Archivo mensual: febrero 2008

Macrolimpieza

La macrolimpieza es uno de los momentos cumbre del año. Si bien limpio mi cuarto todos los días, es en la macrolimpieza cuando extraigo todas las suciedades, erradico el desorden en todo su ser, y dejo la habitación con otro aspecto a pesar de mantener su esencia.

Es un proceso que no tendría sentido sin la exhaustividad. Lo hacía en el domicilio familiar. Casi recuerdo todas las veces que lo hice durante los últimos años. Desde que estoy emancipado, ésta ha sido la primera vez. Es decir, que desde septiembre el cuarto sobrevivía, limpio, pero con una oculta dejadez y resignación. Me ha llevado dos días hacerlo en su completitud, pero ya puedo decir que ha merecido la pena, como siempre.

El algoritmo es sencillo: vacío todas las estanterías y el armario hasta dejarlo todo como si fuera una habitación de hotel, como si me fuese a mudar. Voy poniendo las cosas, bien en el suelo o encima de la cama, según sus posibilidades. Voy cogiendo artículos al azar y me pregunto si su sitio anterior es el que quiero para la posteridad. Miro los libros, y me planteo si no será mejor separar los que he leído de los que aún no he empezado. Miro los CDs, y compruebo que la correspondencia caja-disco es biyectiva. Lo propio con la ropa, para separar camisas de pantalones y abrigos. Entonces limpio el polvo concienzudamente y barro hasta la esquina menos atendida; la pulcritud ha de ser absoluta, si no, es absurdo.

Pero lo que más sentido tiene de la macrolimpieza son los papeles. Soy y siempre he sido un generador de papeles masivo. De pequeño eran los infinitos dibujos que iba creando cada día; ahora son apuntes, escritos, nuevamente apuntes, recibos del banco, facturas, documentos de la universidad (becas, justificantes), comienzos de novelas, comienzos de relatos, revistas, relatos, folios en blanco… mezclados caóticamente en un despropósito de montículos que rellenan mesas, cajones y estanterías.

La macrolimpieza tiene algo de místico y de nostálgico. La papelera empieza a llenarse de papeles antaño importantes, pero ahora absolutamente prescindibles. Por ello, sirve de reencuentro con el pasado de una forma expiatoria. Tirar los papeles viejos es también una forma de romper con ciertas cosas del pasado que uno cree que ya no están en él, que son pruebas superadas. Hay que tirar la prueba de que un día ciertas nimiedades fueron obsesiones, para poder seguir adelante.

Simultáneamente, vamos encontrando cosas que hacía meses que les habíamos perdido el rastro. Incluso no descartábamos haberlas perdido. Pero ahí estaban, en un lugar inmerecido, en un provisional ostracismo provocado por el paso del tiempo.

Clasificar los papeles es uno de los mayores placeres de los que tengo constancia. Cuando consigo separar apuntes de asignaturas aprobadas, de los de asignaturas por aprobar, de papeles relacionados con literatura, de miscelánea, el mundo me parece mejor. El orden estabiliza mi mente hasta el punto de pensar en qué bonita sería la vida si la macrolimpieza pudiera hacerse todos los días con el mismo resultado.

Esta mañana me he levantado, he contemplado mi cuarto antes de ir a desayunar y he sentido un gozo interior abstracto, y he pensado: “Claro, he hecho una macrolimpieza recientemente”.

Imagen (no, no es mi cuarto, evidentemente): Hotel Barcelona Princess

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Reputación

La reputación es, en cierto modo, como el dinero ahorrado. Hace falta semanas, meses e incluso años para gestarla y conservarla, y sólo varios minutos para perderla.

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J.

Yo debía de tener unos diez años. Quien sabe si en la piscina o en el colegio, alguien me había contagiado de impétigo. El impétigo es una infección de la piel que consiste en costras de color marrón que pueden aparecer en cualquier parte del cuerpo.

Pasé días muy duros con postillas que no paraban de picarme, y que tenían un aspecto poco atractivo. Las tenía por los muslos y por las ingles, y con el sudor propio de que estábamos en junio, había veces que lo único que quería era dormirme y que se me olvidase el picor.

