Archivo mensual: mayo 2008

Los viajes en carretera

Carretera

Ha sido hace relativamente poco cuando he descubierto que los viajes en carretera son lo que más me deprime del mundo. Seguramente lo sabía ya, desde pequeño, pero no acertaba a determinar qué fallaba o qué no encajaba en mi interior mientras miraba por la ventanilla.

La última vez que fui a Valladolid, supe reconocérmelo y así se lo confesé a mi padre: No soporto los viajes en carretera. Me hacen sentir solo. Al ser capaz de confesarlo, tuve que asumirlo y aceptarlo, y buscar las relaciones causa-efecto por las que ir por carretera saca mi lado más melancólico, más pesimista, más fatalista.

En el mencionado viaje a Valladolid, fueron muchos los pueblos pequeños que atravesamos. Recuerdo con especial incomodidad el pueblo de Santa Olalla del Cala, en Huelva. Era uno de estos pueblos en los que hay una calle principal y el resto son perpendiculares, conformando la estructura entera de la población.

Recorriendo estos pueblos, en medio de parajes inhóspitos, parcelas de campo en las que nunca pasa nadie, por la noche. Me pregunto cómo es la vida de uno de los habitantes de alguno de esos pueblos, o de la última persona que ha pasado por ese trozo de campo. Me pregunto cómo sería mi vida si fuera uno de ellos. No es que odie la vida rural. Al contrario, todo viaje que hago a Villalba del Alcor me sirve y me estimula. Pero la cuestión es que haciendo uno de estos viajes me siento más solo que nunca.

Recuerdo que en mi adolescencia estuve obsesionado con una chica, y mi fórmula para desquitarme de la amarga sensación de extrema soledad era imaginarme con ella en uno de los lugares que veía por la ventanilla del coche. Ese sitio se convertía entonces en un lugar que me identificaba menos con la soledad, pero que simultáneamente me corroía aún más por dentro. Un pinar, un olivar, una gasolinera, un club de alterne, un desvío de la autopista, una venta llamada ‘Casa Manolo’.

Llego a una ciudad y la impresión que me da es que la soledad no desaparece. Sigue ahí, lo que ocurre es que vivir en una ciudad nos mantiene la mente más ocupada, hay más prisas y menos momentos para pensar si realmente nuestra vida tiene sentido.

Esta impresión la confirmé cuando hice el trayecto ida y vuelta en autocar para ir a Madrid en noviembre. Me sentí tan desdichado que a veces tenía ganas de llorar. Daba igual lo que me esperara en Madrid. Daba igual lo que me esperara a mi vuelta a Sevilla, a mi realidad. El viaje me quemaba tanto mentalmente, que no comprendía que me sucedía. Ahora lo sé. Los viajes en carretera me depriman. No importa que lleve la música alta, ni siquiera que la gente que quiero esté también dentro del coche. Los viajes en carretera me recuerdan que probablemente nacemos solos, vivimos solos y morimos solos, como diría mi antiguo profesor José Manuel Elena.

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Grieta

Se ha abierto una grieta en tu mundo perfecto

Me lo dijo un amigo íntimo el pasado 22 de abril, borracho perdido, en un arrebato de actitud consejera y sinceridad rotunda. Transcurre el tiempo y sigo pensando en esa frase como 50 veces al día.

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El camino diario

La Palmera

Del piso a la facultad hay unos diez minutos andando. Así que cada día, ida y vuelta, son poco más de veinte minutos los que recorro siempre el mismo camino. Hay veces en las que voy y vengo de la facultad dos veces (o incluso tres), así que puede decirse que puedo estar tranquilo de que ando con regularidad, y me siento en forma por ello, la verdad.

Antes de salir del piso, me pongo los auriculares del MP3, dispuesto a caminar al son de la música. No es que me los ponga para aislarme, sino para convencerme cada día de la belleza del mundo a través de la música. Con una canción de fondo, todo cobra armonía y la calle se convierte en una orquesta de personas dirigiéndose a un sitio o a otro.

Vivo frente a un hospital, así que el flujo de transeúntes que inunda el barrio roza lo agobiante. Prisa. Mucha prisa. Y me doy cuenta de que todo el mundo cumple con sus obligaciones diarias. ¿Por qué voy yo a ser menos? Veo el semáforo en verde para los peatones desde lo lejos. Corro porque sé que si se pone en rojo, esperaré a que se vuelva a poner en verde durante al menos un minuto, y he de optimizar el tiempo.

Más tarde llego al Gran Paso de Cebra que atraviesa la avenida de la Palmera, que cuenta con tres carriles en cada sentido. En él veo pasar centenares de coches en apenas unos instantes, y me siento parte del mundo más que nunca. Tantos coches. ¿Adónde irán? ¿De dónde vendrán? Sus conductores, ¿tendrán las mismas inquietudes que yo? ¿Darán vueltas a la almohada por las noches cuando no terminan de comprender el sentido de su vida? El semáforo se pone en verde y me hace gracia contemplar cómo los coches, antes presos de una velocidad desorbitada, aceptan las normas viales y se paran para que los mismos universitarios de siempre podamos pasar tranquilamente, abrumados por la longitud del Gran Paso de Cebra.

Ahora la calle se torna solitaria. Ya no es el ir y venir de la muchedumbre frente al hospital. Ahora la calle Marqués Luca de Tena se ha convertido en una apacible urbanización de casitas con árboles, donde un hombre maduro puede hacer footing sin sentirse presionado. Podríamos decir que este es el Marqués Luca de Tena rural, mientras que el otro era el urbano.

Paso al lado de una verdadera mansión, en la que el vallado permite ver desde fuera cómo es la casa por dentro. Desde que hago este camino, la obra se mantiene firme pero con un ritmo sosegado. Al parecer, están construyendo una piscina para el jardín y remodelando el porche entero. Miro a los albañiles. A veces se apoyan contra el vallado para observar niñas guapas. Otras comen un bocadillo. El resto de las ocasiones se enfrentan al sol para demostrarme que la obra continúa, y que algun día, cuando pase por allí, todo habrá terminado. Luego pienso en mi padre, que tiene en su haber cientos de obras como ésta, y gracias a ella ha mantenido esplendorosamente una familia con cinco hijos. Luego pienso en mi madre. Pienso en el día en el que se curará, y me pongo triste.

La calle Marqués Luca de Tena da paso a la avenida Reina Mercedes. Vuelven los coches, los pitos, las personas, los quioscos de prensa, los pasos de cebra, los edificios, las personas, el ruido, las tiendas, la sombra de los edificios, las personas. Y me queda poco para llegar a la biblioteca o a clase. Entonces me doy cuenta de que el camino tenía un medio, que no era un fin en sí mismo, aunque lo parezca. Es un camino a clase, o de vuelta al piso en el caso inverso. Pero no sólo eso. Es un camino hacia mí mismo. La música del MP3 es mi banda sonora, y lo sabe, y las personas que se cruzan conmigo también lo saben, porque parecen actuar a coreografía respecto a la música.

Siempre es el mismo camino. Y no me aburre. Cada día hay un detalle nuevo, no sólo del trayecto en sí, sino de mi propia vida.

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