
El héroe intentando superar a Sánchez Dragó en pedantería presuntamente campechana
Poco más de una hora dura esta obra maestra. SÍ. Obra. Maestra. Hablo de ‘Basil, el ratón superdetective‘, rimbombantísimo título para el original ‘The Great Mouse Detective’ (también pomposo, pero menos, que para eso es la lengua de Shakespeare). Lo fácil que era dejarlo en ‘Basil’, copón. Incluso ‘Basil de la calle Baker’ también habría molado.
Hoy en día estamos pixarizados, cuando no boltados o shrekados y no sabemos valorar lo suficiente una película como ésta, que nos transporta a los que ahora somos veinteañeros o treintañeros a lo que en su momento significaba ver una película de Disney. Porque hablemos claro: de ‘Basil’ no se acuerda ni Dios. Nos interesa más acordarnos de lo buena que estaba Ariel, del morbazo que tenía Bella (sí, la de la Bestia), de lo gracioso que nos resultaba Josema Yuste (Martes, o Trece, quién sabe) cuando fue el Genio de ‘Aladdin’, o de la cancioncilla de Baloo, que era algo así como el Bob Marley de la selva hindú.
El caso es que ‘Basil’ es una joyita realmente atípica de la factoría de ese que dicen que está congelado. Oscura, políticamente incorrecta, y lo más importante de todo: vacía. Sólo busca entretener. En ‘Basil’ no hay humor blanco, sino negro. No hay moralina. No hay apenas canciones, salvo la del villano. No hay respiro. Es más bien un thriller deshumanizado, en el que el único factor aparentemente infantil es el de cambiar personas por ratones/perros/gatos.
Y es un claro homenaje a Sherlock Holmes. El propio Sherlock, el doctor Watson, el profesor Moriarty y la reina Victoria tienen su homólogo en Basil, Dawson, Ratigan y la reina ratona. Ay, Ratigan. Ya tardaba en nombrarlo. ¿Les he dicho que es mi villano de Disney preferido? Y les diré por qué. Porque es una rata de alcantarilla. Y porque da miedo. El que lo haya visto con siete u ocho años y no le haya asustado, los tenía/tiene de acero. Y de mayor quiero ser como él.
Ratigan asusta, por varios motivos, todos inesperados en una película de Disney para pasar el rato: no duda en matar a sus propios subordinados si éstos le tocan las narices; tiene un gata ejecutora; tiene una transformación final, guiada por sus instintos cuando realmente está enfadado con Basil, que es sencillamente terrorífica. Y su voz (original, claro) es del gran Vincent Price.
‘Basil’ fue la primera gran película de Ron Clements y John Musker. Los tíos se hicieron expertos en meter temas no-tan-de-niños con calzador en películas de Disney. Eso explica, como ya he dicho, que Ariel esté tan buena, que Jasmin se pasee en pseudobikini modelo Agrabah durante casi toda la película, que Megara venda sus encantos al mejor postor y que Hades, Jafar y el propio Ratigan sean unos malos carismáticos. Se pegaron el batacazo con ese cacho estiércol que resultó ser ‘El planeta del tesoro’ y nunca más se les volvió a ver. Dicen que Clements está en su Iowa natal cuidando amapolas y Musker se unió al proyecto Dharma, grabando los vídeos del doctor Marvin Candle (lamentablemente esto no es cierto, en la actualidad están preparando un engendro con John Goodman y Oprah Winfrey como voces principales).
Ojo al dato, que en ‘Basil’, los protagonistas van a un burdel, piden dos cervezas mientras ven a una ratoncita muy sensual haciendo un numerito, y Basil ¡fuma! Eso, a día de hoy, sería absolutamente imposible. En nuestra era de miembros y miembras, los amantes de lo políticamente correcto, la habrían tildado de machista, antisemita, nociva, retrógrada, comunista, anticlerical, masona y hasta afín al PP. Pero su único riesgo era, repito, meter temas de adultos en una película destinada a niños. Algo que se hizo, con más mala leche, en ‘El jorobado de Notre Dame’ (el juez Frollo pensando en Esmeralda frente a la chimenea con lascivia) o en ‘Pocahontas‘, inventora de la minifalda subversiva en las Américas.
Y es que a los que ya hace tiempo que dejamos el colegio, nos cae mejor Ratigan que Basil. Basil es un equivalente supuestamente simpático de Sherlock Holmes, según un relato de Paul Galdone. Cargante, pedante, y ¿graciosete?, enseguida nos identificamos con él porque salva a la niña y de paso a su padre. Lo que tiene con Ratigan es una lucha encarnizada… de ego. Su peor momento no es cuando sabe que va a morir, con una complicadísima maniobra, sino cuando admite que su adversario le ha vencido, le ha identificado a pesar de su disfraz, y todos sus secuaces se ríen de él.
Total, que Ratigan quiere suceder a la reina, para lo cual llevará a la monarca a su gatita amaestrada (que por cierto MUERE en una perrera), y someter al pueblo ratonil a unos impuestos abusivos y una dictadura prácticamente nazi. He puesto en mayúsculas lo de muere, porque es algo que destaca en esta película y a lo que no estábamos acostumbrados en el puritanismo de los dibujos animados. A saber: normalmente, el único que muere es el malo y porque se cae de un precipicio, sin que el bueno sea el que lo mate. O no muere, directamente. Véase la bruja de Blancanieves, Gastón, Madam Mim, Shere Khan, Osama Bin Laden.
Los últimos quince minutos son más entretenidos que casi cualquier cosa que hayan ustedes visto, con una secuencia en el Big Ben que sólo John McLane, Jack Bauer o Indiana Jones podrían haber protagonizado si fuera en carne y hueso. Los engranajes del reloj están hechos con CGI: tenía que decirlo. Y la película termina, claro, con un abrazo de la niñita a Basil, que escapa por un momento de su frialdad habitual.
Por cierto, que el aliado de Basil y Dawson es el perro Toby, el que será luego protagonista de ‘Tod y Toby’, ese particularísimo y aburrido ‘Brokeback Mountain’ à la Disney.
La música de Henry Mancini es la repera, con un tema principal que es conocido más allá de la película.
Y he dedicado unas mil palabras a ‘Basil’. ¿Que quieren verla o revisarla? Pues véanla, tiro la casa por la ventana. Qué quieren que les diga: ‘Bichos’ al lado de ésto me parece un tostón.

