Archivo mensual: abril 2009

Basil, el ratón superdetective

El héroe intentando superar a Sánchez Dragó en pedanteria presuntamente simpática

El héroe intentando superar a Sánchez Dragó en pedantería presuntamente campechana

Poco más de una hora dura esta obra maestra. SÍ. Obra. Maestra. Hablo de ‘Basil, el ratón superdetective‘, rimbombantísimo título para el original ‘The Great Mouse Detective’ (también pomposo, pero menos, que para eso es la lengua de Shakespeare). Lo fácil que era dejarlo en ‘Basil’, copón. Incluso ‘Basil de la calle Baker’ también habría molado.

Hoy en día estamos pixarizados, cuando no boltados o shrekados y no sabemos valorar lo suficiente una película como ésta, que nos transporta a los que ahora somos veinteañeros o treintañeros a lo que en su momento significaba ver una película de Disney. Porque hablemos claro: de ‘Basil’ no se acuerda ni Dios. Nos interesa más acordarnos de lo buena que estaba Ariel, del morbazo que tenía Bella (sí, la de la Bestia), de lo gracioso que nos resultaba Josema Yuste (Martes, o Trece, quién sabe) cuando fue el Genio de ‘Aladdin’, o de la cancioncilla de Baloo, que era algo así como el Bob Marley de la selva hindú.

El caso es que ‘Basil’ es una joyita realmente atípica de la factoría de ese que dicen que está congelado. Oscura, políticamente incorrecta, y lo más importante de todo: vacía. Sólo busca entretener. En ‘Basil’ no hay humor blanco, sino negro. No hay moralina. No hay apenas canciones, salvo la del villano. No hay respiro. Es más bien un thriller deshumanizado, en el que el único factor aparentemente infantil es el de cambiar personas por ratones/perros/gatos.

Y es un claro homenaje a Sherlock Holmes. El propio Sherlock, el doctor Watson, el profesor Moriarty y la reina Victoria tienen su homólogo en Basil, Dawson, Ratigan y la reina ratona. Ay, Ratigan. Ya tardaba en nombrarlo. ¿Les he dicho que es mi villano de Disney preferido? Y les diré por qué. Porque es una rata de alcantarilla. Y porque da miedo. El que lo haya visto con siete u ocho años y no le haya asustado, los tenía/tiene de acero. Y de mayor quiero ser como él.

Ratigan asusta, por varios motivos, todos inesperados en una película de Disney para pasar el rato: no duda en matar a sus propios subordinados si éstos le tocan las narices; tiene un gata ejecutora; tiene una transformación final, guiada por sus instintos cuando realmente está enfadado con Basil, que es sencillamente terrorífica. Y su voz (original, claro) es del gran Vincent Price.

‘Basil’ fue la primera gran película de Ron Clements y John Musker. Los tíos se hicieron expertos en meter temas no-tan-de-niños con calzador en películas de Disney. Eso explica, como ya he dicho, que Ariel esté tan buena, que Jasmin se pasee en pseudobikini modelo Agrabah durante casi toda la película, que Megara venda sus encantos al mejor postor y que Hades, Jafar y el propio Ratigan sean unos malos carismáticos. Se pegaron el batacazo con ese cacho estiércol que resultó ser ‘El planeta del tesoro’ y nunca más se les volvió a ver. Dicen que Clements está en su Iowa natal cuidando amapolas y Musker se unió al proyecto Dharma, grabando los vídeos del doctor Marvin Candle (lamentablemente esto no es cierto, en la actualidad están preparando un engendro con John Goodman y Oprah Winfrey como voces principales).

Ojo al dato, que en ‘Basil’, los protagonistas van a un burdel, piden dos cervezas mientras ven a una ratoncita muy sensual haciendo un numerito, y Basil ¡fuma! Eso, a día de hoy, sería absolutamente imposible. En nuestra era de miembros y miembras, los amantes de lo políticamente correcto, la habrían tildado de machista, antisemita, nociva, retrógrada, comunista, anticlerical, masona y hasta afín al PP. Pero su único riesgo era, repito, meter temas de adultos en una película destinada a niños. Algo que se hizo, con más mala leche, en ‘El jorobado de Notre Dame’ (el juez Frollo pensando en Esmeralda frente a la chimenea con lascivia) o en ‘Pocahontas‘, inventora de la minifalda subversiva en las Américas.

