Archivo mensual: diciembre 2007

Papel en blanco

Han sido siete meses los que he trabajado en Smallsquid, escribiendo reseñas literarias y críticas de cine, entre otros (podeis verlas aquí). He disfrutado muchísimo mientras ha durado, el trato ha sido excelente y la experiencia inolvidable. Pero el ciclo ha acabado y debo anunciar que desde hoy formo parte de la red de blogs más potente de España: WebLogsSL.

Colaboraré en la sección de literatura, papelenblanco.com. Tengo mucha ilusión por empezar, y puedo decir que sigo dando pasos adelante en algo que jamás soñé en dedicarme. A partir de ahora teneis otro sitio donde seguirme. Comentaré la actualidad literaria, eventos relacionados, y cómo no, seguiré con mis críticas de libros.

Lejos queda ya el año 2003, donde empecé a comprar tarjetas de 10×15, e iba confeccionando fichas por cada libro que leía, con su sinopsis, las virtudes, los fallos y una calificación final. De entonces a hoy. Maravilloso.

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A las siete de la tarde del día de Navidad

A las siete de la tarde del día de Navidad, Luisfer se pasó de parada. Había pensado bajarse donde la gasolinera y coger luego el 2, pero se encontraba tan absorto en su lectura que se resignó a hacer otro transbordo diferente (bajarse en la última parada; coger el 33).

Al Sur de la Frontera, al Oeste del Sol. De Haruki Murakami. A pesar de ser una novela predominantemente reiterativa y hasta mediocre en ocasiones, era muy envolvente, y Luisfer pensó rápidamente que Murakami era uno de los escritores más influyentes de su vida.

El autobús no llegó a la última parada. La mayoría de los pasajeros protestaron y replicaron al conductor; Luisfer se limitó a bajarse dócilmente.

El camino a la parada del 33 se le hizo corto.

Observó los árboles de la calle, provistos de alumbrados colgantes de color celeste. Se afirmó a sí mismo que era lo más bonito que había visto en varias semanas.

Se cruzó con un antiguo compañero del bachillerato. No le saludó. No tenía por qué hacerlo. De todas formas, el otro tampoco lo hizo.

Luego vio a una chica que llevaba un abrigo de cuadritos rojos y negros. Era extraño. A pesar de que la chica era bastante guapa, Luisfer sintió como si ella no mereciese llevar ese abrigo.

Llegó a la parada, y se colocó detrás de un hombre de unos cincuenta años, vestido con chaqueta y corbata, que miraba con ira hacia el infinito.

Se montaron detras de él tres niños de entre 8 y 10 años, acompañados de una joven que no parecía ser madre de ninguno de ellos. Cada uno llevaba dos o tres globos con fervor, y en cuanto se acomodaron en los asientos del autobús, alborotaban y cantaban villancicos. Luisfer pudo, no obstante, seguir con su lectura, pero se preguntó varias veces qué sería de aquellos niños cuando fuesen adultos. ¿Quedaría algo de aquello en ellos cuando pasasen los años?

El hombre de chaqueta y corbata se bajó en la misma parada que Luisfer, y ahora parecía más contento. Se distraía mirando las baldosas y andaba con rapidez, como si estuviera a punto de reencontrarse con alguien querido.

Luisfer se entristeció un poco, porque se estaba preocupando progresivamente conforme llegaba a su casa. Quería pensar que no era el único no-totalmente-feliz que pudiera contemplar en aquel momento, pero eso parecía.

Se cruzó con dos chicas marroquíes, seguramente estudiantes, así que Luisfer se planteó por qué no habrían vuelto a su país para estar con sus familias. Luego recordó que aquel día probablemente no significaba nada para ellas, así que podían seguir en España si querían.

Se fijó en que las marroquíes iban en manga corta. No hacía frío. No ese frío que condiciona los movimientos corporales de una persona. El abrigo era un estorbo, así que después de girar la llave y entrar en la casa, lo dejó en el perchero mientras saboreaba el olor característico del salón.

Ya sentado en el sofá y sin mucho más que esperar del resto del día, intentó estudiar con sinceridad hacia sí mismo qué le había llevado a pasar las siguientes horas completamente solo.

