Sucedió una vez que un vendedor ambulante ganó el premio Nobel de Literatura. El tipo procedía de un suburbio de Sevilla y su pregón diario, ya saben, el de ‘Un paquete de Winston, dó cincuenta; dó cinco euro’ fue confundido con un discurso de alto contenido filosófico por la concejalía de cultura. Resulta que la concejala lo vio pasar por el centro y lo confundió con un poeta callejero. A partir de ahí todo fueron premios y reconocimientos. Ni siquiera presentó una novela al Premio Planeta cuando lo ganó, pero total, para qué.
Ingresó al poco en la Real Academia Española ataviado con dos cartones de Winston, dos paquetes de kleenex y algo de droga falsa, por si acaso. Su discurso volvió a ser el mismo: ‘Un paquete de Winston, dó cincuenta; dó cinco euro’. El discurso fue el vídeo más visto de Youtube durante dos semanas, alcanzando 1310493049 visitas de todo el mundo, lo que supera ligeramente al famoso ‘Evolution of Dance’. Su candidatura al Nobel fue apoyada por 45 de los 46 miembros de la RAE, a excepción de Arturo Pérez-Reverte, que declaró que su discurso le pareció “un coñazo, debería haberse centrado en los porros y en lo mal que está España, porque cuando fui corresponsal de guerra…”
Sin apenas rival (Haruki Murakami dejó la literatura para centrarse en regentar un burdel en Kioto, con jazz, eso sí; Thomas Pynchon renunció igualmente), el vendedor llegó a Suecia a ganar el premio literario más prestigioso y amañado del mundo, aclamado por multitudes fumadoras. La empresa Winston le pagó una limusina con chófer, la suite presidencial del hotel más caro de Estocolmo.
El discurso fue, nuevamente, el mismo. Se dispararon las ventas de tabaco, y se volvió a permitir la publicidad de tabaco por todas partes. Las acciones de Winston subieron un 2750608,49%, lo que permitió a la firma absorber todas las demás marcas en poco tiempo. El famoso águila del logotipo se convirtió en la segunda bandera oficial de muchos países, excepto en Francia (que colocó el cuerpo de Carla Bruni en su lugar), Corea del Norte (por razones personales; Kim Jong-Il decía que no le gustaba ver águilas, sólo cazarlos), y Brunei (al sultán no le dio la gana).
No tardó mucho Winston, en efecto, en convertirse en la corporación más poderosa del mundo, por delante de Microsoft, Google y Apple. Lo siguiente fue una inmersión en las leyes de 106 países, incluyendo Samoa Americana y San Marino: se decidió que se legalizarían las drogas, que serían recolectadas, seleccionadas y distribuidas por Winston. Para comercializarlas, se hicieron con los derechos de 3450 colores y todas las palabras de todos los idiomas hablados por más de diez mil habitantes, a excepción del esperanto. Ello impidió a las demás marcas poder publicitarse, puesto que por ejemplo Coca-Cola tuvo que renunciar al rojo y a la palabra “siempre”, Pepsi al azul y así sucesivamente. Winston se hizo entonces con el monopolio del comercio mundial.
Por cierto: el vendedor ambulante fue abatido por un francotirador de origen bosnio durante una conferencia en la universidad de Stanford. Acto seguido, el bosnio se suicidó y el caso quedó cerrado, aunque escritores de medio mundo pensaron que se trató una conspiración del FBI y la CIA (agencias propiedad de Winston). Como se imaginarán, la mitad de esos escritores también aparecieron muertos en poco tiempo, con muertes declaradas “de circunstancias extrañas”.
10 años después, se declaró como religión oficial del mundo el Winstonismo, considerándose pecado no fumar o drogarse. El Vaticano declaró la situación de intolerable, y fue bombardeada por unos terroristas que decían actuar en nombre de Al-Qaeda (o algo así). Los bautizos se realizaban ahora pronunciando las famosas palabras: ‘Un paquete de Winston, dó cincuenta; dó cinco euro’.
La esperanza de vida no bajó mucho (sólo 26 años en hombres y 21 en mujeres), pero los hospitales se empezaron a llenar de aquejados de cáncer de pulmón, esquizofrenia y otras enfermedades varias “sin importancia”, según el director de la OMS (organización propiedad de Winston). Así que todas las escuelas se convirtieron en centros para acoger a todos los enfermos, ya que el presidente del Mundo afirmó que la educación está sobrevalorada: “Históricamente, nunca se ha enseñado en los colegios y universidades a fumar. Luego la educación es un atraso”.
Cuando el número de enfermos llegó al 72% de la población, se decidió que no eran enfermos, sino personas de salud normal, pues llamarlos “enfermos” era un tratamiento despectivo que no era políticamente correcto, más tratándose de una mayoría. El 72% se convirtió en un 86%, y los pocos sanos, considerados semidioses, fueron exterminados por ser considerados una variante peligrosa de la especie humana. Los enfermos, una vez que eran la totalidad de la población, se encontraban tan mal que no veían interés ninguno en aparearse. Y nadie lo hizo. Mejor dar la última calada antes de morir.
Así fue cómo el mundo se fue al garete en poco tiempo.
Algunos imaginan el fin del mundo como un rápido e indoloro proceso provocado por un conjunto de hecatombes sin precedentes (véase teorías conspiranoicas del año 2012), un meteorito que acaba con el planeta (películas como ‘Deep Impact’ o ‘Armageddon’), o canalizándolo a través del fin de la humanidad (‘La invasión de los ladrones de cuerpos’ de Jack Finney; o ‘The Children of Men’, de P. D. James). Sin duda, es menos común realizar conjeturas sobre un apocalipsis más tedioso y degenerativo. Y de ahí la importancia de una obra capital de esa ilustre ciencia-ficción norteamericana: ‘El Rebaño Ciego’, de John Brunner. Es una novela ya traducida en su momento al español por el gran Domingo Santos. Pero esa traducción llevaba, con todos mis respetos al hastío por su tendencia a lo literal y lo denso dentro de esas colecciones precipitadas de la extinta editorial Acervo.

