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Vainilla

Para mí tu carne

Editorial 23 Escalones, 2011

352 páginas / ISBN 978-84-15-10474-2

Autores: Carlos Sisí, Juan de Dios Garduño, Juan Ángel Laguna, Virginia Pérez de la Puente, Pedro Escudero Zumel, Alejandro Castroguer, Vanessa Benítez Jaime, Luisfer Romero Calero, Félix Morales Hidalgo, Manuel Mije, Francisco J. Sosa Garduño, Francisco Jesús Franco

 

Era el año 2004 cuando descubrí la página web Cyberdark.net, un inmenso compendio de toda la literatura que yo quería leer. No podía ni siquiera soñar con aparecer alguna vez ahí, entre todos esos autores que, en el impulso de mi post-adolescencia, me parecían dioses. Año 2011. Estoy en Cyberdark.net, entrando por la puerta pequeña, sin hacer ruido. Pero cumpliendo un sueño.

El pasado verano recibí la propuesta de participar en una antología de zombies. Pero, ¿qué sabía yo de zombies? El único conocimiento con el que contaba era haber visto (y disfrutado) El amanecer de los muertos, magnífica película de Zack Snyder. Aterrado ante la idea de escribir un relato mediocre ante un tema que no controlaba, hice lo que hago siempre. Llevar las cosas a mi terreno. Así pues, escribí Vainilla, un pequeño cuento sobre la culpabilidad, la vida, la muerte, y la justicia divina. Los zombies son lo de menos. O no.

4000 palabras de nada. Estoy convencido de que si a alguien le gusta cómo escribo (si es que hay alguien), disfrutará bastante la lectura de Vainilla. Porque es puro yo, con mis neurosis habituales, final sorpresa y diálogos con interrupciones.

He leído algunos de los relatos de mis compañeros, y son muy buenos. El libro merece la pena sí o sí. Y algunos de los escribidores con los que comparto autoría son unos auténticos cracks.

 Así que anuncio que Para mí, tu carne, se puede ir reservando desde YA en Cyberdark.net, aunque su lanzamiento definitivo será el 5 de agosto. La portada ha quedado muy cuca, y no sé si puedo dar garantía de calidad, pero sí garantía del cariño puesto en el libro.