Y es que a los que ya hace tiempo que dejamos el colegio, nos cae mejor Ratigan que Basil. Basil es un equivalente supuestamente simpático de Sherlock Holmes, según un relato de Paul Galdone. Cargante, pedante, y ¿graciosete?, enseguida nos identificamos con él porque salva a la niña y de paso a su padre. Lo que tiene con Ratigan es una lucha encarnizada… de ego. Su peor momento no es cuando sabe que va a morir, con una complicadísima maniobra, sino cuando admite que su adversario le ha vencido, le ha identificado a pesar de su disfraz, y todos sus secuaces se ríen de él.

Total, que Ratigan quiere suceder a la reina, para lo cual llevará a la monarca a su gatita amaestrada (que por cierto MUERE en una perrera), y someter al pueblo ratonil a unos impuestos abusivos y una dictadura prácticamente nazi. He puesto en mayúsculas lo de muere, porque es algo que destaca en esta película y a lo que no estábamos acostumbrados en el puritanismo de los dibujos animados. A saber: normalmente, el único que muere es el malo y porque se cae de un precipicio, sin que el bueno sea el que lo mate. O no muere, directamente. Véase la bruja de Blancanieves, Gastón, Madam Mim, Shere Khan, Osama Bin Laden.

Los últimos quince minutos son más entretenidos que casi cualquier cosa que hayan ustedes visto, con una secuencia en el Big Ben que sólo John McLane, Jack Bauer o Indiana Jones podrían haber protagonizado si fuera en carne y hueso. Los engranajes del reloj están hechos con CGI: tenía que decirlo. Y la película termina, claro, con un abrazo de la niñita a Basil, que escapa por un momento de su frialdad habitual.

Por cierto, que el aliado de Basil y Dawson es el perro Toby, el que será luego protagonista de ‘Tod y Toby’, ese particularísimo y aburrido ‘Brokeback Mountain’ à la Disney.

La música de Henry Mancini es la repera, con un tema principal que es conocido más allá de la película.

Y he dedicado unas mil palabras a ‘Basil’. ¿Que quieren verla o revisarla? Pues véanla, tiro la casa por la ventana. Qué quieren que les diga: ‘Bichos’ al lado de ésto me parece un tostón.

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Señales del futuro en los tiempos en que vivimos

La impresionante fotogenia de Rose Byrne, lo más relevante de esta foto

Siempre queda más peliculero leer un documento a oscuras con una linterna

Embarcarme en hablar de ‘Knowing‘ (2009, Alex Proyas) no es realizar una crítica de cine, como muchos pudieran pensar. Estaré desconectado durante algunos meses (mínimo 4 ó 5) de ver cine, leer libros y escribir sobre ello profesionalmente. El que me conoce bien sabe por qué.

Han traducido en España ‘Knowing’ como ‘Señales del futuro’. No hace falta que hable sobre las traducciones que se hacen en nuestro país, ¿verdad? Con lo acertado que habría quedado hacerlo más literal: ‘Sabiendo’, ‘Sabiéndolo’, o incluso ‘Sapiencia’ o ‘Conocimiento’. Es la vuelta de Alex Proyas al séptimo arte tras ‘Yo Robot’, aquella película por lo visto ¿basada? en Asimov donde rejuvenecían a la doctora Susan Calvin hasta convertirla en el pibón Bridget Moynahan, y Will Smith llevaba unas Converse.

Yo a Proyas le estimo. ‘Yo Robot’ tenía detalles muy buenos, pero es sólo una película suya la que me enamora: ‘Dark City‘, aquella pesadilla claustrofóbica que hablaba sobre cosmología y se permitía el lujo de histrionizar (me lo acabo de inventar) a Kiefer Sutherland y relativizar el concepto de identidad, William Hurt mediante. Pocas veces ha salido una obra maestra con un protagonista tan poco carismático (hablo de Rufus Sewell).

