Archivo mensual: enero 2009

Pesadillas elementales

Está chunga la cosa

Está chunga la cosa

Tal y como va el presente blog, uno ya no sabe de qué va a hablar Luisfer en el siguiente post (sí, vuelvo a hablar en tercera persona, porque me da la gana). Lo cierto es que Luisfer está un poco harto de visitantes que creen en el horóscopo, que no tienen ni idea de leer entre líneas un texto. Pero se compadece del lector medio, que ha visto cómo, en dos años, ha habido un plantón de dos meses sin causa conocida, y una diversidad de temas de lo más pintoresco. He pensado en algo radical para atajar esta incertidumbre. Algo que le va a encantar a todo aquel que siga este blog con mínimo interés y asiduidad. Y como diría el del bigote, ‘estamous trabahandou en ellou‘.

Resulta que hoy voy a hablar de Sherlock Holmes. El personaje de Arthur Conan Doyle del que se están haciendo, en el momento que escribo esto, dos adaptaciones al cine. Una por parte del pirado que soportó a Madonna, con Iron Man de protagonista. Otra que surge de la mente del que creó ‘Supersalidos’, con Borat. Ustedes mismos.

Yo leía a Sherlock Holmes antes de lo que ustedes se creen. En la estantería estaban tres libracos de Orbis, esa gloria de los libros por fascículos. Los títulos eran: Obras completas (I), Obras completas (II) y Obras Completas (III). Me los leí a la inverosímil edad de 10 años. ¿Y cómo pudo?, es la pregunta. Empecé con los relatos, que eran “cortitos”, y no tenía consciencia de lo que estaba leyendo. Era un niño con gafas grandes que leía cosas de adultos. Sexo, incesto, violencia, crimen premeditado, palizas, ira, remordimiento, ironía, sexo, ironía, por este orden.

Pero lo que realmente me impactó fue la película, claro, que es lo que a un niño le entra más fácilmente por los ojos. Estoy hablando de ‘El secreto de la pirámide‘ o ‘Sherlock Holmes y el Secreto de la Pirámide’ o ‘Las aventuras del joven Sherlock Holmes’, cada uno lo conoce de una manera.

Es una película del mediocre Barry Levinson y con actores totalmente desconocidos, excepto Anthony Higgins que es el malo maloso de turno. ¿De qué va? A modo de precuela, Sherlock Holmes es un estudiante cursilón e insoportable, con el pelo rizado y nariz grande, y Watson, gordito y simplón, anda siempre pegadito a él, se refugia en el popular Sherlock para no sufrir bullying. Como el aspirante a detective tiene sangre en las venas, se fija en Elizabeth, la que está más buena del lugar, para entendernos.

A todo esto, que unos encapuchados (templarios, que diría Dan Brown) hacen estragos con una cerbatana que lanza flechitas con veneno y hace sufrir horrorosas alucinaciones a los que reciben dicha flechita.

La vi con mis dos hermanos (entonces sólo habían nacido 2 de 4). También estaba mi madre y mis abuelos. Nos tapamos los ojos mil veces, y nos íbamos del salón con cualquier excusa. Me encantan las excusas que ponen los niños para no fijar la mirada hacia la tele y no admitir que tienen miedo a lo que están viendo. En mi caso, tenía que ir al cuarto de baño, y eso me evitó ver el nudo de la película (claro, claro).

Los efectos especiales me impresionaron. Hombre, era el año 1994 y el film era de 1987. Y aún no había visto ‘Jurassic Park’. Supongo que entonces eso me pareció el acabóse. Las secuencias en las que se mostraban las alucinaciones, especialmente extensas, me dieron pesadillas durante días. Y sólo pensé, qué huevos le echa Sherlock Holmes. ¿Cómo puede seguir avanzando en la investigación, con lo que se está cociendo? Bueno, realmente no pensé eso. Tenía 7 años. Pensé: ¿por qué no tiene miedo?

Sherlock Holmes me dio una lección sobre el miedo. No sólo no se rajaba, sino que terminó liquidando al malo y reafirmándose en su condición de joven detective. Y esa película fue mítica, para mí y para mis hermanos, porque representó durante un tiempo el tema estrella de mis pesadillas. ¿Alucinaciones que te invitan a suicidarte? Dios mío de mi vida.

Otro crack de mis pesadillas de toda mi vida era Rascar Capac. Pero eso es otra historia.

