Conocí la narrativa de Haruki Murakami (Tokio, 1949) de la misma manera que casi cualquiera en España. Vi ejemplares de su Tokio Blues en lugares privilegiados en las estanterías de Fnac. Me acerqué, leí la contraportada, y me aventuré a comprarlo, pese a mi reticencia con los best-sellers. Me interesaba saber qué tenía que contar un japonés para ser traducido a este país. La sinopsis desvelaba un intrincado triángulo amoroso, y todo hacía presagiar que sería uno de esos libros que acaban en mi estantería para no ser movidos de allí hasta la próxima mudanza.
En un día en el que trabajé a turno partido, y tenía un descanso de 4 a 8 de la tarde, me sorprendí en una cafetería sin poder dejar de leer ese libro. Era increíble. El protagonista se sentía triste cuando recordaba viejos tiempos, cuando aún estaba perdido y no llevaba corbata, ni tenía un trabajo fijo ni un futuro próximo al que agarrarse. Leía con ímpetu un mundo en el que el personaje se veía abrumado por Naoko, una chica inestable e introvertida. Más tarde llegaba Midori, con su seguridad en sí misma, su vitalismo, su espíritu rompedor. Mientras leía, me sentía parte de ese mundo. Y quería que ese mundo no se acabara nunca. Quería recrearme en la posibilidad de cantar guitarra en mano la canción Norwegian Wood de los Beatles mientras la casa de al lado se está incendiando, y que una chica deje a su novio porque está enamorada de mí, y yo no sepa qué hacer porque nunca he manejado bien las emociones y por tanto, pongo como excusa los estudios aunque la vida académica no me interesa demasiado. Quiero tener un compañero de piso raro como Tropa de Asalto y un amigo nihilista como Nagasawa, al que envidiar y repudiar en mi interior a partes iguales.
Con sus frases cortas pero densas, sus pausas que quizás no quieran decir nada, y su misticismo implícito, Haruki Murakami ha sido desde aquella experiencia, uno de mis autores de referencia. Y me alegra llamar experiencia a la lectura de Tokio Blues, porque para mí la lectura raramente lo es, y confieso por ello mi condición de pésimo lector. La mayoría de los libros que leo, no evocan imágenes y sonidos en mi cabeza, y los pocos que lo hacen, apenas me llegan al alma. Tokio Blues, con sus defectos, sí lo hizo. Llegó luego Kafka en la Orilla, Sputnik, mi amor, Al sur de la frontera, al oeste del sol, After Dark, Sauce ciego, mujer dormida, El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, y pensé que lo de Tokio Blues había sido casi un accidente. No me llenaron de igual manera ese extraño letargo grupal, personas que hablan con gatos, idilios románticos fríos, chavales que hablan como si fueran titulados en tres carreras universitarias, personajes que hablan como robots, jazz por todas partes. La reconciliación llegó con De qué hablamos cuando hablamos de correr. Murakami me reconquistó con su analogía entre las carreras de fondo y la escritura de una novela. Seguramente, porque yo he probado ambas cosas, y la relación me pareció acertadísima, me sacudió por dentro.
Ahora, la editorial Tusquets nos hace llegar su última obra, 1Q84, una distopía que señala directamente con el dedo a la celebérrima novela de George Orwell (en japonés, el 9 y el sonido de la letra Q son homófonos), y creo que es el libro que más me ilusiona para este 2011. Quien me conoce, sabe de mi pasión por la ciencia-ficción, los universos paralelos, la especulación futurista. Gracias a Internet, devoro colecciones vetustas, busco libros descatalogados pero valiosos, los compro. Y si Murakami se ha metido en el jardín de aunar su narrativa con este género, espero no equivocarme al decir que soy un lector nacido para un libro como éste.

