Archivo mensual: agosto 2008

No entiendes nada

Sobretodo en los deportes. Ves que Rafael Nadal es el número 1 de la ATP. Con 6700 puntos. No entiendes nada. Y no tienes ni idea de qué narices es el Draft. Ni sabes por qué Óscar Freire ha ganado el trofeo a la regularidad en el Tour de Francia. Ni qué significa triple bogey en el golf. No comprendes un caraj…

Sacaste un 8,2 en selectividad, y sólo necesitabas sacar un 5,1. Y ahora compaginas la carrera con 2 trabajos (en realidad 3 englobados en 2), y sabes que cuando acabes la carrera, cobrarás más yendo 9 días al mes a trabajar al restaurante que 30 días enteros de becario.

Antes de ver una película, compruebas qué calificación tiene en IMDB, Filmaffinity, Rottentomatoes y Metacritic. Por ejemplo: ‘Memento’ (2000) tiene 8.6, 7.9, 94% y 80/100, respectivamente.

Descubres una canción que te gusta porque su videoclip en Youtube tiene 2,378,207 visitas. Y luego te bajas el cómic #1 en la lista de las 10 mejores novelas gráficas de la historia según la revista ‘Time’. Vives en la ciudad número 60 del mundo preferida por los turistas, que a ti ahora te asquea porque sólo has salido de ella 6 días en lo que llevas de verano. Hace 37 grados celsius fuera pero tú has de ponerte una camisa que se te pega a la espalda, y unos zapatos que te costaron 36 euros y ya se han roto dos veces. Mides 1,77 y a veces no te sientes tan alto como desearías.

No entiendes tampoco a las chicas, a tus 22 años. Si no cuentas mal, unas dieciseis chicas han sido el centro de tu vida a lo largo de tu existencia. Aunque sea por segundos. Todavía te asustas de aquella que te dejó unas 23 llamadas perdidas, 11 mensajes SMS en menos de una semana, y que decía que quería tenerte en su vida para siempre. Y tú no querías nada. Sólo seguir con lo tuyo.

Y por cierto, te irrita pensar que, si hubieras nacido en el año 1121 en lugar de en 1986, tu esperanza de vida habría sido de muy pocos años. No verías ni torta, y al no poder operarte de vegetaciones, cualquier día te habrías asfixiado por la causa más insignificante.

Vas al supermercado. El zumo de naranja de 2 litros que hace 5 meses costaba 1,28 euros, ahora cuesta 1,65 euros. Te mosqueas y no lo compras. Y compras Listerine aunque éste represente el 10% del importe de tu compra. No te gusta la sequedad que se produce en tu boca cuando hace calor.

Y piensas que debes organizarte el día. Empleas 7 horas en dormir, 1 hora en ducharte 4 ó 5 veces al día (el calor es insoportable), 1 hora y media en desayunar/almorzar/merendar/cenar, 40 minutos en las tareas de la casa, 3 horas en estudiar, y horas indefinidas en trabajar. Y te das asco cuando las horas restantes las empleas en ver esa película que echan por la tele y ya has visto 18 veces. O cenas con unos amigos, te despejas durante un rato, pagas 8,95 por una comida mal servida y poco hecha, y para colmo tus amigos son unas personas poco interesantes, y estás deseando salir de allí. De hecho, tienes 161 amigos en Tuenti y sólo tendrías ganas de tomarte un café con 14 de ellos.

Eres capaz de tararear de principio a fin ‘Crises’, una canción de Mike Oldfield que dura 20 minutos y 40 segundos. De oído, eres capaz de interpretar un tema de Philip Glass prácticamente improvisando. Leer 2 ó 3 libros en un día, y luego escribir una reseña de 1000 palabras sobre cada uno. Sabes en qué año han nacido cientos de actores de Hollywood y futbolistas de Primera División. Sabes la solución de , y sabes programar en Visual Basic, Delphi, C, Java, HTML, PHP, JavaScript, Haskell, Prolog… pero desconoces si tu vida tiene algún sentido. Y en el caso de que lo tenga, en qué consiste. Necesitas algo que sea el eje de tu cotidianeidad, que explique por qué a veces das vueltas a la almohada pensando que algo no marcha del todo bien.

Música recomendada: Rob Dougan – Born Yesterday

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El punto de vista

Hay muchos motivos por los que he ido, cada vez más, volcándome hacia una vida de escritor. Una vida de escritor es, básicamente, acostarte y decirle a tu almohada: “Joer, hoy no he escrito.” O bien: “Estupendo, hoy he escrito”.