Les dejo una de las escenas que no vi en su momento, porque tenía que ir urgentemente/casualmente al cuarto de baño, ante las risas de mi madre y de mis abuelos. Mis hermanos sí tuvieron huevos de quedarse a verla. Maravillosa música de Bruce Broughton, claramente inspirada en ‘Carmina Burana’.

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Spotify, un hito en la música por Internet

Este momento ha llegado. Algunos llevábamos años esperándolo.

Es Spotify, aquello de lo que todo el mundo está hablando. Sobretodo en Twitter.

Seré breve.

Spotify permite:

  • Oír canciones de tus artistas preferidos, y hacer playlists por género, artista, álbum o lo que te venga en gana.
  • Oír las canciones en el orden que prefieras, pudiendo retroceder y avanzar a gusto en una misma pista.

Virtudes de Spotify sobre otros servicios similares (como Last.fm o Blip.fm):

  • El servicio de radio es sólo opcional. Puedes escuchar lo que quieras en cualquier momento, sin tener que pasar por artistas supuestamente parecidos a aquel que tanto te chifla.
  • Convierte las canciones y las playlists personalizadas en URLs, para ser abiertas por cualquier usuario de Spotify.
  • La velocidad a la que se reproducen es casi milagrosa. Es difícil de creer que las canciones se descarguen de Internet antes de ser escuchadas.
  • Su buscador, y su consecuente lista de resultados, que permite ordenar por título, álbum, artista, popularidad.

Defectos:

  • Que no apueste demasiado por artistas no tan conocidos. Busqué el estupendo grupo nórdico Majorstuen, y lo que me encontré fue con: “Did you mean majorettes?”
  • Algunos artistas están totalmente vetados por este servicio. En el momento en que escribo esto, me ha sido imposible encontrar nada de Peter Gabriel o de Pink Floyd.

Estudiantes en exámenes, seres encerrados en oficinas, Spotify es para vosotros. Ha llegado ese momento en el que no hace falta bajarse la música para ser escuchada una y otra vez, a nuestro antojo.

Y por eso regalo las 7 invitaciones que me quedan a los 7 primeros comentarios de este post.

Ejemplos: el tema ‘Opus 4‘ de Art of Noise, o una lista personalizada con las mejores canciones de mi adorada Kate Bush.

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Don Miki: precisamente ese pedacito de mi infancia

Don Miki

Tengo unos recuerdos buenísimos de los años 1990, 1991, 1992. Por aquel entonces era un niño con gafas de culo de vaso que se aburría en el colegio, que veía ópera en la tele por voluntad propia y que tenía un carácter difícil (ya entonces, sí). Mis padres aguantaban carros y carretas (joer, qué expresión tan típica), pero me mimaban. Tela.

Crecí entre libros de Tintín, mi padre me los compraba los viernes por la noche. Como un reloj. El último que quedaba era ‘El Cetro de Ottokar’. Y de regalo, ‘Barcelona ’92′ de Mortadelo y Filemón. Porque sí. Y una cinta de cassette con ‘Crises’ de Mike Oldfield. Y un CD de ‘Tubular Bells 2′. Y la Mega Drive.

En el piso de Matalascañas, me acuerdo de una vez que mi cumpleaños fue celebrado por todo lo alto. Vino todo quisqui. Aquello parecía un evento de escala nacional. Regalos, carteles, globos, una batería de juguete. Y yo, claro, era ese niño repelente, desagradecido que se había acostumbrado muy pronto a la buena vida y que lloraba desconsoladamente cada vez que perdía a algo.

En fin.

Las cosas.

En medio de ese meollo, aparecieron. Eran unas revistas usadas, con páginas amarillentas, y un diseño que ya entonces era bastante anticuado. Se llamaban Don Miki. Lo que traían, ni más ni menos, eran unos cómics con los míticos personajes de Disney a todo color. Sí, Miki es Mickey pero con un nombre más nuestro, claro.

Las revistas se dividían básicamente en la combinación de algunas de éstas alternativas:

a) Thriller con Miki y Goofy de protagonistas. Normalmente el antagonista es Pete Patapalo o un engendro llamado Mancha Negra.

b) Aventurilla de los Jóvenes Castores

c) Historia del Tío Gilito con Donald y los sobrinos, siempre  con Rockerduck y/o Mágica y/o Los Golfos Apandadores dando por saco

d) Shelok Home (parodia del personaje de Conan Doyle) con Miki como Dr. Watson

e) Donald peleándose con Chip y Chop, ganando los de siempre

Por supuesto, rodeados de otros personajillos de su “universo”, como Patoso, Narciso Bello, Minnie, Daisy, Ungenio Tarconi, Clarabella y Horacio, Pluto y demás especies.

