Archivo mensual: agosto 2010

Pixar y Nolan

Se repite la historia. En 2008 fueron Pixar y el director y escritor británico Christopher Nolan los que salvaron mi año cinematográfico, con ‘Wall-E’ y ‘El Caballero Oscuro’ respectivamente.

En un año en el que competía contra mi propio hastío por creer en el presente y el futuro del séptimo arte, un año en el que contemplo cómo centenares de gafapastas se agolpan en el cine de verano de la universidad (gratuito) para ver ‘Los 400 Golpes’ sólo para considerarse dentro de una élite intelectual abstracta. La ciudadanía sigue adorando la tecnología de Avatar, y no paran de hablar de verla en DVD con BLUE-RAY con HD, a través de un cable HDMI… y un sinfín más de siglas y franquicias. Asisto a la proyección de la maravillosa ‘Nausicaä en el valle del viento’, una de las películas más imaginativas del genio Miyazaki, en el cine más independiente de mi ciudad, y veo una cola de lindas guiris de unos veinte años que acuden a ese inhóspito cine porque es el único lugar donde se puede ver ‘Eclipse’ en VOS.

A mi modo, me refugio en el cine clásico. Veo cositas de Fritz Lang, Sidney Lumet, Sam Peckinpah. Ve0 ‘Kramer contra Kramer’, ‘Marathon Man’, ‘La ley del silencio’, pego un repaso a Kubrick, veo de nuevo películas que en su momento me habían encantado para ver si mantengo la opinión de entonces. Me vuelvo a reír con la famosa escena de ‘Juego de lágrimas’, que supone uno de los momentos más astonishing de la historia del cine reciente.

Y cuando ya me percato de que estoy metido de lleno en una burbuja que rechaza el panorama actual, llegan ‘Toy Story 3′ e ‘Inception’. Mis amigos Pixar y Nolan vienen a expresarme su visión, me instan a que recapacite.

‘Toy Story 3′, un cierre perfecto a una trilogía que siempre me cayó antipática. Vaya usted a saber por qué. Los juguetes perduran, nosotros crecemos, y pensamos en la hipoteca, en el impuesto de circulación, y nos olvidamos de ese peluche (en mi caso, un perro llamado Canelo), al que llenábamos de babas y sudor cada noche, pero a él no le importaba mientras se sintiera abrazado por mí y por la almohada. Los personajes no son buenos ni malos, simplemente SON. Las circunstancias nos mueven al optimismo exacerbado de Woody o al nihilismo amoral de Lotso. Una película que parece destinada a niños, y que sirve para que los adultos se repriman el mar de lágrimas y mocos en los créditos finales mientras que sus hijos, sobrinos, etc. no entienden del todo qué está pasando. Me arrancó el alma y me costó días recuperarme. A quien no le ocurra lo mismo con los últimos diez minutos del metraje, considero que no tiene CORAZÓN.

Más tarde llega Nolan con ‘Inception’, el film más astuto de los últimos ¿lustros? Christopher Nolan ha inventado el blockbuster intelectual, y eso no se lo podemos negar cueste lo que cueste. En este ambiciosísimo enjambre onírico-realista que combina el preciosismo visual con el ritmo endiablado, y que tiene el increíble valor de crear una atmósfera tan literaria, que personalmente el que escribe celebraba cada momento de diálogo metafísico aun en medio de una vorágine de escenas de acción. Hans Zimmer está estupendo, y la fotografía es lo mejor que puede verse a día de hoy, a pesar de esa fortaleza invernal que nos revela los principales defectos de ‘Inception’. Y es que si a Nolan le falta pericia para mostrar claridad en las escenas más rompedoras (recordando a veces al James Bond de los 60), sí se luce en el derroche de conceptos, tanto visuales como narrativos, que repasan la literatura de, por ejemplo, Jorge Luis Borges, Italo Calvino o Philip K. Dick sin despeinarse. Es imposible que volvamos a ver cuatro realidades distintas contadas con esa fluidez, incluyendo una de ellas una pelea antigravitatoria que miré embobado. Dos horas y veinticinco minutos de éxtasis que pasan rápidamente, o no pasan, si tenemos en cuenta el profundo relativismo espacio-temporal que se propone en ‘Inception’.

