Archivo mensual: agosto 2009

Pequeña distopía sin sentido

winston1Sucedió una vez que un vendedor ambulante ganó el premio Nobel de Literatura. El tipo procedía de un suburbio de Sevilla y su pregón diario, ya saben, el de ‘Un paquete de Winston, dó cincuenta; dó cinco euro’ fue confundido con un discurso de alto contenido filosófico por la concejalía de cultura. Resulta que la concejala lo vio pasar por el centro y lo confundió con un poeta callejero. A partir de ahí todo fueron premios y reconocimientos. Ni siquiera presentó una novela al Premio Planeta cuando lo ganó, pero total, para qué.

Ingresó al poco en la Real Academia Española ataviado con dos cartones de Winston, dos paquetes de kleenex y algo de droga falsa, por si acaso. Su discurso volvió a ser el mismo: ‘Un paquete de Winston, dó cincuenta; dó cinco euro’. El discurso fue el vídeo más visto de Youtube durante dos semanas, alcanzando 1310493049 visitas de todo el mundo, lo que supera ligeramente al famoso ‘Evolution of Dance’. Su candidatura al Nobel fue apoyada por 45 de los 46 miembros de la RAE, a excepción de Arturo Pérez-Reverte, que declaró que su discurso le pareció “un coñazo, debería haberse centrado en los porros y en lo mal que está España, porque cuando fui corresponsal de guerra…”

Sin apenas rival (Haruki Murakami dejó la literatura para centrarse en regentar un burdel en Kioto, con jazz, eso sí; Thomas Pynchon renunció igualmente), el vendedor llegó a Suecia a ganar el premio literario más prestigioso y amañado del mundo, aclamado por multitudes fumadoras. La empresa Winston le pagó una limusina con chófer, la suite presidencial del hotel más caro de Estocolmo.

El discurso fue, nuevamente, el mismo. Se dispararon las ventas de tabaco, y se volvió a permitir la publicidad de tabaco por todas partes. Las acciones de Winston subieron un 2750608,49%, lo que permitió a la firma absorber todas las demás marcas en poco tiempo. El famoso águila del logotipo se convirtió en la segunda bandera oficial de muchos países, excepto en Francia (que colocó el cuerpo de Carla Bruni en su lugar), Corea del Norte (por razones personales; Kim Jong-Il decía que no le gustaba ver águilas, sólo cazarlos), y Brunei (al sultán no le dio la gana).

No tardó mucho Winston, en efecto, en convertirse en la corporación más poderosa del mundo, por delante de Microsoft, Google y Apple. Lo siguiente fue una inmersión en las leyes de 106 países, incluyendo Samoa Americana y San Marino: se decidió que se legalizarían las drogas, que serían recolectadas, seleccionadas y distribuidas por Winston. Para comercializarlas, se hicieron con los derechos de 3450 colores y todas las palabras de todos los idiomas hablados por más de diez mil habitantes, a excepción del esperanto. Ello impidió a las demás marcas poder publicitarse, puesto que por ejemplo Coca-Cola tuvo que renunciar al rojo y a la palabra “siempre”, Pepsi al azul y así sucesivamente. Winston se hizo entonces con el monopolio del comercio mundial.

Por cierto: el vendedor ambulante fue abatido por un francotirador de origen bosnio durante una conferencia en la universidad de Stanford. Acto seguido, el bosnio se suicidó y el caso quedó cerrado, aunque escritores de medio mundo pensaron que se trató una conspiración del FBI y la CIA (agencias propiedad de Winston). Como se imaginarán, la mitad de esos escritores también aparecieron muertos en poco tiempo, con muertes declaradas “de circunstancias extrañas”.

10 años después, se declaró como religión oficial del mundo el Winstonismo, considerándose pecado no fumar o drogarse. El Vaticano declaró la situación de intolerable, y fue bombardeada por unos terroristas que decían actuar en nombre de Al-Qaeda (o algo así). Los bautizos se realizaban ahora pronunciando las famosas palabras: ‘Un paquete de Winston, dó cincuenta; dó cinco euro’.

La esperanza de vida no bajó mucho (sólo 26 años en hombres y 21 en mujeres), pero los hospitales se empezaron a llenar de aquejados de cáncer de pulmón, esquizofrenia y otras enfermedades varias “sin importancia”, según el director de la OMS (organización propiedad de Winston). Así que todas las escuelas se convirtieron en centros para acoger a todos los enfermos, ya que el presidente del Mundo afirmó que la educación está sobrevalorada: “Históricamente, nunca se ha enseñado en los colegios y universidades a fumar. Luego la educación es un atraso”.
Cuando el número de enfermos llegó al 72% de la población, se decidió que no eran enfermos, sino personas de salud normal, pues llamarlos “enfermos” era un tratamiento despectivo que no era políticamente correcto, más tratándose de una mayoría. El 72% se convirtió en un 86%, y los pocos sanos, considerados semidioses, fueron exterminados por ser considerados una variante peligrosa de la especie humana. Los enfermos, una vez que eran la totalidad de la población, se encontraban tan mal que no veían interés ninguno en aparearse. Y nadie lo hizo. Mejor dar la última calada antes de morir.

