
Recuerdo cuando, hace no mucho tiempo, me mostraba muy escéptico respecto a la felicidad. No sabía cómo se podía definir, bromeé con su concepto, si se podía definir en Felicios (sonrisas/día).
Considero algo sabio cambiar de opinión, sobretodo porque estoy muy cercano a algo que, con seguridad, comunmente está aceptado como felicidad.
Recuerdo que este verano, llegué a concretar detalles de lo que para mí consistía la felicidad, basados empíricamente en experiencias personales recientes:
1. Tomar una lata de Aquarius después de jugar un partido de fútbol de dos horas.
2. Andar por mi calle, a la hora de comer, y oler un exquisito aroma proveniente de las casas. Cuando entro en la mía, descubro que era de mi casa de donde provenía ese delicioso olor.
3. Mirar a una chica que te gusta mientras ella te sonríe y baila contigo al son de una canción que te encanta.
4. Recibir un beso y un abrazo de alguien a quien quiero. O mejor aún, dárselo yo sabiendo que es lo que más deseo en ese momento.
5. Verificar que algunos sueños pueden cumplirse, y en mi caso, el de vivir una emancipación y lograr plenitud en muchos aspectos; o saber que puedo tener un libro publicado muy pronto después de 17 años soñando con ello.
6. Ir por la calle con Dance Tonight de Paul McCartney en el MP3 a todo volumen.
Mi estudio experimental sobre si lo que realmente estaba viviendo podía asimilarse a la definición común de felicidad, incluía mis reacciones psicólogicas y fisiológicas al respecto. Por ejemplo:
1. Hace dos semanas se estropeó un disco duro externo de 500 gigas con una cantidad inconmensurable de datos dentro. Colecciones de discos, MP3, películas, y también documentos míos totalmente insustituibles (relatos, trabajos de facultad, apuntes, imágenes…). SÉ que en otra época me habría derrumbado. En este caso, el disgusto me duró unas horas, hasta alcanzar una especie de resignación positiva, de aceptación completa de la situación.
2. Soy capaz de reírme solo (a veces a carcajadas), al recordar sensaciones/impresiones de algo vivido recientemente, como si toda la alegría estuviera conectada mediante mis circunstancias.
3. Cuando estoy a punto de dormirme, no puedo evitar decir: “Gracias, Señor, si es que existes”. Porque no sé si existe o no, pero me siento lo suficientemente contento para agradecer a algo/alguien lo bueno que me está sucediendo. Y duermo profundamente, con sueños alucinantes y sin rastro de insomnio. Y ya no me agobio tanto si algunas ilusiones todavía quedan lejos. Ya llegarán.
4. Al levantarme, ya no me cuesta tanto asimilar que ya no estoy dormido y que me espera un día más o menos duro. Me levanto, frecuentemente, de un salto y con los ojos como platos.
5. Voy increíblemente tranquilo a todo examen que se me está poniendo por delante.
6. Está siendo cada vez menos frecuente que me altere/irrite por algo. Mi carácter seco y difícil se está tornando en algo más suave y relajado, aunque sin perder mi estado sarcástico-irónico-socarrón-retorcido.
Sí, me siento bien. Y no sé si este post es exclusivamente para mí mismo, o le puede interesar a alguien más. Particularmente me encantaría que, dentro de unos meses, pudiera echar la vista atrás y enorgullecerme de la verdad de esta entrada, y que he superado más o menos los baches y obstáculos presentados (que no han sido pocos). Lejos quedan mis días Luisfer, mis graves crisis personales y la necesidad de un psicólogo.
Que dure este estado cercano a la hipotética felicidad. Lo mejor de todo es que puedo estudiarlo y constatarlo.
PD1: Mi amigo Jaime viene el día 19 de Milán. Estoy como loco porque vuelva, y poder charlar con él hasta las 6 de la mañana, como hemos hecho muchas veces. Como loco. Ni que fuéramos novios.
PD2: Probablemente este sea el último post del primer año desde que se creó Esperanza y Constancia.
PD3: He incluido mi repertorio de artículos arriba, en “Mis Artículos”. Ya no hay excusa por parte de los lectores para echar un vistacillo a mis reseñas.
Imagen de TheApplePress