Ficha del libro en Cyberdark, para ir reservando

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Tour de force

A E., que probablemente nunca leerá esto

No lo esperabas. Pero llegó.
Tenías un sistema perfecto. A tus veinticinco años, tu relación con el sexo opuesto consistía en, digamos, diez o quince mujeres a las que habías dedicado con más o menos pasión algunas horas de tu tiempo.
No trataste bien a muchas mujeres, pero no te importaba. A veces reparabas más en su físico que en su personalidad, así que no te sentías en la obligación de comprenderlas, o de averiguar qué pensaban ellas.
Descubriste pronto que los hombres que tienen éxito con las mujeres son aquellos que son unos cabrones con ellas. No dejabas que ellas te afectasen, porque habías comprobado que cuando una chica empezaba a pasar por tu cabeza y tus sueños más de la cuenta, obligabas a tu mente a alejarla de tu vida, a ignorar sus virtudes y amplificar sus defectos. Y si además pensabas que se lo merecía, de paso le mostrabas tu desprecio y la humillabas por haberse fijado en ti.
No creías que fueras mala persona por ello. Recordabas al detalle todos los no que habías recibido por parte de chicas a las que adoraste cuando tenías entre catorce y dieciocho años, te recreabas pensando en que las mujeres son todas unas perras, porque no podía ser de otra manera. Pensabas en esas novias de tus amigos, que no hacían más que quitarles tiempo y dinero, influirles negativamente y convertirles en sus esclavos. Y algunos te admiraban, porque una ruptura amorosa apenas significaba algo para ti, y sabías pasar página con increíble eficiencia.
Eras muy reservado respecto a expresar amor, cariño, y aprecio, porque supiste que cuando uno expresa cosas así, se torna vulnerable y débil. Y tú no querías ser débil.
Hace varios meses, saliste con una chica de la que te aprovechaste descaradamente. Ella debía pagar por todos los daños que te causaron las anteriores. Tu relación acabó fatal. Os dijisteis de todo, os faltasteis al respeto. Pero a ti no te importaba. Al contrario: respiraste aliviado porque por fin te liberabas de la obligación de tener que verla con frecuencia, ahora que ya no te servía para tu propósito.
Preguntaste por ella a sus amigos. Está fatal, dijeron algunos. Otros: se la ve dolida. Viste que te borró del Facebook, que ya no quería saber nada más de ti. Y te regocijaste porque pensaste: he ganado. Ella está peor que yo. A mí me da igual.
Tres días después, conociste a una chica extranjera. La idea era realizar un intercambio inglés-español. Pero cuando viste que era guapa, simpática y divertida, de repente tenías otros planes. Ella no hablaba español, así que partiste con la misma mentalidad: podías aprovecharte de ella para mejorar tu inglés. Hablásteis durante horas en un café llamado Nostalgia (como si fuera una premonición). La impresionaste con tu verborrea, tu sentido del humor, tu conocimiento del cine, tu sociabilidad. Te excusaste diciendo que habías quedado. Y era cierto. Cenaste con tu amigo J., hablaste con él de cine y literatura como si nada. Aún no te habías percatado de lo que acababa de ocurrir aquella tarde de viernes.
Y para el día siguiente, cuando rechazaste un ofrecimiento de un amigo para ver el Barça-Real Madrid porque preferiste verlo con ella, supiste que ella era diferente. O que tú eras diferente.
Lo que ocurrió a partir de ahí nunca lo hubieras imaginado: fue la primera amiga/novia que presentaste a tus padres y hermanos formalmente, afirmaste abiertamente que sentías amor, tomaste café con ella en cien lugares diferentes, fuiste a terrazas, restaurantes; tú hablabas y ella sonreía, ella hablaba y tú mirabas con pasión sus ojos verdes; fuisteis juntos a un partido de fútbol; contemplasteis juntos Sevilla desde la Giralda; fuisteis al cine a ver una de Woody Allen; os quedabais hablando hasta que no podíais más de sueño; os regalasteis libros y a veces os quedabais en casa viendo películas y vídeos en Youtube; ibais juntos al supermercado, y ella te esperaba cuando salías de trabajar.
Jugasteis a ser pareja de una forma tan natural, tan sana, que apenas creías que merecieses tanta felicidad. Una felicidad nueva. La felicidad que habías estado buscando tanto tiempo, disparando a ciegas. Pero nunca habías disparado tan cerca.
En un momento dado, ella te dijo que prefería que solo fueseis amigos, que no sentía nada por ti. Pero tú preferías pensar que su agobio le hacía decir esas cosas. Le diste espacio por un tiempo, y volvisteis a veros con la misma jovialidad, la misma pasión.
A los dos meses, ella te anunció que se marchaba a su país escandinavo natal. Lloraste durante una semana, pero no había nada que hacer. El soplo de realidad te hizo ver que pertenecíais a dos vidas distintas.
Pasaron pensamientos muy negativos por tu cabeza. Era el ego el que hablaba por ti. Ella me ha usado para enriquecer su experiencia en Sevilla. Ahora volverá a su vida y no querrá saber nada de mí.
Pero ya no valían esas frases misóginas que te habían caracterizado en otros tiempos. Ya no podías decir las tías son unas perras, porque la habías conocido a ella. Si ella te había dado tanto, cabía esperanza en tu relación no solo con las mujeres, sino con los demás en general.
Recorres ahora Sevilla, y Sevilla es diferente. Es diferente porque cruzas cada calle, pasas por lugares que observas e identificas porque has estado allí con ella. Lugares donde ella te contó una anécdota, o tú le dijiste algo a ella, y ella se rió y tú la mirabas y le diste un abrazo y sus mejillas rosadas y su pelo rubio brillaban bajo el sol. Es diferente porque ves a una chica rubia a lo lejos, y tienes la irrisoria esperanza de que sea ella, que ha vuelto.
Y aunque tu vida seguirá adelante, porque siempre tienes muchas cosas que hacer, y además te gusta hacerlas, tienes tus amigos con los que te ríes, tu familia, tus libros, tus películas y tu música, sabes que esto ha sido un tour de force.
Y tus amigos y conocidos se alegran de tu aventura. Te dicen: seguro que habrás aprendido de esto, conocerás a otra, el tiempo lo cura todo, pero acuérdate de lo que has sentido, sonríe porque al fin ocurrió. Ya era hora de que fueras humano, seguro que esto te sirve para tener material para una de tus novelas. Etcétera.
Nadie comprende lo que ella te ha dado, porque nadie sabe que ella te ha abierto las puertas de un mundo nuevo. Un mundo en el que puedes tener algo tan bonito que de repente las preocupaciones que te acechan junto a la almohada (la salud, la muerte, los estudios, la trascendencia, la literatura) se empequeñecen. Un mundo en el que una persona que ni siquiera habla tu idioma, te sonríe y te desarma, en el que no hay por qué aprovecharse de la gente, en el que no todas las tías son unas perras.
Lloras, pero en realidad te alegras porque vivir sin ella será ahora un desafío que resolverás con valentía. Y ahora sabes que eres más humano. Y recuerdas el porqué de las cosas. ¿Cuándo había sido la última vez que te habías mostrado tan débil sin que te incomodase? ¿Cuándo había sido la última vez que no te habías avergonzado de mostrarte cercano, cariñoso, apasionado?
Tu pregunta es obvia: ¿y ahora qué? Ahora, seguir viviendo. Pero sabes que ya no va a ser lo mismo. Que todo ha cambiado. Porque eres tú el que ha cambiado.

