Archivo mensual: enero 2010

En el país de los ciegos, el tuerto es el rey


Tengo una enfermedad desde siempre. Se llama catarata congénita. Se da un caso entre 10.000 niños, y consiste en “opacidades del cristalino que se presentan en los tres primeros meses de vida. Se consideran las anormalidades oculares más comunes y suponen una causa importante de deterioro visual en la niñez. Es la enfermedad responsable entre el 10 y el 39% de todas las cegueras ocasionadas en los niños.” (según discapnet.es)

Básicamente, con el ojo derecho no veo apenas nada. Colores, luces, sombras. Tápense un momento el ojo derecho, hasta el punto de que más a la derecha de su nariz no vean nada. Así vivo yo.

Mis padres notaron que algo me pasaba en la vista porque tras la pupila de mi ojo derecho veían un punto blanco. Así empezó una odisea de médicos, oculistas, hasta que finalmente me operaron en el Puerto de Santa María, Cádiz.
Llevo gafas desde los dos años. Mi dependencia hacia ellas es total, ya que si paso más de tres o cuatro horas sin gafas los mareos me producen vómitos, falta de equilibrio y fuerte ansiedad.

Durante mi infancia llevé parche en el ojo izquierdo (sí, el bueno), para que el derecho “trabajara” un poquito, y evitar tener un ojo vago hoy en día, así que esa época la recuerdo todo borroso. Sufrí la incomprensión de algunos profesores que no entendían que no veía la pizarra, y que por eso no podía hacer las tareas que me encomendaban.
Cuando estoy en la piscina o en la playa, donde evidentemente no puedo llevar las gafas para bañarme, necesito casi siempre un lazarillo que me diga dónde dejé mi toalla.

He sufrido incontables dosis de bullying durante toda mi etapa escolar, donde el resto de niños me miraban por encima del hombro por la apariencia de empollón que las gafas me daban, y porque sabían que, independientemente de mi fuerza física, ganarme en una pelea en el recreo era muy fácil: sólo había que romperme las gafas para derrotarme. No voy a negar que muchas veces me he sentido muy solo cuando me doy cuenta de que ninguno de mis amigos, conocidos, etc. es consciente de la dificultad que en ocasiones me produce ser prácticamente tuerto.

El miedo a que se me caigan las gafas y se rompan, me ha provocado tener vértigo y pasar un mal rato en mi visita a la torre Eiffel, la Giralda o cualquier monumento de gran altura. Además, jugando al fútbol tenía miedo a que el balón impactase en mi cara, y por tanto acabé siendo uno de los peores de mi clase en este deporte (y casi en cualquier otro).
Mi vista deficiente también afecta a la coordinación. Soy incapaz de hacer malabares por muchas horas de práctica que le eche.

El carnet de conducir me lo dieron por compasión. El examinador del práctico me aprobó a regañadientes, después de convencerle de que lo mío podía operarse, y que no sería así siempre. Lo mismo ocurrió con el lugar donde me hice el reconocimiento médico para poder adquirir el carnet.

La claridad me molesta sobremanera. No puedo mirar durante mucho tiempo a una hoguera, a un foco, o incluso a una bombilla encendida, porque la cabeza me empieza a doler terriblemente.

Hay una anécdota curiosa: en la Expo ’92 de Sevilla, en el pabellón de la Fundación Once, había una especie de “atracción” donde uno tenía que ponerse de portero con una venda y parar penalties. El balón con el que se tiraba un penalty, tenía un cascabel dentro, por lo que uno, guiado por el sonido y la intuición, tenía que adivinar hacia dónde iba el balón. Me tiraron cinco penalties. Paré tres.

Uno de los mayores miedos que he tenido durante toda mi vida es a quedarme ciego. Cuando tenía 14 años, un compañero de clase me clavó un bolígrafo en el ojo izquierdo (el que tengo bueno) por accidente. No pude abrir el ojo durante todo el día, y casi había asumido que me iba a quedar ciego de por vida. Aquella noche no dormí pensando en ello. Por suerte, a partir del día siguiente, empecé a ver algo y en una semana ya estaba totalmente recuperado. A día de hoy aún tengo el ojo rojo por culpa de aquello.

A veces, sufro pensando en cualquier otra época, porque sencillamente, ya estaría muerto. Alguien como yo, en la Edad Media o incluso en el siglo XVIII, no habría sobrevivido al no ser útil para muchos de los trabajos que se desempeñaban.

Por supuesto, no puedo ver ‘Avatar’ en 3D, como está haciendo ahora medio mundo. Conmigo, simplemente, esas gafas no funcionan.

Creo que todo esto ha influido fuertemente en mi personalidad. El hecho de partir en desventaja en tareas que para otros eran lo más sencillo del mundo, me ha hecho más fuerte, más perseverante, más exigente, más seguro de mí mismo. Si ustedes quieren, puedo emplear la palabra “tozudo”.

Por otro lado, creo firmemente en la llamada “compensación”. Al no poder confiar tanto en el sentido de la vista, es un hecho que tengo un oído extraordinario (no lo digo yo), y eso me sirve para hacer imitaciones, o componer canciones en el piano o la guitarra.

Es increíble la predisposición que han tenido mis padres siempre con este problema. No dudaban en comprarme unas gafas nuevas cada vez que rompía o perdía unas (y créanme, son caras y he perdido/roto MUCHAS), y en comprenderme y ponerse en mi lugar como no creo que muchos padres pudieran hacerlo. Cada vez que me acuerdo, mi sensación de agradecimiento hacia mis padres es tan intensa que apenas puedo contenerme.

Podría sentirme muy desgraciado y estar totalmente traumatizado, porque esto no es para menos. Pero hace años que lo superé. Al contrario: doy gracias a Dios (o a lo que sea que exista, si es que existe) porque podría haber nacido ciego, y siendo ciego no podría disfrutar de muchas de las cosas de la vida de las que ahora disfruto. Es el tópico de “podría ser peor”, pero me toca de una manera muy directa.

Imagen de José Miguel Martínez Pereda

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