Así fue cómo el mundo se fue al garete en poco tiempo.

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‘El Rebaño Ciego’, de John Brunner

Algunos imaginan el fin del mundo como un rápido e indoloro proceso provocado por un conjunto de hecatombes sin precedentes (véase teorías conspiranoicas del año 2012), un meteorito que acaba con el planeta (películas como ‘Deep Impact’ o ‘Armageddon’), o canalizándolo a través del fin de la humanidad (‘La invasión de los ladrones de cuerpos’ de Jack Finney; o ‘The Children of Men’, de P. D. James). Sin duda, es menos común realizar conjeturas sobre un apocalipsis más tedioso y degenerativo. Y de ahí la importancia de una obra capital de esa ilustre ciencia-ficción norteamericana: ‘El Rebaño Ciego’, de John Brunner. Es una novela ya traducida en su momento al español por el gran Domingo Santos. Pero esa traducción llevaba, con todos mis respetos al hastío por su tendencia a lo literal y lo denso dentro de esas colecciones precipitadas de la extinta editorial Acervo.

Ahora, con la nueva edición del grupo AJEC y traducción más trabajada de Manuel de los Reyes, la españolización de esta novela es una buenísima noticia para los lectores de este país.

Y es que Brunner (1934-1995) es un autor insultantemente arrastrado por el olvido, siendo su fama un hecho más que dudoso más allá de convenciones de ci-fi cuando aún vivía. El pobre no es sólo un “escritor de ciencia-ficción más” como ahora le consideran algunos críticos literarios de medio pelo, sino un profeta en estado puro, que se acercó mucho más que Isaac Asimov o Philip K. Dick (a quien por cierto admiraba con fervor) a vislumbrar lo que sería Internet y su repercusión en la sociedad. No en vano, en obras como ‘Todos sobre Zanzíbar’ (imprescindible) o ‘El jinete en la onda del shock’, se habla con naturalidad de conceptos como el enlace (o link), de virus informáticos, de multimedia y de guerra de la información con treinta años de antelación. Con un par.

‘El rebaño ciego’ es parte, junto con la mencionada ‘Todos sobre Zanzíbar’ y ‘Órbita Inestable’ (algo menor, aunque estimable), de la trilogía llamada del Desastre. Narra de una forma heterogénea un mundo en el que la catástrofe medioambiental es ya algo cotidiano. Ante la resignación de la ciudadanía, los altos dirigentes no dudan en oprimir a la población con ejecuciones, suavizando la rebeldía y las manifestaciones.

Pero esperen: no estamos ante la convencional narración por medio de un afligido protagonista (al estilo de Winston Smith en ’1984′ de George Orwell o Guy Montag en ‘Fahrenheit 451′ de Ray Bradbury) como vehículo para mostrar circunstancialmente la sociedad. No. John Brunner nos insufla a anuncios, carteles, programas de televisión, comunicados, informes, alternados con diálogos y vivencias de personajes que de una forma u otra, tienen alguna relevancia para explicar con detalle el horror de lo que sucede. Dentro de ellos, un misterioso mesías está en boca de casi todos porque se supone que va a cambiar las bases de este desastre. Se llama Austin Train, y sus lacayos, los trainistas (neo-hippys, para entendernos), parecen ser los únicos que no se conforman con vivir en esta basura (nunca mejor dicho) de mundo. Ya son habituales las máscaras de oxígeno para espacios abiertos, los precios disparatados de muchos productos de primera necesidad (incluyendo el agua), el estancamiento absoluto del progreso, y el despropósito social que ello conlleva.

Y aquí viene lo bueno. El autor consigue que todo ello sea literatura, da igual si es la excelente narración de un apático Philip Mason que tose en cuanto abre la ventanilla de su coche, o un cartel de advertencia. El verdadero mérito viene cuando estamos hablando de una novela enfrascada en un género considerado “poco literario” (¡qué insensatez!) como es la ciencia-ficción.