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Sobre Sevilla

(artículo publicado en Lares y Penates)

Desde que en el año 2005 descubrí que podía trabajar durante la Semana Santa en Sevilla para costearme el carnet de conducir, he aprovechado ese filón durante varios años. Son cinco o seis días muy duros en los que trabajas trece o catorce horas al día en un restaurante abarrotado de gente. Algo agotador, que luego se compensa con una cantidad cercana a los cuatro dígitos por una semana de trabajo.

Este año, sin embargo, he decidido no trabajar en Semana Santa. Podemos llamarlo lujo, o descubrir de una vez cuál era mi sentimiento hacia esta semana, a la que ya había asociado con negatividad y estrés.

Nunca he sido cofrade, pero en esta ocasión, me he visto en la obligación moral de enseñar la ciudad a una chica danesa, a un canadiense, a una polaca que venían de turismo por Sevilla. Todos esperaban ver procesiones, ver esa Semana Santa de Sevilla de la que todo el mundo habla.

Ha sido la peor Semana Santa que se recuerda. La primera Madrugá vacía desde el siglo XIX. Lo siento mucho no solo por los turistas a los que he conocido personalmente, sino por esa muchedumbre cuya perplejidad era evidente, con esa lluvia que ha arrebatado sus enormes expectativas.

Sevilla, y lo hemos visto claro esta semana, condensa todo tipo de turismo. Un turismo flexible, que si se resigna en no ver la Semana Santa, hace colas kilométricas para ver los Reales Alcázares, puebla la plaza de España, llena la plaza del Salvador en busca de una cervecita, asiste a una misa en la Catedral.

Es una riqueza tal la que tiene esta ciudad con tal flujo de turismo, que por primera vez en bastante tiempo me siento orgulloso de pertenecer a esta urbe, de sentirme sevillano. Y me pregunto por qué, no obstante, tengo una especie de aflicción ante lo puramente sevillano, esa sevillanía ombliguista que afirma que Sevilla tiene un color especial, y es lo mejón der mundo sin saber dónde está Noruega en un mapa.

Conclusiones que he extraído a partir de las impresiones de los turistas con los que me he relacionado esta semana:

- Las setas de la Encarnación no tienen sentido. Ha sido un disparate, poco atractivo y a todas luces inútil. He aguantado risas y sorna. Me han preguntado por qué no se ha ampliado la (lenta) línea de Metro con ese dinero. No he sabido qué responder.