No sé de dónde salieron esas revistas. Pero aparecieron. Y con ellas, una ingente cantidad de horas en las que me pasaba disfrutando de esas historias. Porque créanme: los argumentos, en muchas ocasiones, eran LA LECHE.

Mi padre me fomentó especialmente este tipo de lectura, porque él había sido aficionado a ‘Dumbo’, unos tomos parecidos pero más antiguos, que en su momento costaban 40 pesetas y que ahora son carne de eBay.

Como decía. Los argumentos estaban algunas veces inspiradísimos. Pongo un ejemplo. Tío Gilito se da cuenta de que su cansino rival, Rockerduck, está construyendo un barrio residencial con aparentemente muy pocos recursos. Un día va a investigar las obras del nuevo Patoburgo, y no se vuelve a saber de él, con la consecuente preocupación de sus sobrinos. Sobretodo porque, con la desaparición, coincide que Rockerduck, en un homenaje hipócrita, ha levantado una estatua de su rival. Por otro lado, empieza a escasear el papel y cartón en toda la ciudad. Resulta que Rockerduck había robado un invento desechado por Ungenio Tarconi, que convertía toda materia en piedra. Y se había cargado a Tío Gilito convirtiéndolo en lo que ahora era esa estatua.

Ciencia-ficción, thriller y especulación inmobiliaria. Todo junto. Toma ya.

Ya les digo. Don Miki (y todos sus sucedáneos posteriores, como por ejemplo los míticos Super Disney de la editorial Primavera) tenía unas historias realmente inspiradoras. No exagero si digo que parte de mi pasión por escribir ha venido gracias a estos protagonistas imposibles de historias humanas. He visto de todo. Desde parodias de ‘El Señor de los Anillos’, ‘El Padrino’, ‘El tiempo en sus manos’ o ‘Todos los hombres del Presidente’, a verdaderos recitales que evocan a Agatha Christie o Erle Stanley Gardner. Porque Don Miki, a pesar de dirigirse a un público infantil, no renunciaba a nada. Ni siquiera a reinvenciones de la mitología griega, la ciencia-ficción más inaccesible tipo Lem o Clarke, o hasta el terror. Sí. El terror. Había algunos cómics, que a ver qué niño de 8 años tenía valor para leerlos a la 1 de la mañana en su habitación.

Ahora, gracias a Internet, abundan los CBR o CBZ que me permiten seguir creyendo que Tío Gilito es el más rico del mundo, y Miki un intrépido detective. En mi época como editor en ZonaFandom, me enteré que han vuelto a reeditar algunas historias. También de Patomas, que no es ni más ni menos que Batman convertido en El Caballlero Oscuro.

Ahora tengo que darle las gracias a Internet. Pero sobretodo, gracias a mi padre. Mi infancia, en buena parte, se encuentra en unas viñetas de una revista editada entre los 70 y los 80.

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Mis “películas que no gustan a casi nadie” favoritas

O en inglés, que siempre queda más cool, ‘Films that nobody likes but I do‘. Todo el mundo tiene secretos inconfesables. Los hay que todavía compran cromos de Colecciones Este a escondidas, escucha Camela con auriculares, o le gusta de verdad ‘El Código da Vinci’ de Dan Brown, digan lo que digan los demás, como cantó Raphael.

Dentro de mi experiencia en la crítica de cine, hay películas que no siguen el filtro lógico que me ha llevado a catalogar películas según mi preferencia artística y sus virtudes técnicas durante tanto tiempo. Son esos considerados bodrios por la plebe, que sin embargo un servidor ve con sumo interés si los emiten por TV o se presenta la ocasión de verlos, sin nada mejor que hacer.