La sociedad necesita a Austin Train. Porque da esperanza a algunos, y espectáculo al resto. Entonces, ¿quiere esto decir que el desastre ecológico es un macguffin del verdadero tema, el de una oligarquía que exprime al resto, el del clásico panem et circenses? La riqueza de ‘El rebaño ciego’ está ahí. Y desde luego, hay que agradecerle la mala leche, el humor negro y la ironía que sobresalen en algunos puntos. Porque es la única manera sana de tomarse esto es a cachondeo. Valoro, sobre todo, que Brunner esté a caballo entre la paranoia global de Dick (“todo contamina; todo es perjudicial; los políticos son todos unos cabrones”) y el pesimismo necesario que también desarrolló otro grande, Thomas M. Disch. Por no hablar de que Brunner ya estaba antes de que William Gibson estableciera el cyberpunk y que Orson Scott Card sondeara una especie de red de información con el conocido pasaje de Locke y Demóstenes en ‘El juego de Ender’. Un apunte: los personajes aparecen y desaparecen como si tal cosa, en la estructura fragmentaria característica de su autor. Alguien que no hizo un pimiento páginas atrás ahora se desnuda emocionalmente ante nuestros ojos. Por ello, es importante adueñarse de una libreta para apuntar los personajes, quiénes son, a dónde van y qué hacen y por qué. Esto quizás frene algunos, a mí me enriqueció esta fantástica experiencia que es la lectura.

Recapitulemos: son los setenta, una época en la que se “descubrió” el sentimiento ecologista (no por casualidad, los argumentos teóricos de la novela están reforzados en una especie de apéndice por un abanderado, James John Bell). Harry Harrison escribió ‘Hagan sitio, hagan sitio’, se convirtió en la película ‘Soylent Green’, y se describía un mundo superpoblado y con un calor de narices.

Ahora, todo el mundo cree saber del tema. Pregunten a cualquiera sobre la capa de ozono o el efecto invernadero (y más si hay una cámara delante). Al Gore lanzó ‘Una verdad incómoda’, controvertido documental como revancha a perder las elecciones de EEUU; ‘Home’, otro documental apoyado por multitud de instituciones que advierte de una situación inminente que Brunner ya avisó, sin ser un experto.

Por último, hablemos de la distopía popular. Se habla de ‘Un mundo feliz’, de Aldous Huxley, el derrumbe de la libertad y el control absoluto de la genética; ’1984′ de George Orwell, un sistema omnipresente que aplasta el libre albedrío; ‘Fahrenheit 451′, de Ray Bradbury, la supresión de la cultura y el control de la ley. ¿Y ‘El Rebaño Ciego’, por qué no merece estar en un podio tan aclamado? Cosas incomprensibles de la vida.

El Rebaño Ciego’ es, como entenderán, una novela fundamental que no debería necesitar presentación. Brunner realizó una soberbia construcción de un complejísimo (que no complicadísimo) universo literario. Algunos dicen que ha envejecido; mi opinión es que cuando vemos en los medios chorradas como las vacas locas, la gripe aviar, la gripe porcina, la neumonía asiática y bla bla bla, sé que Brunner tiene razón: en el fondo lo que importa no es si el mundo se acaba, sino quiénes sacan tajada de ello.

Desde ya una de mis novelas preferidas.

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macguffin: término atribuido a Alfred Hitchcock para describir un pretendido argumento inicial que sólo sirve de distracción para el posterior núcleo narrativo definitivo (ejemplo: el famoso maletín de la película ‘Ronin’, de contenido indefinido).

‘El Rebaño Ciego’ está entre mis lecturas de 2009.

