Mi última intervención en la sección ‘De buena tinta’, del programa ‘La alternativa’ de Cope Catalunya.
Y hasta más ver, chatas.
Todas las demás, aquí.
Mi última intervención en la sección ‘De buena tinta’, del programa ‘La alternativa’ de Cope Catalunya.
Y hasta más ver, chatas.
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Ahí me teneis, sonriendo como un imbécil al oír en Radio Clásica el tema ‘Marte‘ del genial Gustav Holst. No me entendais mal. He oído el álbum ‘The Planets’ de Holst unas once o doce veces, mínimo. Pero oírlo en la radio es diferente. Significa que alguien más valora esa misma canción que tú, a escondidas y sin alardearlo mucho, has escuchado con un placer que demuestra que, desde luego, son las mismas hormonas las involucradas en la excitación sexual que en el éxtasis musical, ese que obliga a cerrar los ojos con fuerza, apretar los dientes, tener la carne de gallina a partir de un sólido escalofrío. Oír en la radio una canción que te gusta y que, para colmo, es “poco sonada”, te hace sentir menos solo.
Citando a Truman Capote (lo citaría todo de él, qué tío), ‘Otras voces, otros ámbitos’ fue su primera novela, los cimientos imperfectos de lo que le llevaría al cinismo de ‘Desayuno en Tiffany’s’ o la crudeza de ‘A Sangre Fría’. Eso es mi vida ahora. Otras voces, otros ámbitos. Cambio. Mi vida va a cambiar tanto en los próximos meses que apenas me lo creo todavía.
He abandonado, tras once meses, mi colaboración en WSL, la red de blogs líder en castellano. Cuánto he aprendido allí, madre mía. Entré siendo un pollito y salgo siendo un hombre. La única forma de clasificar a la gente que he conocido en WSL es dividiéndola en dos: las personas con las que he aprendido a escribir mejor, y las personas con las que he aprendido a ser mejor compañero, mejor persona. Cada uno de ellos sabe, si leyera el presente texto, en qué saco tiene que incluirse. Ha sido una decisión muy meditada, en la que ha influido, no lo voy a negar, la aparición de nuevas oportunidades, de nuevos pasos adelante.
La ilusión.
Soy un culo inquieto. Me río ante quienes pudieran pensar que soy mínimamente vago, porque eso quiere decir que no me conocen. No soy capaz de observar y “vivir” sin emprender mentalmente nuevos proyectos. Sin esa filosofía, no podría hacer lo que hoy en día hago: una serie de cinco o seis actividades que me exigen, cada una, dedicación plena en su justo momento durante horas, días, semanas, meses. Y sí. Duermo.
Sería brutalmente deshonesto si no reconociera que estoy (perdón la falta de clase) realmente acojonado. Muchos cambios. Para bien. Pero cambios. Al fin y al cabo. Y no sé por qué, la película ‘Orgullo y Prejuicio’, estremecedora versión cinematográfica de la novela de Jane Austen, me está ayudando en este periodo de transición socio-popular-emocional-económica. Joe Wright es un verdadero esteta, un estandarte de la sensibilidad en el séptimo arte. Me encanta todo en ‘Orgullo y prejuicio’. Me encanta Donald Sutherland. Me encantan los paisajes. Me encanta Dario Marianelli. Y claro, me encanta ella. Uno de mis sueños es Elizabeth Bennett diciéndome your hands are cold.
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Yo no mido el tiempo en horas. Lo mido en Amaroks. Cuando estoy en una situación especialmente adversa, me pregunto qué haría Chuck Norris (que por cierto se llama Carlos) que, sin expresar ninguna señal de conmoción o hastío, siempre sale impune y resuelve lo que tiene entre manos. A su manera, claro.