Finalizado ya el curso en el colegio, una amiga mía celebraba su cumpleaños. Íbamos casi toda la clase, porque era una de las niñas más populares y se llevaba bien con casi todo el mundo. Yo estaba en un estado deplorable, pero tenía muchas ganas de ir. A los diez años, no soportas la idea de que todos se lo están pasando bien menos tú. Así que mi madre consintió que yo fuera, pero no pude ponerme ropa interior porque el picor y el dolor eran insoportables. Como hacía calor, me puse unos shorts.

Me presenté por tanto en el cumpleaños, con la intención de tener especial cuidado en hacer ciertos movimientos. Nadie podía saber que yo tenía impétigo, porque así nadie tendría miedo de que yo le contagiase. Llevaba unos shorts sin ropa interior debajo, pero yo no apreciaba la importancia de esto. Pensé que era como un bañador.

Nos lo estábamos pasando muy bien. La anfitriona vivía en un chalet con un gran jardín. Jugamos a balón prisionero y eso era entonces un deporte que me encantaba. Me parecía tener una habilidad especial para esquivar balones, y a menudo me quedaba el último en mi bando sin que el otro equipo pudiera golpearme.

En esto que una compañera de clase se agachó para coger el balón del suelo, e instintivamente miró hacia arriba, donde me encontraba yo de pie. No hace falta que diga qué es lo que vio.

Inmediatamente se puso a gritar: “¡No lleva calzoncillos! ¡No lleva calzoncillos!” Muchos empezaron a rodar por el césped, con la intención de ver algo, incluso los chicos, y todos empezaron a reírse de mí. Cuando digo todos, es todos. Mi grupito de amigos incondicionales incluido. No se salvó nadie de la tentación de reírse de alguien ante una situación divertida. Intenté justificarme ante la multitud, explicando por qué no podía llevar nada debajo de los shorts, pero no servía de nada.

No sabía dónde meterme. De repente deseé con todas mis fuerzas que mis padres vinieran a recogerme con dos horas de antelación, pero sabía que eso no ocurriría. Me eché a llorar, y me dirigí al jardín trasero para refugiarme en mi amargura. Entonces se me acercó J. Me miró con un extraño desdén acerca de todo aquello, y me dijo, como si los demás no existieran: “Déjalos, Luisfer, son unos guarros”.

Los demás se siguieron riendo de mí, pero a mí ya no me importaba tanto. Me impresionó que J. tuviera la personalidad de rechazar lo que hacían todos los de la clase para pensar por sí mismo y defenderme. A J. no le llevaba la corriente, como sí había pasado con los que en teoría eran mis amigos. Entendí que él estaba a otro nivel, pero no podía vislumbrar que quizá se trataba de un asunto de madurez.

Sé, con seguridad plena, que J. sería aún hoy uno de mis mejores amigos. En otras circunstancias de la vida, recordaría esto riéndome, pero sólo puedo recrearme con nostalgia y estremecimiento.

Tuve una gran amistad con J. Hubo un verano en el que parecíamos ser los dos únicos que no nos íbamos fuera de Sevilla. Quedábamos todos los días. Me prestaba discos de Michael Nyman y de Alan Parsons Project. Charlábamos durante horas. Jugábamos al ordenador. Veíamos partidos de fútbol juntos. Con él aprendí a que quedar podía ser simplemente hablar de cosas que nos parecieran interesantes, sin necesidad de realizar alguna actividad suplementaria.

Cuando teníamos 14 años, empezó a cambiar mucho. Se empezó a relacionar con gente del barrio, a desarrollar una actitud de rebeldía y de prepotencia de la que nadie se salvaba. Pegaba a todos los de la clase que no le caían bien. Se peleaba con cualquiera con cualquier excusa. Protestaba y contestaba a los profesores. No vino al viaje de estudios del colegio porque venía de una gran borrachera.

Se fue/lo echaron del colegio y con el tiempo supimos que sus padres se habían divorciado, y que había entrado en una clínica de desintoxicación. Varias veces nos hemos visto desde entonces, y por los motivos que sea, no nos hemos saludado. Pero los recuerdos están ahí, y jamás olvidaré lo que hizo J. en aquel cumpleaños. Él consiguió que una humillación pública se conviertiese en una revelación de hasta qué cotas puede llegar la amistad verdadera.