Patrick Bateman al ritmo de Phil Collins

Patrick Bateman al ritmo de Phil Collins

‘American Psycho’

La adaptación al cine de la celebérrima novela de Bret Easton Ellis es considerada, por unanimidad, un bodriete. Me siento muy solo cuando digo que me gusta esta delirante mezcla entre thriller y comedia, tan depravada y pretendidamente crítica que dicen que hace agua por todos lados. A mí me parece una de las mejores interpretaciones de Christian Bale (insuperable Patrick Bateman), y su reflexión sobre Genesis está perfectamente resumida respecto del libro. Por cierto, que yo de Genesis pienso justamente lo contrario que Bateman. Es una de esas películas en las que al final todo queda en “¿fue real?”, pero aún así me encanta y tiene momentos memorables, como el de las tarjetas de visita, que es una alegoría de la competitividad, la vaciedad y la envidia.

Esos repugnantes insectos merecen morir. Y sufrir.

Esos repugnantes insectos merecen morir. Y sufrir.

Starship Troopers

La odié al principio. La volví a ver el año pasado, y la adoré. Admiro a Paul Verhoeven por haber adaptado con tanta brillantez y mala leche la conocida novela de Robert Heinlein. ‘Starship Troopers’ es, por mucho que se la critique, una clarísima sátira que desmenuza el espíritu imperialista de los EEUU. Cachondeíto omnipresente, exceso por los cuatro costados, visualmente fascinante. Fascismo hiperbólico, entretenimiento asegurado.

Yo seré nominado al Oscar, aunque no os lo creais

Yo seré nominado al Oscar, aunque no os lo creais

‘Mentiroso Compulsivo’

Una de las pocas películas que, aun habiéndola visto más de diez veces, siempre me hace reír con la misma intensidad. Las impresionantes muecas de un inspiradísimo Jim Carrey son más que adecuadas para la historia que se cuenta, cursilona e ingenua. Tom Shadyac dirigió una sucesión de sketches cohesionada sobre un abogado que no puede mentir. Oigan, que busco ahora mismo en Youtube una escena suelta y me río igual. Llama a su jefe caraculo en plena reunión, intenta proclamar que su bolígrafo es de un color diferente al real, pretende engañar a la abogada rival en el juicio… Jim Carrey es la sobreactuación personificada. Y me encanta.

Ted Pikul a punto de meter un dientazo

Ted Pikul a punto de meter un dientazo

ExistenZ

Una de las películas más denostadas del gran David Cronenberg está, sin embargo, entre esas que vería en cualquier momento en cualquier lugar. Una reflexión sobre la realidad virtual inconmensurable. Jude Law. Un final que tiene un par de narices. Ian Holm. Willem Dafoe. Las pistolas de huesos. Ver ‘Existenz’ no es estar frente a una pantalla viendo cine. Es viajar. Sabe Dios a dónde.

"George. George. George de la Jungla!"

Es inevitable: "George. George. George de la Jungla!"

George de la Jungla

Era la primera vez en mi vida que fui al cine “sin padres”, con todos mis amigos del colegio. Y nos partimos de risa. Y luego fuimos al McDonalds, invitados por los padres del que celebraba el cumpleaños. Y Brendan Fraser. Ah. Y tenía 11 años. No necesito más justificaciones.

Con Ang Lee soy menos importante que Bruce Banner

Con Ang Lee soy menos importante que Bruce Banner

Hulk

Debo ser una de las poquísimas personas del planeta a las que les gusta más la versión de Ang Lee con Eric Bana como Bruce Banner que la de Louis Leterrier. Dos horas que no se me hacen pesadas, ni aburridas, ni cansinas, ni ninguna de esas cosas que tanto han despotricado contra esta película. Me gusta Nick Nolte. Me gusta Jennifer Connelly. Me gusta la estética y el montaje. Me gusta Josh Charles. Incluso me gusta la historia.

Se... se me... se me fue... la cabeza...

Se... se me... se me fue... la cabeza...

Las dos caras de la verdad

Argumento de telefilme, puede ser. Tópicos como el del cura pedófilo resaltan como claros defectos de un film noir trepidante, con un insulso Richard Gere pero con un inmejorable Edward Norton. Imposible no recordar ese aplauso agónico. Y por cierto, temazo de Dulce Pontes.

Bueno, vamos al pueblo ya a lo que le interesa al espectador...

Bueno, vamos al pueblo ya a lo que le interesa al espectador...

Open Range

Western menor, según la crítica y el público. A mí me encanta ver el glorioso tiroteo final, con unos balazos nunca vistos y Michael Gambon acorralado. Me da igual que casi nadie la valore; yo la disfruto igual. Y sí, es de Kevin Costner.

