
Además de haber estado de exámenes, liado con mis críticas de literatura y cine y otros menesteres que desde luego no justifican mi larguísimo periodo de ausencia en este blog, he estado de monitor en un campamento de verano en Cazalla de la Sierra.
Lo cierto es que ser monitor en un campamento era una experiencia nueva para mí (ya había sido monitor en alguna que otra convivencia o campamento, pero no con tantas responsabilidades), y Dios sabe que ha merecido muchísimo la pena. Conocí a la mayoría del resto de monitores en la Semana Santa de 2007, y me alegro muchísimo de no haber perdido el contacto con ellos desde entonces. Haber sido monitor ha sido un paso más en el camino de perfección que intento llevar por bandera, ya que sentirme responsable, junto a los demás monitores, de unos 60 adolescentes entre 16-19 años en su mayoría, es un reto se mire por donde se mire. Paso a enumerar las características principales de mi experiencia:
Cansancio físico. El día que más he dormido han sido unas 4 horas, teniendo en cuenta que tenía que quedarme a vigilar que todos los acampados se metiesen en sus respectivas tiendas, y lo que es más, separados en cuanto a género, ya que en una reunión previa decidimos que no podían dormir mixtos en una misma tienda. Además, tenía que levantarme el primero para despertar a los acampados, y ducharme (las duchas estaban a casi diez minutos de las tiendas) y preparar el desayuno con tiempo respecto a los demás. Una siesta entre actividad y actividad, o un baño en la piscina era a veces lo único que me mantenía con vida. No sólo era sobrevivir el día a día, sino que también tenía que mantener una actitud participativa en todo momento, y eso requería un extra de energías que no sabía de dónde sacarlo.
Sentido arácnido. Desde que abría los ojos por la mañana hasta que los cerraba por la noche, tenía que atender las necesidades potenciales de los niños, cuando no ayudar a algún monitor a cualquier juego, actividad, dinámica que hubiese preparado. Si algún acampado tenía alguna duda o necesitaba cualquier cosa, tenía que venir a nosotros, pasarnos los problemas a nosotros. Fueron totalmente conscientes de esto, así que continuamente tenía que tomarme en serio que uno de los acampados perdiese su esterilla, o que otro no se lo estuviese pasando muy bien por tal o cual razón. Siempre había algo que hacer o algo en qué ayudar, la cuestión era “percibirlo”, como en el caso del sentido arácnido de Peter Parker.
La figura del monitor. El monitor es, para bien o mal, absoluto protagonista de una experiencia como ésta. Yo no era de los más carismáticos, pero tampoco de los menos. Y sin duda mi popularidad era considerable. Cuando llegué del campamento, comprobé que mis contactos en el Messenger o en Tuenti habían subido como la espuma. Algunos de los que me agregaban apenas habían intercambiado dos palabras conmigo en todo el campamento. Pero claro, que yo, como monitor, no les hablase, no quiere decir que no supieran de mi existencia. Uno de los días di una charlita sobre la situación en Corea del Norte, algo que lo que me gusta hablar como ya sabeis los que habeis leído esto. Ver cómo, durante 20 minutos, todos me miraban con atención sin pestañear y haciéndome muchas preguntas luego, fue algo que ya había vivido antes pero que sin embargo me conmocionó. El partido de la final de la Eurocopa nos pilló en el campamento, y lo que se nos ocurrió a mi amigo Fran y a mí fue coger dos megáfonos y animar el cotarro, como dos comentaristas improvisados. Personalmente, y como muchos me dijeron luego, aquello fue la mejor posible de vivir aquel partido. Con todo el mundo animando, las caras pintadas, y con una celebración posterior memorable, fue glorioso.
La gente. Durante el campamento, me encantaba observar cómo nos reunimos tanta gente que no teníamos apenas nada que ver unos con otros. De hecho, los monitores éramos el plantel más variopinto que pueda encontrarse. No creo que tuviésemos mucho que hablar entre nosotros si nos hubiésemos conocido en otras circunstancias. Con todo, nuestra compenetración (por lo menos entre la mayoría) era total, el buen rollo que se destilaba era absolutamente palpable. Diferencias de todo tipo, desde la edad hasta la forma de pensar. ¿Y qué me llevo? El conocer a gente nueva, gente que ya conocía pero que ya puedo considerarles amigos, y amigos que ya tenía pero que ahora puedo considerarles amigos del alma.
El año que viene volveré a ser monitor del campamento con la parroquia del Espíritu Santo de Mairena del Aljarafe, que es la que gestó la idea de hacer este campamento. Sé que cuando llegue el momento, estar en tan buena compañía, aislado de la ciudad, del móvil, del PC y de las prisas, me sentará otra vez como nuevo. Volveré a estar reventado, pero volverá a merecer la pena. Con sólo ver las caras de los niños, agradeciéndonos nuestro esfuerzo y contentos de estar allí, disfrutando de la experiencia, ya no habré ido en vano.
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