Pero entre esos motivos, recuerdo que, hace unos nueve años, me contaron la “verdadera historia de Los Tres Cerditos”. Era un cuento en el que el narrador era el Lobo Feroz, y contaba, desesperado, cómo pensaba visitar a los cerditos, y éstos huían de él, creyendo que éste les quería comer. Me conmocionó. Pensar, por un momento, que realmente el lobo podía tener otras intenciones a las descritas en el relato definitivo, fue algo que jamás he podido olvidar. Un nuevo mundo se abrió ante mí. Podía haber una manipulación, a lo largo de los años, del cuento original hasta convertir en un lobo amable en el temible Lobo Feroz, y a los maleducados cerditos en las víctimas de la ira del lobo.

Es cuestión del punto de vista. Y a día de hoy es mi principal obsesión en la literatura. No dejo de pensar en que, en una novela, el narrador cuenta lo que le da la gana, jugando con la verdad, como cuando uno sale de juerga un viernes por la noche y sus padres le preguntan el sábado por la mañana: “Ayer, ¿qué?” Y contesta: “Nada del otro mundo. Dimos una vuelta y ya está”. Una de esas novelas inacabadas, que lastimosamente esperan su turno en mis motivaciones momentáneas, tiene su mayor acierto en que cada capítulo estará contado por uno de los personajes. La verdad ha de construirla el lector, sabiendo quién miente, qué ocultan los personajes según sus intereses, y qué es lo auténtico, lo real, lo “verdaderamente verdadero”.

Un imprescindible clásico de mi infancia, ‘Mary Poppins‘, puede darse la vuelta muy fácilmente. Sólo hay que contar las cosas de un modo plausible, pero inesperado.

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Desde Georgia

Durante los últimos días, mucho se ha hablado de Georgia, Rusia, Osetia del Sur… Una noticia más de la que uno mira la televisión, o lee la prensa, y piensa: “¡Vaya tela!” Es la tendencia que tenemos, mirar las cosas desde una distancia y seguir con lo nuestro, implicarnos lo mínimo y olvidar cuanto antes la porquería de mundo en el que vivimos. Parece que la sociedad nos tiene lo suficientemente hipnotizados para que nos sintamos indiferentes ante una situación horrible, si no nos toca de cerca. Por lo contrario, es preciso que sigamos consumiendo y sigamos haciendo nuestra vida como si nada. Es la alienación de la que tanto se habla.

Confieso que cuando veo las noticias, veo Pakistán o Birmania/Myanmar (Burma, como les gusta llamarla ahora), y a los dos minutos ya no recuerdo casi nada. Los medios de comunicación ponen ciertos países de moda. Hoy es Georgia; hace cinco años era Afganistán; hace quince años fue Ruanda, o Somalia, o Zaire.

Un amigo de mi familia, un georgiano que vive en España desde hace casi diez años, se fue de vacaciones a su país de origen la semana pasada. Estando allí, se ha encontrado con un conflicto bélico a escala internacional, y ha sido llamado a filas, con alta probabilidad de que durante mucho tiempo no pueda volver a España. Aún no sabemos nada de él.

Estoy pendiente día y noche de cualquier novedad, de índices de muertos o heridos, de si Rusia sigue avanzando o Georgia resiste. Un antiguo compañero de mi padre está ahora viviendo eso que tanto vemos por las películas, pero con una diferencia: es absolutamente real.

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The Division Bell

Es lo bueno de la música. Siempre hay algo maravilloso que descubrir. Siempre hay una canción perfecta para ti, que te estaba esperando, tú la estabas esperando, pero no lo sabíais ninguno de los dos.

Hay veces que te las das de enterado. “¿Conoces Pink Floyd, Luisfer?” “Claro, he escuchado todos sus discos. A mi padre le encantan.” Decía cuando me preguntaban al respecto. Y era mentira.

Existe un disco de Pink Floyd que jamás había escuchado. Se titula ‘The Division Bell‘, data de 1994, con el grupo ya casi deshecho, y es el fin de la banda británica.

Me ha sorprendido por su belleza, porque sin perder del todo la esencia (aunque algo sí, con la marcha de Roger Waters, ex-líder), su sonido está más limpio y en algunos iguala la inspiración conceptual de ‘The Wall’.

Hay temas que me han gustado más y temas que me han gustado menos, pero sin duda el que me ha cautivado es el último: ‘High Hopes’ (algo así como ‘Altas esperanzas’ o ‘Altas expectativas’). Un inicio algo sombrío, y de repente el jolgorio de campanas dan paso a una canción que desprende nostalgia y melancolía a partes iguales. El uso de las campanas en la base musical de la canción está mejor utilizada en este tema que en toda la trayectoria de Mike Oldfield, y me duele decirlo.

No es la primera vez que me obsesiono con una canción. Mientras he estado trabajando, he oído ‘High Hopes’ como siete veces. Me encanta la voz de Gilmour y su atmósfera cerrada, me encanta el reverb, el estribillo es mágico (“the grass was greener”), y me transportan los punteos tajantes de guitarra. Las últimas palabras de Pink Floyd son “forever and ever”. Fascinante.

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