Se le puede achacar su rotunda analogía con ‘Shutter Island’. Una analogía que tiene su momento cumbre en los planos oníricos de Michelle Williams/Marion Cotillard, y en ese Leonardo DiCaprio mojándose la cara para asimilar toda esa parafernalia. No me importa. ‘Inception’ es una película tan de este siglo, una continuación tan evidente (pero tan A LO GRANDE) de la plaga de grandes películas sobre metarrealidad (‘Existenz’, ‘Dark City’, ‘Matrix’ y ‘Nivel 13′), y tan llena de elementos que serán referenciados en la posteridad, que está condenada a abanderar algo. El qué, no lo sabemos aún.

Cinematical nos descubre seis interpretaciones distintas del final, y en mi querido Focoforo aún meditan sobre el fenómeno del hype que desde ‘El caballero oscuro’ siempre precederá al cine de Nolan.

‘Toy Story 3′ e ‘Inception’ han sido mis raciones de salvación del año. Películas que me hacen mejor persona. Películas que me enriquecen y que ayudan a que acoja con más agrado lo inminente.

Reseñas y opiniones sobre ‘Toy Story 3′ e ‘Inception’, aquí:

Henrique Lage

Alvy Singer

Noel Ceballos

Cine365 (1 y 2)

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Bondad

El otro día (sí, ese periodo de tiempo indefinido que puede ser ayer o hace seis meses y veinte días), me replanteé mi forma de ser por completo en base a un hecho insignificante.

Cuando esto ocurre, me encanta porque a pesar de tener 24 años y que muchos de mis allegados me digan que tengo mi vida prácticamente resuelta, el hecho de tener todavía margen de error, posibilidad de mejora y revoluciones en mi interior, significa que no todo está perdido.

Verán. El Mercadona más próximo a mi residencia actual está a 10 minutos. Es la suficiente distancia como para que sea absurdo coger el coche, pero para que la caminata cargando con bolsas sea importante.

Como decía, el otro día, vi a una señora cargando con bolsas del Mercadona. Resoplaba. Jadeaba. Daba cuatro o cinco pasos y se paraba, exhausta. Apenas podía con las bolsas. Me paré junto a ella en un paso de cebra que estaba atestado de gente.

Nadie parecía verla. Yo tampoco.

Anduve lentamente a través del paso de cebra, dudando en si debía hacer algo. De repente, sentí que la inacción me hacía culpable.

¿Qué podía hacer? Ayudarla con una o dos bolsas como mucho, porque yo ya llevaba una maleta con el material de trabajo. Ayudarla con una o dos bolsas. Y luego qué. ¿La ayudaba sólo hasta que me viniera de camino, para dejarla con las mismas bolsas sólo unos minutos después?

Yo llegaba cansado. ¿Seguro que quería acompañarla hasta la puerta de su casa, que me podía pillar lejos?

Mientras avanzaba con parsimonia, mi mente iba creando nuevas tramas, nuevas excusas, para seguir adelante con mi vida.

Llegué a otro paso de cebra, y miré hacia atrás para ver si la señora de las bolsas me seguía. Me sorprendió ver que ella ya estaba cogiendo las llaves para pararse frente a su portal.

Pensé: “Qué tontería. Sólo la habría ayudado durante dos minutos, y ella me lo habría agradecido”.

Preso del remordimiento, reflexioné acerca de los motivos por los cuales yo querría haberla ayudado.

Era una señora de 40 años que no me atraía físicamente, y tampoco habría aceptado una propina de habérmela ofrecido.

Cuando llegué al piso, llegué a una conclusión. Lo que yo creo que quería, es que ella sintiera que aún quedaban buenas personas. No necesariamente yo. Un club pequeño de personas con la sensibilidad de verte cargando con bolsas, y cargar un trecho del camino con algunas de ellas sin mirar el reloj continuamente. Que sonriera por la certeza de vivir en un mundo en el que todavía existen personas capaces de hacerlo.

Por un momento sonreí. Más tarde no. Nunca la culpabilidad había sido tan placentera. Me sentía culpable por la misma razón que me confirme a mí mismo que algo quedaba en mi interior, después de todo, que aún permanecía algo de bondad.

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