Imposible no inspirarse con lo que Joshua Jackson tiene enfrente

Imposible no inspirarse con lo que Joshua Jackson tiene enfrente

En un rincón de la toscana

Me la recomendó un lector de este blog, como aspirante a escritor que era/soy, y me hizo pasar un grandísimo rato. Historia probablemente simplona, con un Joshua Jackson anodino y Harvey Keitel sobreactuado (Claire Forlani preciosa, claro).

Su turno, señoras y señores. ¿Cuáles son sus “bodrios” favoritos?

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‘Gallipoli’ o la película que me movió a escribir sobre cine

gallipoli

Año 2000. Voy con mis padres y mis hermanos al conocido parque del Alamillo. Ya se sabe. Ponte tú de portero. Mamá, tengo hambre. Bocadillos de tortilla. Coca-Colas en botellas de 50 cl. La colcha vieja que sirve de mantel. Mario estate quieto con el balón.

Mira por dónde, ese día había una sesión de cine de verano. Un empleado de allí nos comentó que proyectaban ‘El mundo nunca es suficiente’, que en ese momento era el último grito bondiano. No la había visto; mi padre tampoco. Como ambos somos fanáticos de 007, arrastramos al resto a verla. Sin contemplaciones.

Llegamos al lugar. Dos hombres hablando en el desierto. Aquello no es James Bond.

Me decepciono inmediatamente. La película es vieja, con doblaje viejo, fotografía vieja y diálogos viejos. Lo que prometía ser un rato divertido, con Pierce Brosnan corriendo y matando sin despeinarse, resulta que se convierte en un tostón inesperado.

Espera.

La película me está gustando.

Sólo reconozco a un jovencísimo Mel Gibson. Resulta que él y un amigo son atletas y se han inscrito en la guerra, de manera que están en Egipto, preparados para luchar contra los turcos.

Me está gustando más.

Humor y drama se mezclan, preciosa dirección, poesía. La tragedia se ve venir. Música de Albinoni y de Jean-Michel Jarre.

Últimos 10 minutos apoteósicos. Y aún no sé cómo se llama la película.

Termina.

Lloro.

Pregunto a mis padres, también emocionados (aunque menos), cómo se llama la maravilla que acabamos de ver. Mi padre cree que es una que vio de joven, que se llama ‘Gallipoli‘.

No pienso en otra cosa en el viaje de vuelta.

Cuando volvemos a casa, a eso de la 1 de la mañana, no me conformo con pensar sobre la película. Voy a la enciclopedia, y confirmo que es una película australiana de 1981 llamada ‘Gallipoli’. Enciendo el ordenador, y empiezo a escribir:

“Gallipoli *****

Dir: Peter Weir. Intérpretes: Mark Lee y Mel Gibson.

Maravilloso drama que combina la amistad y la guerra, haciendo ver lo horrorosa y absurda que es ésta”.

Me encanta, sobretodo, que pudiera/quisiera resumir todo en una frase, sin mencionar por ejemplo: la relación homosexual subterránea que puede considerarse incluso precursora de ‘Brokeback Mountain’; la inclusión de frases antológicas como: “Te veré cuando te vea”, “¿Qué son tus piernas? Muelles de acero…”; la excelente adaptación de ‘Oxygene’ de Jean Michel Jarre a las escenas de carrera, o la de Albinoni para evocar nuestros más profundos sentimientos; la fotografía de Russell Boyd, bellísima, que convierte al desierto en un paraíso luminoso; el excelente homenaje que se hace a ‘Senderos de Gloria’; la sobresaliente dirección de Peter Weir, que consigue que confundamos permanentemente épica con intimismo.

‘Gallipoli’ es el mejor ejemplo cinematográfico que he visto de que la guerra es un juego estratégico, en el que en lugar de sacrificar figuritas de plástico como en el Risk, son vidas humanas, con sus anhelos, sus sentimientos y su futuro incierto lo que va al garete sólo para descentrar al enemigo.

Los días posteriores, todavía anonadado por ‘Gallipoli’, que me pareció no ya una grandiosa película, sino toda una experiencia, pensé si yo quería seguir escribiendo sobre las películas que viera. Si debía expresar lo hondo que una película calaba en mí. Si necesitaba manifestar qué más podía ser una película además de un entretenimiento. Cómo el cine podía albergar mis recuerdos y complementar mi personalidad y mi visión de la vida.