Ahora Proyas ha parido una película que va muy en la senda de nuestros tiempos. Estamos en una época muy atea. La gente ahora mira el Facebook en la oficina mientras finge que trabaja, mira con merecido desdén a Benedicto XVI, un papa que vive en el siglo que lleva su nombre y aprovecha la Semana Santa para ir a la playa más cercana, aunque el agua esté todavía muy muy fría. Por eso ‘Knowing’ es, cuanto menos, oportunista, en el buen sentido de la palabra. El guión de esta película parte de que Dios es un concepto algo anticuado, ya que ante sucesos como el 11-S o el Tsunami aquel que se fumó parte de Asia, Dios, si existe, se ha quedado ahí mirando, con un silencio atronador, bien porque es parte de su voluntad/castigo, o le damos un poco igual.

Los protagonistas, Nicolas Cage y Rose Byrne, son bastante adecuados para dar vida a los únicos personajes de verdad que vemos en lo que es el inminente fin del mundo. A propósito: no sé cuánto hacía que no veía una película soportable liderada por el sobrino de Coppola. En el caso de ella, salir un poco de su encasillamiento en ‘Damages’ y meterse en un blockbuster seguro que le ha venido bien para calentar su bolsillo. Lo que vengo a decir es que, rápidamente, tras un comienzo apabullante, se nos muestra el verdadero sentido de todo esto: Nicolas Cage es un enrollado profesor universitario (imprescindible lo de enrollado) que, cual Eduard Punset y/o Manuel Toharia yanqui, hace ver a sus alumnos y a nosotros, la exactitud con la que la Tierra está a la distancia óptima del sol para propiciar la Vida. Esto es una serie de accidentes bioquímicos. Jamás entra de lleno, y podría haberlo hecho, la religión en la película. Es curioso porque en ‘La guerra de los mundos’ (la buena, la de Byron Haskin) lo que hacían al ver que no había solución era obvio y estaba muy en sintonía con la época: meterse a rezar en masa.

¿Rezar en ‘Knowing’? NO. Aquí todo es ciencia, casualidades (serendipias), números, precognición, telepatía, Internet, TV, y milagro si no sale Twitter. Y lo que es mejor/peor (según se mire): cuando la situación ya está en las últimas, aparecen los extraterrestres que susurran. Que siempre están más avanzados que nosotros. Y en esto Proyas no es nada original; de hecho, podemos ver con claridad a Shyamalan, James Cameron o Steven Spielberg, por citar sólo unos pocos. No creer en el diseño inteligente pero sí en vida inteligente fuera de nuestro planeta es muy de ahora.

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Poco antes de que Nicolas Cage se convierta en John McClane en 'La jungla de Cristal 3'

Pero cuando todo parece estancado en esta mezcla de géneros que es ‘Knowing’ (demos gracias a la incisiva y sobresaliente música de Marco Beltrami, que nos mantiene atentos a la pantalla), surge una última media hora inesperada, que (disculpen mi vocabulario, por favor) se mea y se caga en ‘La guerra de los mundos’ de Spielberg, ‘Deep Impact’, ‘Armaggedon’ y casi todos los apocalipsis cinematográficos de los 20 duros. Y eso que ‘Knowing’ tiene bastante menos presupuesto. Por último, los últimos dos minutos son tan gratuitos como bellos. Los he visto ya como cinco veces y me siguen fascinando igual. Yo querría vivir ahí si lo peor ocurriera; véanla y sabrán a qué me refiero.

El lema improvisado que se me queda con los créditos finales es algo así como: ‘God doesn’t bless America anymore‘. Sinceramente, en el siglo XXI, con Obama, la Blackberry, Lehman Brothers y las células madre, si se anunciara una catástrofe que acabaría con la superficie de EEUU, ¿nos iríamos todos a rezar como Gene Barry para que Dios nos salvase? Quién sabe. Yo he visto a ateos convencidos rezar a algo para que el jugador de su equipo no falle el penalty en ese partido tan importante. Quizás, con todo perdido, y aun en el siglo XXI, todos nos pondríamos a rezar, a suplicar. O, como en ‘Knowing’, NO. Nos convenceríamos del todo de nuestra perdición, e iríamos a reunirnos con nuestros familiares. Es curiosa una cosa: en la película, en un momento importantísimo, surge la frase: ‘Esto no es el final’. ¿Consuelo de última hora o instinto básico de creer en el no-fin de la vida en el sentido puramente religioso?

