Era cuestión de genética. Tanto su padre como su padre habían sido educados en la racanería, en la austeridad enfermiza, en el ahorro iracundo, por sus abuelos, respectivamente. Su padre se había rebelado contra eso, y ahora mantenía una actitud opuesta. Su madre no. Cada instante sin trabajar o sin producir era un céntimo no ganado, o incluso perdido. Así se lo inculcó su abuelo a su madre, y por tanto, su madre intenta adoctrinárselo, a él y a sus hermanos, sin éxito. De hecho, les parecía absurdo y hasta risible.
Pero lo cierto es que él pasaba de heredar las manías económicas de sus padres. Había aprendido a vivir por su cuenta, sabiendo que pagar el alquiler la primera semana de cada mes era un problema casi exclusivamente suyo y no tenía que rendir cuentas a nadie.
No es que no agradeciera la manutención de sus padres durante tantos años, que incluía entre otros: un cariño permanente e incondicional; catorce años de mensualidades de colegio privado; protección; casa; comida abundante y exquisita; una educación bastante aceptable (aunque a todas luces imperfecta); fomento del desarrollo intelectual, cultural y espiritual; aprehensión del sentido del esfuerzo; tiempo, mucho tiempo, para viajar, amar, pasear. Pero si valoraran lo que él había hecho, si sólo lo valoraran…
Se horrorizó al pensar que un día él tendría hijos. Y sería muy bonito, sí, pero se imaginaba pensando: Ahora tengo un hijo de ocho meses. No tengo tiempo. Hasta que mi hijo no cumpla los veinte años y haga lo mismo que hice yo, no volveré a tener tiempo de verdad.
Y sobretodo casarse. Querer a una persona durante años y años. Recordó nuevamente a sus padres. Se querían mucho, sí, pero básicamente su amor consistía muchas veces en aguantarse mutuamente, en soportar con extraordinario agrado los defectos del otro. Se vio incapaz de vislumbrar la posibilidad de imitar a sus padres en el futuro. Jamás podría convivir, como pareja, con la vida desordenada de de su padre, o con el carácter casi imposible de su madre.
En esto pensaba cuando finalmente se durmió. Se había acostado a la una, pero todo había consistido en dar vueltas a la almohada hasta las dos y media. Lo cual es un coñazo, pero viene bien porque le recuerda a uno que tiene preocupaciones, que hay cosas pendientes que impiden dormir con naturalidad, cuando a uno le plazca. Y sin cosas pendientes no se puede vivir.
Se despertó como nuevo. Sabía que tenía que levantarse temprano pero en ese momento no se acordaba de para qué. Y entonces todo empezó a fluir: tenía que matricularse en el quinto curso de carrera, recoger el resguardo para el carnet de conducir, devolver dinero que su hermano le había prestado en una situación de bochornosa emergencia, y quince o dieciseis cosas más. Al final del día, sólo habría resuelto la mitad de los quehaceres, y otra vez vendrían las vueltas a la almohada, el tormento por no haber acabado con todo.
Una hora después estaba en el tren. Se equivocó, y había cogido el que no era. Tardaría quince minutos más en llegar a su destino. No había mucho problema. Se había llevado After Dark, de Haruki Murakami, para leerlo un rato. No podía leer más de dos líneas sin levantar la cabeza y contemplar el paisaje. Estos descampados son deprimentes, pensó, pero me encantan.
Descubrió que a su lado se había sentado una chica que llevaba una falda a pesar del frío. Le costó dos o tres minutos atreverse a mirar a su izquierda para mirarla directamente. Era muy guapa, pero tenía unas gafas horrorosas. Por supuesto, fingió falta de interés. Él puso un brazo sobre otro, y apoyó su mano derecha en la barbilla. Hizo ese gesto para gustarla, porque todo el mundo le había dicho que quedaba muy intelectual. La chica no disimulaba su atención, pero él se hizo el duro, aparentando que estaba muy concentrado en la lectura. Algo que, mira por dónde, era cierto.
Se bajó del tren, y anduvo varios minutos. Lo único que le llamó la atención fue un mendigo saltando para coger un limón de un árbol. Luego, un paquete de patatas fritas de McDonald’s a medio terminar. Le pareció increíble que ese mismo paquete se lo hubieran servido a él decenas de veces. Y él se las hubiera comido con ansia, saboreándolas. Allí mismo, tiradas en la calle, y con el ketchup repartido arbitrariamente, le parecieron de lo más asqueroso.
Los hay guapos y los hay feos. Él sabía que no era feo. Tampoco era muy guapo. Es decir, no era de esos que entran en una discoteca y causan furor, o que andan por las mesas de una biblioteca y las chicas miran con discrección pero con intensidad. Él pertenecía a un tercer grupo: los que no son ni guapos, ni feos, pero llaman la atención. El curioso caso del atractivo-a-primera-vista-no-basado-íntegramente-en-el-físico. Podría ser la mirada, o los andares, o la forma de moverse. Pero había algo por lo que él podía decir sin problemas que no tenía problemas para ligar.
¿Qué quería? ¿Qué buscaba? ¿Por qué alguien cómo él tenía que darle vueltas a la almohada? ¿No dependía de él lograr lo que necesitaba? Él era todo lo que tres o cuatro años atrás había soñado. Incluso había conseguido cosas que estaban por encima de sus expectativas de cuando era adolescente. Había tenido mucho miedo de no llegar a donde ya había llegado.
Lo mejor era pasar de todo y de todos. Muchos se lo preguntaban, pero pocos se interesaban de verdad por saber cómo le iba, o si necesitaba algo. Y él veía a los demás con desdén y todo eran problemas y preocupaciones.
Relatividad. La música que yo escucho es mejor. Mi equipo de fútbol es mejor. No, yo me tiro a más tías. Yo tengo razón. Deberíais aprender de mí. Sigue mi consejo. Escúchame. He sacado un sobresaliente en un examen. Déjame en paz. Eres un inculto. No te rías de mí. Pero ¿quién te crees que eres? No te piques. Esta película es un truño. Pues a mí me gusta. No te vas a creer lo que ha dicho de tí Fulanito. Le gustas a Fulanita. Ya lo sé. Me he dado cuenta. Hombre, cuánto tiempo. Oye, estás perdido. Ya nos vemos si eso. ¿Cómo estás? Nada. Aquí. He sacado un 4. No me ha querido aprobar. Vengo cansadísimo. Ayer no paré de trabajar. Ah, pues yo el otro día me compré un portátil. Y nos tomamos un café. O mejor una coca-cola. Ayer conocí a una tía. No sé qué hacer. Paso de ti. Explícame esta asignatura. Te llamo este fin de semana. Recuérdamelo. Tú qué sabrás.
Basura. Basura todo. Él optaba por reírse. Hacía no demasiado tiempo que se había planteado subir al edificio más alto de la ciudad y tirarse. Ya estaba curado. Ahora no se deprimía al ver lo predecible y lo aburrido del mundo. Se reía. Y punto.