Luego, a lo largo de los años, vinieron mis primeros escritos sobre cine, desperdigados por Internet, mi ya famosa puesta a parir a ‘Doce Monos’, la alabanza incondicional a ‘Gattaca’, que persiste aún, y más tarde mis habladurías en Cartelera10, Blogdecine y Radio Lucena.

A día de hoy, Peter Weir es uno de mis directores preferidos: además de ‘Gallipoli’; ‘Único testigo’, ‘El club de los poetas muertos’, ‘Matrimonio de conveniencia’, ‘El Show de Truman’ están entre mis películas favoritas.

Hoy, he vuelto a ver ‘Gallipoli’, ocho años después.

He vuelto a llorar.

Amo el cine.

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Mi calle

Son las tantas de la mañana. Sólo hay tres luces encendidas. La del flexo que impera mi escritorio, la de la farola que ilumina parte de mi calle, y la de la farmacia 24 horas. Sí. Farmacia 24 horas. Tiene narices. El otro día, estaba soñando quizás con un viaje a Tailandia, con Natalie Portman o con música de Sharon Shannon, y me despertó una voz (femenina) que gritaba: “Cari, cari, compra condones”. Para eso sirve una farmacia 24 horas. Tiene narices (bis).

Mi calle es conocida por doquier como “la calle de los condones”. Diría cuál es, pero comprenderán que tenga un poco de caquita desde que un individuo me escribiera un e-mail que decía:

“Hola Luisfer.

Te he buscado por Google, he visto dónde vives y me voy a encargar personalmente de que no vuelvas a escribir sobre cine”.

Ese correo vino a raíz de una indignada reseña que hice de ‘El Incidente’, una de las peores películas de 2008. Un “truño patatero”, palabras textuales de mi a la sazón vecino de butaca Jaimixx. En realidad, no fueron ésas exactamente las palabras, pero no las termino de poner en pie. La gente malinterpretó una alusión que hice a ‘Stalker’, una de mis 25 películas preferidas; me llamaron de todo menos cualquier cosa positiva.

Pensé incluso en denunciar ese correo a la policía, pero lo que hice fue borrarlo y dejarlo como una de esas anécdotas que resultan increíblemente graciosas cuando más de uno se ha tomado más de una copita.

A lo que iba.

Vivir en una calle, conocida como “la de los condones”, en la que el hospital (probablemente) más importante de Andalucía está a solo un paso de cebra, no es que tenga encanto. Porque no lo tiene. Me las podría dar de escritor que disfruta con todo lo que ve porque así tiene algo de lo que escribir, por lamentable que sea. Venga ya hombre. Mi calle, mi barrio en general, es un sitio del que espero escapar dentro de no mucho. Sí, me independicé y estoy encantado porque es una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. Ya lo he dicho mil veces. La facultad está a tres canciones de MP3 y mis compañeros de piso son muy buena gente. Pero yo he visto desde mi ventana a un gorrilla (también conocido como aparcacoches en particular; lacra en general) partirle una litrona a otro en la cara, luchando por cobrar un mismo aparcamiento. Y eso, da asco. Nos pongamos como nos pongamos.

De mi calle me gusta el zapatero que te deja como nuevos tus zapatos por 3 euros, aunque no sonría jamás. El frutero que te vende 2 kilos de mandarinas a 1 euro “porque sí”. El menú de uno de los bares a 6,30 euros y no puedes levantarte de la silla. El serranito de pollo de otro de los bares a 3,20 euros y dan ganas de comerse dos. La peluquera que me pone guapo y me pregunta cómo me va con las críticas de cine. Guille y Bárbara, el extraño matrimonio que lleva la tienda de alimentación, que siempre tienen un sarcasmo y un chistecito guardado. La fantástica pizzería que con solo una llamada de teléfono me pone por delante una enchilada, un aquarius de limón y patatas con ketchup no la cuento, porque técnicamente pertenece a la calle perpendicular.

Nada más.

No me gusta todo lo demás. Es decir. Que en la madrugada haya algún que otro drogadicto que te pide un sigarro si te ve. Luego están los aparcamientos. Si se hiciera un ránking de las calles con menos IDH en cuanto a aparcamiento, ésta se llevaba el #1 y no sólo a escala local. Son frecuentísimos los impacientes ciudadanos que usan el claxon de manera muy muy prolongada, para alertar al imbécil que les ha puesto el coche en doble fila para que ellos no puedan salir. Y claro, Luisfer, que ha salido un viernes hasta las tantas de la mañana, para mantener charlas intrascendentes con amigos intrascendentes, como todo joven no-jugador de World of Warcraft, no puede despertarse un sábado a la hora que quiera. Porque siempre habrá alguien que ponga su coche en doble fila a las 8, 9 o 10 de la mañana y el maravilloso sonido del claxon me despierte. Hasta Gandhi se despertaría de mal humor.

