Archivo mensual: mayo 2011

‘Fin’ o el libro como producto

Esta semana va a ser crucial para el que escribe este pequeño texto. Hasta el momento he escrito dos novelas. Integridad y Sunderland. Son como la noche y el día.

Mientras que Integridad es una novela distópica en la que la III Guerra Mundial ya ha ocurrido, y el ser humano solo necesita dormir dos horas al día, Sunderland es la historia de un joven despreciable, que vive del cuento y sufre una dudosa catarsis (con una clara influencia del American Psycho de Bret Easton Ellis (uy, no debería haber dicho eso)).

Pues bien, durante esta semana sabré, de manera casi simultánea, si ambas novelas correrán buena suerte. El editor de una de la que es quizás la editorial más importante de ciencia-ficción y fantasía en España (compréndase que no indique cuál), me anunciará, por fin, si Integridad ha pasado el corte por el que él considera que mi obra es publicable. En cuanto a Sunderland, la he presentado a un importante premio literario de alcance universitario. Si no ganase, que sería lo estadísticamente probable, he hablado con un par de editoriales de mi ciudad que acogen con buenos ojos la idea de que publique con ellos.

Cuento todo esto para matizar por qué reflexiono sobre si un libro puede ser un producto (de hecho, ya me respondo yo mismo: claro que puede). En el momento en el que la trilogía de Stieg Larsson, los libros de Dan Brown o de Ken Follett se venden con la misma naturalidad que si fueran latas de coca-cola, podemos concluir que el libro claramente puede ser una mercancía, dispuesta a pasar de una librería a un ¿lector?, con el consecuente flujo millonario de dinero alrededor del mundo. Los promotores del premio Planeta lo saben muy bien.

Recuerdo lo que me ocurrió con la novela Fin, de David Monteagudo. Ha sido uno de los mayores fenómenos literarios del país en 2010, y todavía resulta, en la distancia, inexplicable cómo una novela de sus características irrumpió en una de las editoriales más elitistas del país (Acantilado) y vendiendo cientos de miles de ejemplares. Se aprovechó, además, para vender una historia: la de un trabajador en una factoría de cartón ondulado que presenta su primera novela a Acantilado (total, no se pierde nada), y los de la editorial, tras sus gafas de pasta y sus pañuelos de seda, se quedan encandilados con el inesperado descubrimiento.

Es Fin una novela extraña, en tanto que busca el realismo en los diálogos de un grupo de amigos que pasan una noche en el campo, para pasar rápidamente a la intriga de terror, al misterio e incluso a la distopía. El éxito de Fin está muy claro, y tiene mucho que ver con las voces indignadas que han declarado que Fin es una broma pesada. Se trata de la creación de expectativas. La serie Lost se hizo inmensamente célebre por plantear preguntas, capítulo a capítulo, temporada a temporada, cuyas respuestas supondrían una explosión de revelaciones en el caso de ser contestadas. Monteagudo, el autor de Fin, sabía, como sabían los guionistas de Lost, Joan Lindsay (la autora de Picnic en Hanging Rock), o el director de cine Nacho Vigalondo, que la creación de expectativas te mantiene ahí, como lector o espectador, sin plantearte siquiera si lo que te mantiene cautivado te gusta o te parece algo de calidad.

En mi caso, leí Fin durante una mudanza, sin nada que hacer excepto esperar el día en que abandonaría mi piso de entonces. En pleno julio, sin aire acondicionado y un ventilador a dos metros de mi cara, terminé Fin en un solo día, parando solo para almorzar. No reconocerlo sería hipócrita. Cuando acabé, me lancé sobre el portátil rápidamente, buscando reacciones en Internet sobre lo que había leído.

¿Se adecuan mis dos novelas a lo que he narrado sobre Fin? ¿Pueden considerarse mis dos novelas un producto, como sucede con los libros de Stieg Larsson, Dan Brown, Ken Follett, Stephenie Meyer, J. K. Rowling? No lo creo. Sin embargo, me he dejado el alma escribiéndolas. Lloré de emoción cuando escribí la última palabra de Integridad, y salí a comer algo, eufórico, cuando terminé la última página de Sunderland. Lo que ocurra a partir de ahora es casi secundario. Pero no niego que me tiemblan las piernas ante un posible éxito. O dos.

(Artículo publicado en Lares y Penates)

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