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Mi amigo Sonic el erizo

Para bien o para mal, la consola Sega MegaDrive fue una de mis principales acompañantes durante la era central de mi infancia. Desde 1992 a 1996 un armatoste de 16 bits era mi forma estrella de pasar las horas, las tardes, antes y después de la merienda, cuando no tenía que hacer los deberes.

La compró mi padre en junio de 1992, como recompensa a mis buenas notas de aquel año. Los regalos de fin de curso fueron un aliciente especial durante aquellos años, luego desaparecieron. Sin embargo, no tengo nada que recriminarles a mis padres en ese aspecto. Al contrario. Me enseñaron que la propia recompensa de sacar buenas notas era la satisfacción del deber cumplido.

24.900 pesetas de entonces. La consola MegaDrive y un juego del que ya había oído hablar. Sonic the Hedgehog. Un puercoespín azul que debe derrotar al malvado doctor Robotnik, que ha tiranizado el apacible lugar donde viven los animales, convirtiéndolos en robots. Por tanto, Sonic anda en busca de Robotnik, mientras que los robots creados por el villano obstaculizan la travesía del héroe. Este detalle le gustó particularmente a mis padres: Sonic no mata; salta encima de los robots, liberando a los animales que se encuentran en su interior. Los tres botones del mando sólo servían para lo mismo: saltar. E ir a gran velocidad.

Sonic se convirtió entonces en mi amigo. Juntos intentábamos cumplir con su destino. Su misión era de repente la mía también. Al año siguiente, vino Sonic 2. Y la Game Gear (consola portátil de la compañía Sega), con su correspondiente Sonic. Y al siguiente, Sonic 3, y Sonic 2 para la Game Gear. Por último, Sonic & Knuckles. Diferentes modalidades para una única misión: saltar, correr, saltar, correr, derrotar a Robotnik y sus secuaces. Recuerdo especialmente mi compra del Sonic 3. El dinero ahorrado durante mucho tiempo, para comprar el juego el mismo día que salió al mercado. Estaba en una academia de inglés, esperando que mi padre me recogiera para ir a Continente (antiguo Carrefour), y muchos de la clase íbamos a hacer lo mismo. Fue una bomba.

Mi fanatismo por el erizo azul llegó hasta tal punto, que por las tardes emitían en Telecinco unos dibujos animados basados en el personaje, y no perdía ni un capítulo, a pesar de la mala calidad de la serie. Había recorrido y luchado tanto junto a Sonic, que lo sentía parte de mi vida.

Sonic siguió su camino, en otras consolas, como Dreamcast, se pasó a Nintendo, y yo seguí el mío. Nos distanciamos cuando la MegaDrive dejó de ser el entretenimiento por antonomasia de por las tardes.

Hoy en día, con los emuladores descargables por Internet, puedo volver a jugar a cualquiera de las aventuras de Sonic en cuestión de minutos. Alguna vez, que he necesitado un rato de ocio y despejarme de las continuas actividades mentales que requiere mi carrera, Sonic ha estado ahí, esperándome. Porque Sonic es un enlace directo a mi infancia, un pasaporte a mi niñez sin escalas. Para bien o para mal.

(IceCap Zone, un temazo incluido en la música de Sonic 3, versionado a piano)

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Ubikpod

Estreno podcast. El podcasting, según la Wikipedia, consiste en la creación de archivos de sonido y de video y su distribución mediante un archivo RSS que permite suscribirse y usar un programa que lo descarga para que el usuario lo escuche en el momento que quiera, generalmente en un reproductor portátil.

Ubikpod es el podcast “presentado” y dirigido por un servidor. Dura entre 35-40 minutos, y se habla de música, cine, libros, tecnología y lo que se ponga por delante. Mis sesiones de speech se irán intercalando con música libre de derechos de autor. Pensado para aquellos que van al trabajo, a clase, que vuelven a casa, en el coche, andando, en autobús, y que quieren algo diferente que les acompañe.


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