Vean ‘Knowing’. Y saquen su propia conclusión. Por favor, disfruten como yo la séptima sinfonía de Beethoven mientras Nicolas Cage conduce en medio del caos. Seguramente no habrán visto nada parecido. Y luego piensen por qué viven, y lo maravilloso que es que el sol esté a ESA distancia justa. Gracias a Dios o a afortunados accidentes bioquímicos.

Llevo unos días muy espirituales. Perdonen las disculpas.

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El año 5000

Portada de un número de la revista Aguiluchos

Portada de un número de la revista Aguiluchos

Ahora que están tan de moda las paradojas temporales gracias a la excelente serie ‘Lost’, he recordado, con motivo de la Semana Santa, cómo fue una la que me convenció de que el catolicismo tenía sentido.

El catolicismo es y ha sido un elemento clave en mi vida, nunca he tenido problemas en reconocerlo. Quizás ahora estoy en un estado de relajación y escepticismo remilgado, que me hace tener distancia con ese Dios católico tan silencioso, que ha sido compañero durante media vida.

Cuando tenía 11 o 12 años, estaba suscrito a una revista de misioneros combonianos llamada Aguiluchos. Aguiluchos era la versión juvenil de otra llamada Mundo Negro, que analizaba brillantemente la situación en África sin tapujos. Me encantaba la revista; los primeros días del mes miraba el buzón con ansia. Alguna vez incluso envié cartas y dibujos, que se publicaban en las secciones correspondientes. Había todo lo que un niño de mi edad podía esperar de una revista. Pero, reconozcámoslo. Lo que más me llamaba la atención eran los cómics.

En ellos, destacaba el de un tal Humonegro, un niño de un poblado del último rincón de África, que convive con un misionero maduro pero enrollado. En un capítulo, Humonegro se encontraba un cinturón de un extraterrestre llamado Flip (que es un personaje recurrente en estas historietas, y luego ha tenido su spin-off). El cinturón permitía viajar en el tiempo. El misionero se lo ponía accidentalmente, y viajaba al año 5000. Se encuentra con los tópicos de un futuro próspero pertinentes: trajes uniformados aerodinámicos, autopistas aéreas, economía mundial igualitaria y un etcétera sobradamente conocido. El misionero pregunta: “¿En qué creeis?” El señor del futuro contesta, amablemente: “Somos todos católicos”.

Cuando el misionero vuelve al presente, loco de contento, Humonegro le pregunta dónde ha estado. El misionero no le responde.

Habría sido muy fácil pensar: voy a vivir la vida. Total. Dentro de 3000 años, todos serán católicos, y no afecta para nada si dejo de esforzarme. En lugar de eso, el misionero encuentra una motivación extra, y enseguida recupera el estado de diligencia. “¡Vamos, a seguir trabajando!” llega a decir (o algo similar). Es decir, el misionero entiende que él será parte de la construcción de ese futuro. Que vale la pena luchar por eso. El misionero estaría ya muerto en el año 5000, el proyecto seguiría sin él, pero tendría su fruto.

Lo verdaderamente alucinante es que, en medio de una sociedad que no duda en señalar las riquezas del Vaticano y las habladurías de Rouco Varela, suele olvidar la inmensa labor de los misioneros en el hemisferio sur. Y esos misioneros, los de la vida real, no tendrán un cinturón con el que ver si todo tiene sentido. Fuerza de voluntad, esperanza y constancia para echarle un par y, a ciegas, darse cada día a los demás.

Puedo haber ido a muchas misas, haber hecho la Primera Comunión, la confirmación, etc. Pero lo que realmente me hizo entender el verdadero sentido de todo esto, fueron unas páginas de cómic de una revista de tirada nacional.

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