
Ha sido hace relativamente poco cuando he descubierto que los viajes en carretera son lo que más me deprime del mundo. Seguramente lo sabía ya, desde pequeño, pero no acertaba a determinar qué fallaba o qué no encajaba en mi interior mientras miraba por la ventanilla.
La última vez que fui a Valladolid, supe reconocérmelo y así se lo confesé a mi padre: No soporto los viajes en carretera. Me hacen sentir solo. Al ser capaz de confesarlo, tuve que asumirlo y aceptarlo, y buscar las relaciones causa-efecto por las que ir por carretera saca mi lado más melancólico, más pesimista, más fatalista.
En el mencionado viaje a Valladolid, fueron muchos los pueblos pequeños que atravesamos. Recuerdo con especial incomodidad el pueblo de Santa Olalla del Cala, en Huelva. Era uno de estos pueblos en los que hay una calle principal y el resto son perpendiculares, conformando la estructura entera de la población.
Recorriendo estos pueblos, en medio de parajes inhóspitos, parcelas de campo en las que nunca pasa nadie, por la noche. Me pregunto cómo es la vida de uno de los habitantes de alguno de esos pueblos, o de la última persona que ha pasado por ese trozo de campo. Me pregunto cómo sería mi vida si fuera uno de ellos. No es que odie la vida rural. Al contrario, todo viaje que hago a Villalba del Alcor me sirve y me estimula. Pero la cuestión es que haciendo uno de estos viajes me siento más solo que nunca.
Recuerdo que en mi adolescencia estuve obsesionado con una chica, y mi fórmula para desquitarme de la amarga sensación de extrema soledad era imaginarme con ella en uno de los lugares que veía por la ventanilla del coche. Ese sitio se convertía entonces en un lugar que me identificaba menos con la soledad, pero que simultáneamente me corroía aún más por dentro. Un pinar, un olivar, una gasolinera, un club de alterne, un desvío de la autopista, una venta llamada ‘Casa Manolo’.
Llego a una ciudad y la impresión que me da es que la soledad no desaparece. Sigue ahí, lo que ocurre es que vivir en una ciudad nos mantiene la mente más ocupada, hay más prisas y menos momentos para pensar si realmente nuestra vida tiene sentido.
Esta impresión la confirmé cuando hice el trayecto ida y vuelta en autocar para ir a Madrid en noviembre. Me sentí tan desdichado que a veces tenía ganas de llorar. Daba igual lo que me esperara en Madrid. Daba igual lo que me esperara a mi vuelta a Sevilla, a mi realidad. El viaje me quemaba tanto mentalmente, que no comprendía que me sucedía. Ahora lo sé. Los viajes en carretera me depriman. No importa que lleve la música alta, ni siquiera que la gente que quiero esté también dentro del coche. Los viajes en carretera me recuerdan que probablemente nacemos solos, vivimos solos y morimos solos, como diría mi antiguo profesor José Manuel Elena.
