Archivo mensual: abril 2011

Sobre Sevilla

(artículo publicado en Lares y Penates)

Desde que en el año 2005 descubrí que podía trabajar durante la Semana Santa en Sevilla para costearme el carnet de conducir, he aprovechado ese filón durante varios años. Son cinco o seis días muy duros en los que trabajas trece o catorce horas al día en un restaurante abarrotado de gente. Algo agotador, que luego se compensa con una cantidad cercana a los cuatro dígitos por una semana de trabajo.

Este año, sin embargo, he decidido no trabajar en Semana Santa. Podemos llamarlo lujo, o descubrir de una vez cuál era mi sentimiento hacia esta semana, a la que ya había asociado con negatividad y estrés.

Nunca he sido cofrade, pero en esta ocasión, me he visto en la obligación moral de enseñar la ciudad a una chica danesa, a un canadiense, a una polaca que venían de turismo por Sevilla. Todos esperaban ver procesiones, ver esa Semana Santa de Sevilla de la que todo el mundo habla.

Ha sido la peor Semana Santa que se recuerda. La primera Madrugá vacía desde el siglo XIX. Lo siento mucho no solo por los turistas a los que he conocido personalmente, sino por esa muchedumbre cuya perplejidad era evidente, con esa lluvia que ha arrebatado sus enormes expectativas.

Sevilla, y lo hemos visto claro esta semana, condensa todo tipo de turismo. Un turismo flexible, que si se resigna en no ver la Semana Santa, hace colas kilométricas para ver los Reales Alcázares, puebla la plaza de España, llena la plaza del Salvador en busca de una cervecita, asiste a una misa en la Catedral.

Es una riqueza tal la que tiene esta ciudad con tal flujo de turismo, que por primera vez en bastante tiempo me siento orgulloso de pertenecer a esta urbe, de sentirme sevillano. Y me pregunto por qué, no obstante, tengo una especie de aflicción ante lo puramente sevillano, esa sevillanía ombliguista que afirma que Sevilla tiene un color especial, y es lo mejón der mundo sin saber dónde está Noruega en un mapa.

Conclusiones que he extraído a partir de las impresiones de los turistas con los que me he relacionado esta semana:

- Las setas de la Encarnación no tienen sentido. Ha sido un disparate, poco atractivo y a todas luces inútil. He aguantado risas y sorna. Me han preguntado por qué no se ha ampliado la (lenta) línea de Metro con ese dinero. No he sabido qué responder.

- El nivel de inglés es preocupante y la estrechez de mente de algunos casi da vergüenza ajena. Los turistas extranjeros son medio tontos y deberían comprender perfectamente los gestos indicadores de los sevillanos.

- La falta de aperturismo. Fliparon los turistas cuando les comenté que tras esas vallas que no dejan ver nada, hay asientos por los que se paga un dineral para ver las procesiones. Lo mismo sucedía si les explicaba que para disfrutar de la Feria en condiciones, era preciso tener un amigo de un amigo de un amigo cuyo padre tiene una caseta.

- La Semana Santa es una inmejorable combinación de arte local, cultura, espiritualidad y emocionante espectáculo. Uno puede sentirla siendo católico, ateo, agnóstico, protestante, budista, o fan de Star Wars.

A raíz de esas conclusiones, que para mí han sido esclarecedoras, pido desde este humildísimo lugar que, sea quien sea quien gobierne a partir del día 22 de mayo, sea consciente de esos turistas buscando en Internet vuelos hacia Sevilla con nervios en las piernas, de esas agencias de viajes hablando maravillas del sitio donde vivimos, de esos viajantes cuyo esfuerzo de tener una enorme mochila en la espalda se ve compensado con las delicias que aún podemos ofrecerles en todos los sentidos, de nuestras tapas, de nuestra diversidad, del recuerdo que aún dejamos a los que hace tiempo que pasaron por aquí. No importa el partido político, importa Sevilla e importan nuestros invitados. Podemos no tener Semana Santa, pero procuremos que, al pensar en Sevilla, sonrían.

(Imagen de Juanje)

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