- El nivel de inglés es preocupante y la estrechez de mente de algunos casi da vergüenza ajena. Los turistas extranjeros son medio tontos y deberían comprender perfectamente los gestos indicadores de los sevillanos.

- La falta de aperturismo. Fliparon los turistas cuando les comenté que tras esas vallas que no dejan ver nada, hay asientos por los que se paga un dineral para ver las procesiones. Lo mismo sucedía si les explicaba que para disfrutar de la Feria en condiciones, era preciso tener un amigo de un amigo de un amigo cuyo padre tiene una caseta.

- La Semana Santa es una inmejorable combinación de arte local, cultura, espiritualidad y emocionante espectáculo. Uno puede sentirla siendo católico, ateo, agnóstico, protestante, budista, o fan de Star Wars.

A raíz de esas conclusiones, que para mí han sido esclarecedoras, pido desde este humildísimo lugar que, sea quien sea quien gobierne a partir del día 22 de mayo, sea consciente de esos turistas buscando en Internet vuelos hacia Sevilla con nervios en las piernas, de esas agencias de viajes hablando maravillas del sitio donde vivimos, de esos viajantes cuyo esfuerzo de tener una enorme mochila en la espalda se ve compensado con las delicias que aún podemos ofrecerles en todos los sentidos, de nuestras tapas, de nuestra diversidad, del recuerdo que aún dejamos a los que hace tiempo que pasaron por aquí. No importa el partido político, importa Sevilla e importan nuestros invitados. Podemos no tener Semana Santa, pero procuremos que, al pensar en Sevilla, sonrían.

(Imagen de Juanje)

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Clase

Recuerdo que iba por modas. Me acuerdo de sus nombres: Viki, Sandra, Mercedes, Marta, Sabina, Elena. De repente, y sin que ninguno supiéramos por qué, a todos los de la clase nos gustaba la misma chica, de la misma manera que un día aparecían todos con un yoyó, con canicas o con un trompo. Y ella, cómoda en su trono, se convertía en la nueva mujer del momento dentro de las paredes de nuestro aula. A veces yo estaba en ese colectivo de babosos por inercia, otras veces la cultura de la época me había convencido de las virtudes de la chica que tocaba, y me imaginaba con ella haciendo mil cosas, y siendo el centro de todas las miradas por haber conseguido tal premio. Porque sí, por aquel entonces yo pensaba que salir con una chica había que tomárselo como tal. La chica era el premio.

Estuve doce años en el mismo colegio. Mi colegio era pequeñito, de ambiente familiar. Con el tiempo aprendí de memoria cada esquina del patio, cada curiosidad, cada detalle. No teníamos clases A, B, C… como tenían casi todos los colegios. Éramos los mismos treinta. Año tras año. Mote tras mote.

Conocía mi sitio en el grupo, pero nunca me perdonaron que tuviera gafas, sacara ochos y nueves, y mis dotes para el fútbol fueran más bien escasas. Si bien Salva, que llegó a jugar en las categorías inferiores del Sevilla Fútbol Club, impuso la filosofía de que era más valioso jugar bien al fútbol que sacar buenas notas, poco podía hacer yo ahí. Recuerdo a Richi. Nunca entendí por qué era el amor platónico de todas las niñas de la clase, ni qué provocaba que todos los varones quisiesen ser su mejor amigo. Era simpático, sí, pero siempre me preguntaba qué sería de él cuando saliese de los muros del colegio. Recuerdo al hijoputa de Paco (no existe epíteto más suave, mil perdones). A José Carlos. A los dos David. A Manolo, que pasó de ser un gran amigo a alguien que nunca volvió a dirigirme la palabra.

El penúltimo año empecé a tener amigos fuera de las férreas fronteras del colegio, y descubrí lo miserable que había sido al intentar de manera perpetua integrarme en aquel grupo, conformarme con lo que no iba conmigo. Y en la despedida de fin de curso, me emborraché por primera vez en mi vida, feliz de perder de vista a la mayoría para siempre.