Resultaba demasiado doloroso, por lo que cogió el libro y siguió leyendo.

Se dio cuenta de que hacía falta barrer el salón, y se levantó. Se miró reflejado en un mueble, y sonrió. Pensó: “Sí. Aún soy capaz. No será tan grave…”

Fue a la cocina, para coger la escoba, y decidió coger dos naranjas y el exprimidor. En cuanto empezó a beber el zumo y escuchar una canción de Sigur Ros, resolvió que todo había vuelto a la normalidad.

Imagen: Nefermery (Plaza Gutemberg, Estrasburgo, Francia)

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Envejecer de repente

Esta mañana, antes de ir a clase, hice el ritual de (casi) siempre: ducharme, lavarme los dientes, hacer la cama, tomar un café mientras miro el Netvibes y de vez en cuando, echo un vistazo al Tuenti. El Tuenti es una red social basada en Facebook que mayoritariamente lo considero absurdo, pero en alguna ocasión lo miro para ver fotos de gente conocida.

Bien, cuál es mi sorpresa que, mirando, mirando, descubro que uno de los amores platónicos de mi adolescencia más temprana (14-15 años), se ha casado. Evidentemente, no desvelo su identidad, aunque hay algún otro de los que me leen que la conocen.

Esto forma parte de ese tipo de cosas en las que tu mente se autosugestiona para que no te afecten, y sin embargo hay otra fuerza interior, unos lo llaman alma, otros corazón, que contrarresta ese estoicismo, esa impasibilidad forzada y antinatural. Que esa chica, con la que soñé muchas noches de mi vida en aquel año 2001, haya contraído matrimonio, me ha hecho incapaz de pensar en otra cosa durante todo el día. No porque mantuviera alguna esperanza de volver a verla y/o tener un trato especial con ella. No porque me haya enterado por casualidad.

El casamiento de esta chica me ha dejado aturdido porque, de repente, me he sentido más viejo. Un solo hecho, una sola vista a una fotografía y comprobar la evidencia, me ha hecho avanzar varios años de golpe en mi interior. A sus 22 años, esta chica ha pasado a un estilo de vida que todavía para mí está (salvo sorpresa mayúscula) a años luz.

Creo que hay varios signos inexcusables por las que un post-adolescente va entrando inexorablemente en el mundo adulto:

1. Apruebas el carnet de conducir, y en una segunda fase, ha transcurrido el tiempo suficiente para quitarle la L al coche.

2. Sale de tu boca la frase: “Tengo que ir al banco”, para un asunto exclusivamente tuyo.

3. Comienzas a analizar las virtudes y los defectos educativos de tus padres, con vistas a cuando tú mismo seas padre/madre.

4. Antes te flipabas cuando te llamaban “caballero” o “señor”, o te trataban de usted, y no “eh, chico”. Ahora lo consideras habitual y lo das por hecho (el correspondiente para las chicas).

5. En algunos momentos, deseas ponerte a trabajar y empezar a tener dinero de verdad, o en su defecto, manejar cantidades más grandes.

Ahora, con este hecho a priori insignificante, creo que he entrado en otra etapa más avanzada. Ahora vivo en un mundo en el que mis amores platónicos de antaño pueden casarse y dentro de no mucho tiempo tener hijos. Donde pueden tener la vida resuelta, como suele decirse, mientras yo puedo seguir ahí, buscando, nunca conforme con casi nada.

Si ahora quisiera llamarla, en un acto de locura y/o desesperación, ella podría decirme: “A mi MARIDO no le haría gracia que nos viésemos…”. Me la imagino ayudando a su esposo a rellenar la declaración de la renta y me entran escalofríos.

Soy una persona que difícilmente se sorprende por algo, y es un hecho constatable por todo aquel que me conoce lo suficiente en persona. Sin embargo, tengo la sensación de que esa fotografía me ha dejado atónito, y que tardaré en olvidarlo. En cuestión de varios segundos, mi edad cerebral (como en ese videojuego de Nintendo) ha aumentado.