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Bucle

Aparca. Hay días en los que se puede aparcar bien. Otros en los que no. Al menos ahora tiene coche (la furgoneta que antes usaba su padre y que ahora no usa, y que le ha prestado gentilmente), y puede trasladarse allí.
Entra en la biblioteca del Prado, el único sitio que conoce donde se puede estudiar por la tarde en agosto. Se sienta en una mesa con enchufe para el portátil y donde el wifi llega estupendamente. A su alrededor, personas que se sientan delante de un ordenador para ver precios de vuelos, comentarios en Tuenti, comentarios en Facebook, correos con diapositivas de “qué bonito es el amor; si sigues esta cadena tendrás 7 años de amor”.
Son las 9. Le esperan muchas horas de redactar documentos que poco tienen que ver con él; estudiar asignaturas con nombres tan afortunados como Inteligencia Artificial I, Procesadores de Lenguajes I o Fundamentos Físicos de la Informática. Sólo parará para comer, a eso de las dos o dos y media. En ese momento le llamará alguien por teléfono, lo más probable es que sea para pedirle un favor, o un rato de compañía para contarle sus rollos.
Aprovechará las horas que esté en la biblioteca, pero su mente estará casi todo el tiempo en otro sitio. El inminente viaje a Malta (todo aquel que ha ido le ha asegurado que van a ser posiblemente las tres mejores semanas de su vida), saber si tiene veinte amigos o no tiene ninguno, algunos proyectos personales, escribir.
Porque un escritor, no es ni más ni menos que alguien que tiene una maldición: la continua y absurda inquietud de que todo el tiempo en que no escribe, lo está perdiendo. Así de cruel.
La temperatura de la biblioteca es estupenda; conviene recordar esto porque fuera los 40 grados son casi insoportables.
Llega la hora de irse. Sale de allí poniéndose un auricular con el mp3 (la furgoneta no tiene radio). Canta ‘Cloudbusting‘ de Kate Bush con muchas ganas; y su preferida en estos momentos, ‘The Rockafeller Skank‘, de Fatboy Slim. Esta última canción le transporta, como muchas otras, a su infancia. Esos días de Fifa 99 donde no había grandes preocupaciones. No se puede considerar que “en mi clase se meten conmigo” o “se me ha perdido el estuche” son grandes preocupaciones. ¿O sí?
En su piso, se pone rápidamente el uniforme y vuelve a irse, esta vez a trabajar. Cuando llega, se da cuenta de que la relación con sus padres no es mala, pero podría ser mejor; la relación con sus hermanos no es mala, pero podría ser mejor; no es culpa de nadie, pero desde que se fue de casa siente un poco como un extraño. Su madre no está mejor, y eso le decepciona.
Después de dos o tres horas allí, se despide y se va a acostarse. Si no se siente muy cansado, limpia el salón, el cuarto de baño, la cocina y su habitación. El calor y algunos pensamientos le impedirán dormirse enseguida, pero se pone a ver dos o tres vídeos del programa ‘Alguna pregunta mes’, se ríe un rato y al final lo consigue.
Las ocho de la mañana. Se despierta con fuerza. El sueño no ha sido horrible pero tampoco ha sido bueno.
Tiene esperanzas. De que su madre hoy se haya curado; de encontrar por fin a una chica que merezca un poco la pena; de poder dedicar un rato a escribir, quién sabe. A lo mejor arranca un par de horas para revisar ‘Un obseso de la realidad’, o incluso traer del olvido algún proyecto de novela de hace dos o tres años. El día de hoy tiene que ser peor que mañana, y mejor que ayer.
Pone alguna prenda a lavar, plancha alguna camisa, desayuna mirando el correo. Se ducha. Como muchos, canta en la ducha: ‘Rhythm is a dancer‘ de Sagi-Rei. Por un momento cree que sabe cantar. Eso le recuerda que algún día tendrá que grabar todas las canciones que ha compuesto desde 1996, pero no será hoy.
Se afeita sin espuma. Crema after-shave. Desodorante. Colonia Hugo Boss. Giorgio. Signal Blanqueador. Limpieza de gafas. Tirita nueva en el dedo.
Sale de su piso comprobando dos o tres veces que lo lleva todo. Asume que se va a llevar todo el día estudiando y luego trabajará un par de horas. Lo hace en silencio y con tranquilidad.
Son apenas seis o siete minutos en coche.
Aparca. Hay días en los que se puede aparcar bien. Otros en los que no…

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Un poco de egolatría

Un año después, me envían (muchas gracias Elio Rey, si es ése tu nombre) varias fotos de la exposición que di en Fnac Sevilla sobre mi ensayo sobre Philip K. Dick titulado ‘Un obseso de la realidad’. Tuvo lugar el 23 de julio de 2008. Este es, aunque parezca mentira, el primer material del que dispongo para probar que efectivamente dicha conferencia tuvo lugar.

Aunque no se vea en las fotos, el fórum estuvo lleno, incluso hubo alguno de pie por no haber sillas suficientes. Claro que entre el aforo se encontraban mis padres, y algunos amigos/conocidos como Jaime, Gustavo, Quique, Txema Marín, Jaimixx, Barroso, Cristina, Juanjo. Tras una hora de reflexiones y divagaciones, los asistentes no tenían suficiente y quisieron fusilarme una media hora de preguntas, algunas interesantes, otras polemistas y otras ambas cosas.

Qué divertido fue, y qué arropado me sentí. Tengo que agradecer, por enésima vez, la contribución de Manuel Pilar Romero, responsable de comunicación de Fnac Sevilla, y de José María Villalobos, amigo y compañero: sin ellos esto no habría sido posible.

Actualmente estoy ampliando y revisando el texto, de manera que pueda convertirse en una digna obra publicada por una editorial en papel. Barajo algunas alternativas sobre cuál será la (des)afortunada. Ya veremos.

El resto de las fotos, en Flickr.

No lo duden; el tipo de letra que utilicé en el powerpoint es ni más ni menos que Times New Roman.

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