(Pero qué digo. Un sábado nunca puedo despertarme muy tarde. Siempre hay algo que hacer. Supongo que me quejaba por quejarme.)

No me gusta, tampoco, el desfile de celadores, enfermeros, médicos que, provenientes del hospital, buscan en mi calle un descafeinado de máquina y tostada entera de paté por la mañana. No me gusta porque veo que acaban de salir del hospital y entablan conversaciones que no tienen ningún interés, ninguna valía. ¿Esos serían los que me salvasen la vida si me pasase algo grave?

Lo que más gracia me hace de mi calle es que hay una librería. Ja, ja, ja. Una librería. Ja, ja, ja. Es que me parto, no puedo evitarlo. Me acuerdo que una vez entré, preguntando por algo de Isaac Asimov, y el dependiente no sabía a quién me refería. Salí. Y no he vuelto a entrar.

También hay un supermercado fake que regentan varios chinos. No entiendo por qué, pero hay 7 u 8 chinos clavados como estatuas para atenderte. ¿No basta con uno? No hablo por hablar. Vayan a un restaurante chino, a un bazar, a una tienda de imitaciones. Lo que quieran. ¿Por qué siempre hay excedencia de empleados de la República Popular? En medio de una era de excesiva corrección política, me abstendré de hacer algún tipo de comentario que un aburrido interpretará como racismo/generalización racista/nazismo/prejuicio gratuito/antichinismo.

Por último, una joyería que es más pequeña que mi habitación, en la que jamás he visto entrar a nadie. Desde fuera, veo a dos tipos aburridos que miran a la calle con la esperanza que algún cliente les libre de su aburrimiento. Pero eso no cambiará las cosas. Cuando vuelvan a su casa, él querrá ver el partido de la UEFA en La Sexta, y ella ‘Cuéntame como pasó’ en TVE1. Y luego a la cama. Y mañana a la joyería otra vez. Y eso no hay cliente que lo salve.

Mi calle.

Curiosa, sí.

Inspiradora, sí.

Viva, sí.

Bonita, no.

Buena para vivir, no.

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Imagen | Yomevistoporlospies

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Los mejores libros que he leído en 2008

Ay. No leo tanto como antes. Entre 2002 y 2003 devoré casi todos los libros interesantes que había por mi casa, y no miento si digo que el número de libros que leí por aquella época tiene 3 cifras. Este año, debido al trabajo y a que la carrera ya va contrarreloj, la realidad es otra.

Desearía haber cogido más el autobús, pues ha sido desde siempre mi principal medio de fomento de la lectura. Esos ratos muertos, donde la única alternativa es mirar la archiconocida o atender las irrelevantes conversaciones de los pasajeros, me han hecho pasar ratos increíbles frente a un libro. Sin embargo, este 2008 he podido disfrutar de joyas como las que vienen a continuación:

Nocilla 10.
‘Nocilla Experience’
Agustín Fernández Mallo
Fue un placer leer este libro. Más que una lectura, es una experiencia. ¿Un blog? ¿Una colección de relato? ¿Un ensayo novelado? Imposible saberlo. Lo mejor de todo es que poco después de leerlo, tuve la oportunidad de entrevistar a su autor, Agustín Fernández Mallo, que se mostró más cercano y dispuesto de lo que yo podía haber imaginado.
Mi reseña en Papel en Blanco
Mi entrevista a Agustín Fernández Mallo

 
 
Anton York Inmortal 9.
‘Anton York, Inmortal’
Eando Binder
Lo leí en las cinco horas de espera que sufrí para renovar el DNI. Una novela de ciencia-ficción corta, amable, juvenil y reflexiva. Anton York es un hombre que no muere, no necesita comer, ni respirar, gracias a un elixir mágico. Sin embargo, unos seres sobrenaturales, que le envidian, intentan neutralizarle manteniéndolo encerrado durante ¡miles de años!, para hacerle perder la cordura. Cosa que sí consiguen con un robot llamado Kaligor.
Hay que tener paciencia, porque los personajes son muy planos y el estilo muy mejorable, pero cuando viene Kaligor, la historia se hace maravillosa.
Me lo recomendó mi padre y es un libro casi imposible de encontrar. Lo compré en una feria del libro antiguo.
Mi reseña en ZonaFandom
 