En ‘McQuade, el lobo solitario’, el antagonista a la sazón de Chuck, el siempre simpático David Carradine (kung-fuero y hermano gemelo secreto de Paco de Lucía), mata a su perro, a su mejor amigo, destroza su tranquila casa en el campo, mata a su novia, Barbara Carrera, que por cierto está como un tren. Y él ni se inmuta. Vence a Carradine y a sus 1578 secuaces y rehace su vida. Diez años después de los sucesos de ‘McQuade’, Chuck recordará todo aquello como una anécdota y hasta se reíra con sus amigos cerveza en mano.
Si todo fuera tan fácil como en ‘McQuade, el lobo solitario’, mis problemas me parecerían nimiedades (de hecho, algunos ya me lo parecen). A esto venía lo de medir el tiempo en Amaroks. El tiempo últimamente se me esfuma. Se me esfuma desde siempre, vamos a dejarnos de chorradas. Recuerdo un día, en la playa, diciéndole a mi madre: “El presente no existe. Algún día este momento será muy lejano en el tiempo”. De eso hace ya catorce años. Duermo muy poco. Casi me parece una pérdida de tiempo. Pero hay que hacerlo. Con todo lo que llevo por delante, Dios bendito.
Y cuando duermo, me da por sacar el lado más idiota de mi subconsciente. Algún filósofo-psicoanalista-existencialista-amargado-pedante lo llamaría el área débil, diría que se encuentra al lado del hipotálamo y que es una anomalía con la que nacemos y morimos y nos impide ser amos del universo antes de cumplir los 30. El área débil (o weakest area, para los puristas) es el causante de que nos enamoremos de la persona equivocada, de que miremos el papel higiénico después de limpiarnos, de que vayamos a cenas con viejos amigos que en realidad no nos importan un pimiento, y de cien mil cosas más. Mi área débil me ha provocado hoy un turbulento sueño por el cual yo intento reconquistar a la dueña y señora de mi adolescencia, y ésta me rechaza vilmente. Conclusión: me despierto cabreado. Y ahora viene cuando tengo que hacer mil cosas a pleno rendimiento, leer infumables libros en inglés sobre el Beta Testing, un aún más infumable escrito sobre Algoritmos Culturales, repasar mi trabajo-examen de Ingeniería de Organización, y cumplimentar un formulario que me llevará hasta el infinito y más allá pero que ahora sólo me ahoga en el vacío mundillo de la burocracia. Y ella me ha rechazado. No en la realidad, pero sí en sueños. Puñetero área débil.
Medir el tiempo en Amaroks tiene sus ventajas. Te propones hacer algo tedioso, y cuando vas por África, seguramente ya lo has terminado o ya lo tienes al menos encarrilado. Un amarok son 60 minutos y 2 segundos de música maravillosa. Probablemente es el disco que me llevaría a una isla desierta por su completitud. Ahora me ayuda en mi lucha con el tiempo.
Y el Evento Blog. Voy (con muchas limitaciones) y me encuentro con un mundillo en el que soy alguien. Gente que no conozco de nada me para y me dice: “Tú eres Luisfer, ¿no?” O alguien me presenta a otra persona, y esa otra persona asiente diciendo: “Ah, Luisfer, claro”. ¿Fama? Yo que sé. Una buena experiencia, sin duda, en la que además he escuchado al crack de Casciari. Me traigo gente nueva, amigos nuevos, propuestas de futuro y propuestas del pasado. Me traigo followers en el Twitter, claro.
Mi vida va a cambiar bastante de aquí a poco. Hay una serie de acontecimientos inminentes que lo verifican. Mientras tanto, seguiré midiendo el tiempo en Amaroks. Seguiré luchando y viviendo con intensidad.
África, minutos 45-51 de Amarok. Sondelá, faso, faso, sondelá.
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Del 24 de octubre al 1 de noviembre he estado en la ciudad de Valladolid, cubriendo la Semana Internacional de Cine, en la que ha sido su 53ª edición.
Ya he dicho alguna vez que toda la familia de mi padre es de allí, así que la experiencia no era sólo por disfrutar del cine y ver buenas películas, sino por reencontrarme con la que es una rama de mi familia que he visto en contadísimas ocasiones.
