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Revista Cacumen, nº 6 (julio 1983), pág. 38, dibujo de Gianni Careglio
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7 de septiembre de 2009. Mi abuelo paterno (‘papi’, como le llamábamos todos) habría cumplido 85 años. Hace seis meses que nos dejó, pero hasta hoy no he encontrado la distancia necesaria para escribir una sola palabra sobre él.
César Romero del Río (1924-2009) fue, además de mi abuelo, un destacado médico rural, en la época en la que los médicos en los pueblos eran los psicólogos, las matronas, y todo lo que fuera necesario. Pero la medicina, que ejerció tras un brillantísimo expediente académico en la universidad de Valladolid, era sólo una de sus facetas.
Mi abuelo fue la primera persona que vi con Internet en su casa (en los tiempos en los que aún se usaba Infovía); la persona que he conocido que más sabía de astronomía, sabía localizar cualquier constelación y podía hablar horas, con criteiro, de la evolución del universo, los planetas, el uso de los telescopios. Además era un apasionado de la historia y la física. Le encantaba la música clásica, el cine clásico, la literatura de ciencia-ficción y era un veterano de la radioafición.
Resulta imposible olvidar sus muchas virtudes y sus muchos defectos. Ha dejado 7 hijos y 17 nietos en medio de un ambiente de educación estricta, pero llena de buenos valores y dejando en herencia un ansia cultural insaciable.
Considero que la herencia que puede dejar un abuelo a un nieto ha sido, en mi caso, de una profundidad especial. Con dos años, yo veía ópera por la tele sin pestañear; a los cinco años, manejaba el ordenador de mi padre sin que él se enterase; mi padre, gracias a la afición de mi abuelo al género, compró en 1986 libros de ciencia-ficción por fascículos que yo leí a partir de 2003 y que determinaron las (pocas) aptitudes literarias que a día de hoy tengo… Él, muchas veces, conversaba sobre un mundo abstracto e imaginario en el que algunas veces habitaba. Y yo comprendía perfectamente de qué hablaba. Un mundo en el que los viajes interplanetarios existen, los personajes literarios son de carne y hueso, la informática avanza hasta tal punto que las máquinas artificiales conviven con los seres humanos. Un mundo que él reconocía como real, y yo también.
Me dijo una vez: “Uno de mis deseos, habría sido nacer en el mismo año que has nacido tú. Ahora es cuando, de verdad, todas las cosas que he imaginado desde siempre, se empiezan a hacer realidad”, en alusión a los continuos avances de la tecnología.
En los años 50, empezó a escribir una novela histórica en la época de Don Pelayo (siglo VIII), con el entrañable don Fruendo Goterio como protagonista. Don Fruendo es, a modo de leyenda, el primer antepasado de nuestra familia. En el año 2001, mi abuelo, cansado, me legó su manuscrito para que yo, cuando me sintiera preparado, lo convirtiese en novela. A día de hoy, creo que es la herencia más importante que nadie me ha dejado. Me prometí a mí mismo que esos borradores un día serían publicados, y me mantengo firme en esa promesa.
Su marcha fue muy lenta y dolorosa. Tras meses en el hospital, llenos de turbulencia y malos ratos, decidió irse el 4 de marzo de 2009. Lo último que me dijo fue: “¿Has visto la película ‘Ordet’?” Yo, que he escrito sobre cine durante dos años, no tenía ni idea de a qué se refería. Luego descubrí que era una película del danés Carl Theodor Dreyer. A la siguiente visita, le dije que vería esa película. Me contestó: “¡Claro! Y cuando la veas, piensa en mí”.
Algunos de sus familiares aún no asimilamos que ya no está con nosotros. Recordamos su carácter, nada fácil. Sus chascarillos y juegos de palabras (que en mi casa bautizamos como ‘humor Romero’). Por ejemplo, cuando le visitaba, siempre le preguntaba, con algo de miedo: “Papi, ¿puedo coger el ordenador?” y me respondía “Ah, pero ¿te lo vas a llevar?”. O decía el verbo correcto o no me daba permiso (aunque al final siempre cedía). Su forma de disfrutar la música. Cuando escuchaba a Mozart, Glück, Verdi y tantos compositores, apenas podía resistirse a hacer movimientos con los brazos como si fuera un director de orquesta.
Cada vez que doy un paso adelante en cuanto a mi sabiduría y espíritu de divulgación sobre la ciencia-ficción, me siento más cerca de él; cada vez que aprendo algo relacionado con la informática, me siento más cerca de él; cada vez que me pongo música clásica mientras estudio, me siento más cerca de él. Y sé que él, esté donde esté, estará más contento que nunca: por fin podrá ver las estrellas sin tener que usar el telescopio.
Veré ‘Ordet’ lo antes posible. Adiós, Papi.
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