 
Musgo 8.
‘Arde el musgo gris’
Thor Vilhjámsson
El libro más extraño con el que me he topado en años. Imposible explicarlo. Hay que leerlo. Y yo que creía que todo estaba inventado en la literatura…
Mi reseña en Papel en Blanco
 
 
 
 
 
 
 
 
Auster 7.
‘Un hombre en la oscuridad’
Paul Auster
Lo mejor que he leído del genio Auster desde su ‘Ciudad de Cristal’. Dos libros en uno, uno generado por la mente del otro. Owen Brick. Una especie de Estados Unidos apocalípticos, crisis existenciales y mucho contenido en pocas páginas. Algunos lo ven como un paso atrás del escritor de Brooklyn; yo no.
 
 
 
 
 
 
 
 
Chesil 6.
‘Chesil Beach’
Ian McEwan
Qué monstruo es Ian McEwan. Pasas varias páginas, te encandilas con su forma de escribir, redonda, y después de un rato de hipnosis literaria, te das cuenta de que la historia que te está contando no ha avanzado absolutamente nada. Que te ha cautivado con su estilo y ha aprovechado para contarte a ti, lector, reflexiones suyas que poco tienen que ver con la trama. Pero te encanta.
Mi reseña en Papel en Blanco
 
 
Kronen 5.
‘Historias del Kronen’
José Ángel Mañas
Qué error cometí. Pensé que este libro, finalista del Premio Nadal, estaba sobrevalorado. Sin haberlo leído. Prejuicio imperdonable. El Kronen, y un jovenzuelo Mañas (que escribió este alegato con 23 años) me pusieron en mi sitio. Una juventud perdida. Vacía. Que adora a Patrick Bateman, y que sólo piensa en lo próximo que se va a gastar/fumar/beber/tirar. Obra imprescindible de nuestra literatura. Entrevisté a su autor y la experiencia no pudo ser mejor. Aún nos intercambiamos algún correo.
Mi reseña en Papel en Blanco
Mi entrevista a José Ángel Mañas

 
 
Dick 4.
‘Cuentos completos IV’
Philip K. Dick
Cómo no. Una lectura de mi adorado Philip K. Dick no podía faltar en esta lista. Minotauro sigue apostando por las recopilaciones de cuentos de este indispensable de la ciencia-ficción del siglo XX, y ‘Oh ser un blobel’, entre muchos otros, me ha impactado muchísimo. ¿Cómo puede uno protestar por la guerra de una forma tan extraña y a la vez, útil? Distopías, metafísica, realidades paralelas… todo cabe en esta maravilla de libro.
Mi reseña en Papel en Blanco
 
 
Paul 3.
‘Bone’
Jeff Smith
Me he divertido como un crío. De hecho, he sido un crío mientras lo he leído.
Mi reseña en ZonaFandom
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Paul 2.
‘Paul va a trabajar este verano’
Michael Rabagliati
Paul es un chaval deprimido al que se le presenta la ocasión de ser monitor de campamentos de verano. Allí descubre la amistad, el amor y la belleza y la dureza de la vida. Sobretodo empieza a quererse a sí mismo y a madurar. Recomendado por mi entonces compañero Roberto Jiménez, este cómic es conmovedor y revelador. Una delicia tanto para adolescentes como para adultos. Su tosco dibujo se ve compensado por la brillantez de su historia, con un final buenísimo.
Mi reseña en ZonaFandom
 
 
Blankets 1.
‘Blankets’
Craig Thompson
La adolescencia, en modo autobiográfico, de forma que todos nos sentimos identificados con una cosa o con otra. El primer amor, la ruptura con los padres y con la jerarquía familiar, con el redescubrimiento de la educación religiosa. Todo con la magia de la lejanía del tiempo, que permite contar las cosas con claridad, con una deliciosa visión retrospectiva. ¿Puedo decir que lloré cuando terminé de leerlo? Y sí, es un cómic.
Mi reseña en ZonaFandom
 
 

Este 2009 va a ser más productivo en cuanto a lectura. Seguro.

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