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Un Año

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Everybody gonna dance tonight…

Recuerdo cuando, hace no mucho tiempo, me mostraba muy escéptico respecto a la felicidad. No sabía cómo se podía definir, bromeé con su concepto, si se podía definir en Felicios (sonrisas/día).

Considero algo sabio cambiar de opinión, sobretodo porque estoy muy cercano a algo que, con seguridad, comunmente está aceptado como felicidad.

Recuerdo que este verano, llegué a concretar detalles de lo que para mí consistía la felicidad, basados empíricamente en experiencias personales recientes:

1. Tomar una lata de Aquarius después de jugar un partido de fútbol de dos horas.

2. Andar por mi calle, a la hora de comer, y oler un exquisito aroma proveniente de las casas. Cuando entro en la mía, descubro que era de mi casa de donde provenía ese delicioso olor.

3. Mirar a una chica que te gusta mientras ella te sonríe y baila contigo al son de una canción que te encanta.

4. Recibir un beso y un abrazo de alguien a quien quiero. O mejor aún, dárselo yo sabiendo que es lo que más deseo en ese momento.

5. Verificar que algunos sueños pueden cumplirse, y en mi caso, el de vivir una emancipación y lograr plenitud en muchos aspectos; o saber que puedo tener un libro publicado muy pronto después de 17 años soñando con ello.

6. Ir por la calle con Dance Tonight de Paul McCartney en el MP3 a todo volumen.

Mi estudio experimental sobre si lo que realmente estaba viviendo podía asimilarse a la definición común de felicidad, incluía mis reacciones psicólogicas y fisiológicas al respecto. Por ejemplo:

1. Hace dos semanas se estropeó un disco duro externo de 500 gigas con una cantidad inconmensurable de datos dentro. Colecciones de discos, MP3, películas, y también documentos míos totalmente insustituibles (relatos, trabajos de facultad, apuntes, imágenes…). SÉ que en otra época me habría derrumbado. En este caso, el disgusto me duró unas horas, hasta alcanzar una especie de resignación positiva, de aceptación completa de la situación.

2. Soy capaz de reírme solo (a veces a carcajadas), al recordar sensaciones/impresiones de algo vivido recientemente, como si toda la alegría estuviera conectada mediante mis circunstancias.

3. Cuando estoy a punto de dormirme, no puedo evitar decir: “Gracias, Señor, si es que existes”. Porque no sé si existe o no, pero me siento lo suficientemente contento para agradecer a algo/alguien lo bueno que me está sucediendo. Y duermo profundamente, con sueños alucinantes y sin rastro de insomnio. Y ya no me agobio tanto si algunas ilusiones todavía quedan lejos. Ya llegarán.

4. Al levantarme, ya no me cuesta tanto asimilar que ya no estoy dormido y que me espera un día más o menos duro. Me levanto, frecuentemente, de un salto y con los ojos como platos.

5. Voy increíblemente tranquilo a todo examen que se me está poniendo por delante.

6. Está siendo cada vez menos frecuente que me altere/irrite por algo. Mi carácter seco y difícil se está tornando en algo más suave y relajado, aunque sin perder mi estado sarcástico-irónico-socarrón-retorcido.

Sí, me siento bien. Y no sé si este post es exclusivamente para mí mismo, o le puede interesar a alguien más. Particularmente me encantaría que, dentro de unos meses, pudiera echar la vista atrás y enorgullecerme de la verdad de esta entrada, y que he superado más o menos los baches y obstáculos presentados (que no han sido pocos). Lejos quedan mis días Luisfer, mis graves crisis personales y la necesidad de un psicólogo.

Que dure este estado cercano a la hipotética felicidad. Lo mejor de todo es que puedo estudiarlo y constatarlo.

PD1: Mi amigo Jaime viene el día 19 de Milán. Estoy como loco porque vuelva, y poder charlar con él hasta las 6 de la mañana, como hemos hecho muchas veces. Como loco. Ni que fuéramos novios.

PD2: Probablemente este sea el último post del primer año desde que se creó Esperanza y Constancia.

PD3: He incluido mi repertorio de artículos arriba, en “Mis Artículos”. Ya no hay excusa por parte de los lectores para echar un vistacillo a mis reseñas.

 

Imagen de TheApplePress

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