
Suena el camión de la basura. Son las tres de la mañana.
Luisfer mira por la ventana de su habitación. Es un segundo piso, y se pone de pie en el alféizar de la ventana. Está dispuesto a tirarse. La luz es extraña. Es la oscuridad dentro de la oscuridad. Lo normal es que uno dude de si lo que está viviendo es real y no un sueño. Luisfer, al contrario. Duda de si realmente es un sueño y no es real, mientras se tira a plena calle. Y tiene miedo.
Si es un sueño, podrá volar o como mínimo tirarse a la acera y amortiguar la caída de forma placentera. Si no, morirá irremediablemente. Por suerte, era un sueño, y Luisfer vuela en una especie de planeamiento sosegado. Su calle es descrita por su mente de una forma magistral. No falta ni siquiera el toldo azul con “Alimentación Cuenca” escrito en letras estilo retro.
Se despierta sudoroso. Ah, claro, piensa Luisfer, es el típico-sueño-demasiado-real que se tiene cuando uno se adormece. Ahora vendrá el sueño de verdad.
Y está en un piso elegante. Y es Nueva York. O podría ser Atlanta, qué sabe él. El caso es que es clavado al piso que aparece en la película ‘Antes que el Diablo sepa que has Muerto’, donde el personaje de Philip Seymour Hoffman mira por la ventana mientras su camello le prepara la mercancía. Y es Navidad. Y hace calor. Y hay una reunión inesperada de viejos amigos que ya no lo son. Y está Jacobo, ese chaval con el que, casi una década después, aún siente que tiene una conversación profunda pendiente. Y todo se quedó en superficialidad, en hablar de fútbol y de videojuegos. Y ahí se quedó todo. Y se murió su padre y ni siquiera le llamó para acompañarle en el sentimiento.
Hablando de Jacobo, ahí está otra del mismo grupo. Viene decidida, le sonríe, cosa rara en ella, y le da un beso entre la mejilla y los labios. Y Luisfer se pone muy contento. Extraño. Nunca le ha parecido interesante como persona ni especialmente atractiva. Y hace dos años que no intercambia palabra con ella. Y de repente es la chica más importante de su vida. Y Luisfer sabe que tiene novio, y es un imbécil, aunque se supone que debería considerarle su amigo y caerle bien.
Hay tantos supuestos amigos que realmente no le caen bien… pero, ¿para qué sincerarse y comentarlo? Y una amiga de cuando estaba en Primaria aparece junto a él en una sala con una videoconsola de principios de los 90. Y Luisfer no sabe que hace allí. Su amiga lo sabe perfectamente. Y se le ocurre la frase ‘La escarcha en la claridad’. Le parece bonito, pero se le viene a la mente la voz de Joaquín Sabina diciendo esa frase, y se le quitan las ganas de seguir pensando en ello.
La claridad. El color azul. Un pito de un coche cuyo conductor reclama que otro coche deje de estar en doble fila. El despertador. El amanecer. Legañas. Bostezos. Luisfer se aclarará la cara con agua preferentemente fría, desayunará, se vestirá, se pondrá la camisa que más le guste en ese momento, mirará su correo (tendrá siete u ocho nuevos desde la madrugada), saldrá a la calle, se tomará un Red Bull sin saber si es un fraude o realmente le servirá para sobrellevar el duro día que le espera. En realidad, le aterra la idea de que por cada sorbo de Red Bull esté perdiendo una semana de vida. O eso piensa él.
A lo mejor llega tarde al examen de Sistemas Operativos. Es el último. Virtualmente su segunda asignatura aprobada en el cuatrimestre. Y ayer entrevistó a José Ángel Mañas. Guay. Se le ocurre que a lo mejor sigue soñando. Y no lo sabe. O no quiere darse cuenta. Si esto es un sueño, al menos es lo que yo he construido, piensa Luisfer. Y me encanta.
Luisfer sale a la calle, silbando el Bolero de Ravel y convencido de que el problema que siempre cae en el examen, el de los bloques en un sistema de archivos FAT, es facilísimo y seguro que vale por lo menos 3 puntos.