación, su sentido del humor (muchas veces tan cínico como inteligente), y su extraordinario saber estar. Mi padre me fue presentando a una inconmensurable cantidad de tíos segundos y tíos abuelos. A día de hoy me acuerdo sólo de los nombres de la mitad de ellos, a pesar de que la inmensa mayoría de ellos tienen motes y eso facilitaba la tarea de memorización. Tras el entierro, almorzamos y tomamos café en casa de uno de mis tíos y hubo un momento, durante las conversaciones de sobremesa, en el que quise que aquel instante no se acabara nunca, no parábamos de reír y de charlar amigablemente. Pero nos esperaban cinco horas de carretera, y pronto tuvimos que volver a la realidad.
Mis ganas de volver a Valladolid se han incrementado tras este fin de semana, y más aún al saber que ahora es la SEMINCI, un festival de cine que siempre me ha llamado la atención. Espero que para el año que viene pueda permitirme una semana entera lejos de Sevilla, lejos de la carrera y de las obligaciones diarias.
En cuanto a la ciudad, he de decir que me ha encantado. La zona de Campo Grande, Paseo de Isabel la Católica, Acera Recoletos… me ha parecido preciosa. He extraído, tras día y medio de conversación, una serie de conclusiones por las que yo viviría sin ningún problema en Valladolid:
· Los vallisoletanos hablan tan bien el castellano que parece como si estuvieran haciendo teatro, como si cada frase la hubieran hablado mil veces
· La ausencia absoluta por las calles de canis o jóvenes molestos para la sociedad. Los jóvenes visten en su mayoría bien, con estilo, y las chicas visten como tienen que vestir: como verdaderas señoritas.
· Muchas plazas, paseos, jardines y calles peatonales, donde se puede echar una buena tarde como las que a mí me gustan, sin nada programado y sin mucho que hacer, excepto pasear y estar con gente con las que uno se siente cómodo.
· El frío intenso que sin duda hará mucho más llevaderos los veranos y amigables las primaveras que en Sevilla.
· El paisaje tan urbano que ofrece la ciudad, combinando edificios del estilo de los setenta y ochenta con una multitud de espacios verdes.
· La población tiene 350.000 habitantes. Una cifra perfecta, ya que se trata de una ciudad grande, en la que hay de todo, pero a su vez tranquila y apacible y con una característica típicamente rural: “todo el mundo conoce a todo el mundo”. Es una ventaja que también noto en Córdoba, por ejemplo.
Creo que no dejaré de visitar esta ciudad, no sólo por los familiares que me quedan por conocer con mayor profundidad, sino porque me ha parecido el lugar perfecto para un futuro retiro literario, como ya hice en febrero con Villalba del Alcor.



Fotos: Aerismaud
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