
La macrolimpieza es uno de los momentos cumbre del año. Si bien limpio mi cuarto todos los días, es en la macrolimpieza cuando extraigo todas las suciedades, erradico el desorden en todo su ser, y dejo la habitación con otro aspecto a pesar de mantener su esencia.
Es un proceso que no tendría sentido sin la exhaustividad. Lo hacía en el domicilio familiar. Casi recuerdo todas las veces que lo hice durante los últimos años. Desde que estoy emancipado, ésta ha sido la primera vez. Es decir, que desde septiembre el cuarto sobrevivía, limpio, pero con una oculta dejadez y resignación. Me ha llevado dos días hacerlo en su completitud, pero ya puedo decir que ha merecido la pena, como siempre.
El algoritmo es sencillo: vacío todas las estanterías y el armario hasta dejarlo todo como si fuera una habitación de hotel, como si me fuese a mudar. Voy poniendo las cosas, bien en el suelo o encima de la cama, según sus posibilidades. Voy cogiendo artículos al azar y me pregunto si su sitio anterior es el que quiero para la posteridad. Miro los libros, y me planteo si no será mejor separar los que he leído de los que aún no he empezado. Miro los CDs, y compruebo que la correspondencia caja-disco es biyectiva. Lo propio con la ropa, para separar camisas de pantalones y abrigos. Entonces limpio el polvo concienzudamente y barro hasta la esquina menos atendida; la pulcritud ha de ser absoluta, si no, es absurdo.
Pero lo que más sentido tiene de la macrolimpieza son los papeles. Soy y siempre he sido un generador de papeles masivo. De pequeño eran los infinitos dibujos que iba creando cada día; ahora son apuntes, escritos, nuevamente apuntes, recibos del banco, facturas, documentos de la universidad (becas, justificantes), comienzos de novelas, comienzos de relatos, revistas, relatos, folios en blanco… mezclados caóticamente en un despropósito de montículos que rellenan mesas, cajones y estanterías.
La macrolimpieza tiene algo de místico y de nostálgico. La papelera empieza a llenarse de papeles antaño importantes, pero ahora absolutamente prescindibles. Por ello, sirve de reencuentro con el pasado de una forma expiatoria. Tirar los papeles viejos es también una forma de romper con ciertas cosas del pasado que uno cree que ya no están en él, que son pruebas superadas. Hay que tirar la prueba de que un día ciertas nimiedades fueron obsesiones, para poder seguir adelante.
Simultáneamente, vamos encontrando cosas que hacía meses que les habíamos perdido el rastro. Incluso no descartábamos haberlas perdido. Pero ahí estaban, en un lugar inmerecido, en un provisional ostracismo provocado por el paso del tiempo.
Clasificar los papeles es uno de los mayores placeres de los que tengo constancia. Cuando consigo separar apuntes de asignaturas aprobadas, de los de asignaturas por aprobar, de papeles relacionados con literatura, de miscelánea, el mundo me parece mejor. El orden estabiliza mi mente hasta el punto de pensar en qué bonita sería la vida si la macrolimpieza pudiera hacerse todos los días con el mismo resultado.
Esta mañana me he levantado, he contemplado mi cuarto antes de ir a desayunar y he sentido un gozo interior abstracto, y he pensado: “Claro, he hecho una macrolimpieza recientemente”.
Imagen (no, no es mi cuarto, evidentemente): Hotel Barcelona Princess
Para bien o para mal, la consola Sega MegaDrive fue una de mis principales acompañantes durante la era central de mi infancia. Desde 1992 a 1996 un armatoste de 16 bits era mi forma estrella de pasar las horas, las tardes, antes y después de la merienda, cuando no tenía que hacer los deberes.