En la Seminci ha habido ramalazos de desorganización, nervios, prisas, pero personalmente, pese a todo, he quedado encantado con el festival. Ver tres o cuatro películas al día y no cansarte demasiado de ello es buena señal.
Mi acreditación. Mi acreditación, colgada permanentemente al cuello, me elevaba a un estátus de semidiós. Podía comer en los mejores restaurantes de la ciudad sin pagar (gracias a unos generosos bonos que me dieron), y almorzando y cenando como un señor, con mi tarta de queso y mi café cortado de postre. Podía entrar en el fastuoso teatro Calderón en las primeras filas, pudiendo elegir asiento y sin esperar largas colas. Podía ir a la proyección especial de ‘Metrópolis‘ con orquesta en directo, en cuarta fila, a escasos metros de la propia orquesta. Podía tener acceso a la sala de prensa del teatro Calderón, donde podía tomarme una coca-cola y unas butter cookies mientras escribía artículos sobre las películas que iba viendo, gracias a que nos daban ordenadores con Internet. El paraíso. Me traigo la experiencia ya comentada de ‘Metrópolis’, y buenas películas como ‘Adoration’, ‘Los cerezos en flor’, ‘Estómago’, ‘Desierto Adentro’ o ‘Animales de Compañía’. Me traigo conversaciones con los periodistas Carlos Pumares, Lluis Bonet o Antonio Sempere. Me traigo comidas y cenas con mis familiares, a los que apenas conocía y a los que aún hoy apenas conozco.
Hablemos de Valladolid. En Valladolid no hay Starbucks. No hay apenas McDonald’s. Ni Telepizza. Ni Burger King. Se cuentan con los dedos de una mano. Hay bares y cafeterías, pero pocos. Hay que buscarlos. Hace un frío con el que uno se plantea hasta qué punto el clima puede influir en la cotidianeidad. Valladolid es gris, por la ausencia de árboles; el asfalto tiene el mismo color que el cielo.
A propósito: las mujeres en Valladolid son impresionantes. Saben cómo vestirse y arreglarse; saben cuidarse. En Sevilla también tenemos mucho nivel y mujeres guapas, pero allí hay mucha más… clase. En Valladolid las chicas visten todos los días como aquí sólo se visten el Domingo de Ramos y los viernes por la noche.
Valladolid es pequeña. Una distancia de veinte minutos andando les parece un mundo. Yo estoy a doce o trece minutos andando de mi facultad, y considero que estoy “al lado”. Es inútil tener coche en Valladolid. Me monto en un taxi, voy a la otra punta de la ciudad y me cuesta 4,20 euros. Increíble. He estado en otro mundo. Es el mismo país, hablamos el mismo idioma, pero a mí me da la sensación de haber viajado al extranjero. ¿Es que todavía soy capaz de sorprenderme cuando salgo de mi ciudad? ¿No he aprendido ya suficiente? Se ve que no. Voy por la calle Santiago, o por el Campo Grande y miro todo embobado. Realmente he alucinado mientras estaba allí.
Y el AVE da asco. Vengo con seis o siete auriculares, sí, pero para ir de Sevilla a Valladolid he tenido que hacer escala en Madrid. Una escala sólo apta para Jack Bauer, Jason Bourne o James Bond. En cuestión de treinta y cinco minutos tenía que bajarme en Atocha para llegar a Chamartín, y viceversa a la vuelta. Para colmo, he aprendido que una maleta con ruedas es indispensable para estas ocasiones. Volví a Sevilla y me quité corriendo el abrigo y la bufanda, que tan inseparables fueron en Pucela.
Ah. Por cierto. Mis familiares son maravillosos. Y a mi tío José le encantan las películas de Steven Seagal. Ya todo tiene sentido.
Mis artículos de la Seminci aquí.
Imagen de Maymonides.
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