Archivo mensual: marzo 2011

Clase

Recuerdo que iba por modas. Me acuerdo de sus nombres: Viki, Sandra, Mercedes, Marta, Sabina, Elena. De repente, y sin que ninguno supiéramos por qué, a todos los de la clase nos gustaba la misma chica, de la misma manera que un día aparecían todos con un yoyó, con canicas o con un trompo. Y ella, cómoda en su trono, se convertía en la nueva mujer del momento dentro de las paredes de nuestro aula. A veces yo estaba en ese colectivo de babosos por inercia, otras veces la cultura de la época me había convencido de las virtudes de la chica que tocaba, y me imaginaba con ella haciendo mil cosas, y siendo el centro de todas las miradas por haber conseguido tal premio. Porque sí, por aquel entonces yo pensaba que salir con una chica había que tomárselo como tal. La chica era el premio.

Estuve doce años en el mismo colegio. Mi colegio era pequeñito, de ambiente familiar. Con el tiempo aprendí de memoria cada esquina del patio, cada curiosidad, cada detalle. No teníamos clases A, B, C… como tenían casi todos los colegios. Éramos los mismos treinta. Año tras año. Mote tras mote.

Conocía mi sitio en el grupo, pero nunca me perdonaron que tuviera gafas, sacara ochos y nueves, y mis dotes para el fútbol fueran más bien escasas. Si bien Salva, que llegó a jugar en las categorías inferiores del Sevilla Fútbol Club, impuso la filosofía de que era más valioso jugar bien al fútbol que sacar buenas notas, poco podía hacer yo ahí. Recuerdo a Richi. Nunca entendí por qué era el amor platónico de todas las niñas de la clase, ni qué provocaba que todos los varones quisiesen ser su mejor amigo. Era simpático, sí, pero siempre me preguntaba qué sería de él cuando saliese de los muros del colegio. Recuerdo al hijoputa de Paco (no existe epíteto más suave, mil perdones). A José Carlos. A los dos David. A Manolo, que pasó de ser un gran amigo a alguien que nunca volvió a dirigirme la palabra.

El penúltimo año empecé a tener amigos fuera de las férreas fronteras del colegio, y descubrí lo miserable que había sido al intentar de manera perpetua integrarme en aquel grupo, conformarme con lo que no iba conmigo. Y en la despedida de fin de curso, me emborraché por primera vez en mi vida, feliz de perder de vista a la mayoría para siempre.

No he vuelto a ver tantas atrocidades, humillaciones, injusticias y vejaciones como en aquel lugar. Puede que haya vivido poco, pero la maldad que presencié allí era inenarrable. Desde pisar orugas lo justo para que siguiesen viviendo, hasta palizas a chicos de cursos inferiores porque así nos reímos. Y sin embargo, me despierto cada día siendo alguien que no quiero ser. Alguien que les echa de menos, que sonríe cada vez que en su mente aparece, de la nada, una anécdota. Soy imbécil. Me estoy haciendo mayor.

Si tengo en cuenta que mi actual compañero de piso pertenecía a esa clase, que el que me ha dado la oportunidad de trabajar donde trabajo ahora, también estaba allí, y que conservo tres o cuatro amigos a los que veo cada cierto tiempo, todo recobra su sentido. Si es que alguna vez lo tuvo.

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