No he vuelto a ver tantas atrocidades, humillaciones, injusticias y vejaciones como en aquel lugar. Puede que haya vivido poco, pero la maldad que presencié allí era inenarrable. Desde pisar orugas lo justo para que siguiesen viviendo, hasta palizas a chicos de cursos inferiores porque así nos reímos. Y sin embargo, me despierto cada día siendo alguien que no quiero ser. Alguien que les echa de menos, que sonríe cada vez que en su mente aparece, de la nada, una anécdota. Soy imbécil. Me estoy haciendo mayor.

Si tengo en cuenta que mi actual compañero de piso pertenecía a esa clase, que el que me ha dado la oportunidad de trabajar donde trabajo ahora, también estaba allí, y que conservo tres o cuatro amigos a los que veo cada cierto tiempo, todo recobra su sentido. Si es que alguna vez lo tuvo.

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Caballeros, princesas y otras bestias

Imaginemos una conversación al distribuir la excelente película ‘Eternal Sunshine of the Spotless Mind’ (2004, Michel Gondry) en España.

- Jefe, tenemos un peliculón, con buen guión, dirección y con Jim Carrey y Kate Winslet de protagonistas, nada menos.

-¡Ah, Jim Carrey! El otro día vi con mis hijos ‘Mentiroso Compulsivo’. ¡Qué gracioso es ese tío! ¿Cómo se traduce eso? Que yo de inglés…

-Pues podría ser ‘Brillo eterno de una mente sin recuerdos’, o ‘Resplandor eterno’, o ‘mente inmaculada’, o ‘mente sin mancha’… ‘Brillo eterno de la mente sin recuerdos’, sí.

-¡Agh, qué título tan cursi! Así no vendemos.

-Pero, jefe, tiene su sentido, es de un verso de ‘Eloisa a Abelardo’, del poeta Alexander Pope.

-Que no es negociable. A ver, ¿de qué va?

-Pues es de un tío que descubre que su novia ha ido a que le conecten una máquina al cerebro para que le borren sus recuerdos con él, y los malos rollos.

-¡Ah, ya lo tengo! Jim Carrey, olvidar malos recuerdos… ¡Olvídate de mí!

-Jefe, si me lo permite, es un título espantoso. ¡No es una comedia aunque salga Jim Carrey, es un dramón del quince, la película más romántica que he visto en mi vida!

-Bah, la gente se dará cuenta de eso cuando ya haya pagado la entrada.

Esta recreación ficticia viene a cuento porque, cuando hablo de cine con amigos de fuera de España, realmente me da vergüenza recitar los títulos que colocan aquí a las películas. En este contexto, veo el tráiler de lo que parece una simpática comedia ambientada en el medievo, con el director de ‘Superfumados’ y James Franco, Danny McBride y Natalie Portman como protagonistas (atención, por cierto, al hilarante momento ‘with magic, motherfucker‘).

Con evidentes anacronismos y un tono paródico, esta película se llama en su idioma original, ‘Your highness’ (su alteza). Viendo que es un título demasiado serio que podría dar a entender que estamos ante una adaptación de Jane Austen o Henry James, en El Focoforo comenzamos a abrir un gran debate sobre el título que podría tener. Lo mejor de todo es que, a pesar de las risibles sugerencias, nos veíamos con posibilidades de que uno de ellos fuera el resultado final.

  • “Dos cruzados muy fumados”
    “Agárrame esa princesa”
    “El gordo, el guapo y la guerrera”
    “El penúltimo caballero”
    “Dragones y patorras”
    “Reina como puedas”
    “Un yonqui en la corte del rey Arturo”
    “Un principado muy pirado”
    “Un reinado de pelotas”
    “El reino de los celos”
    “Desmadre real”
    “Kingdom Movie”
    “Dragones y fumetas”
    “El Señor de los Porrillos”
    “Hechiza como puedas”
    “Movida total en el reino medieval”
    “El Príncipe de los mamones”
    “Fabius y Thadeus:¡desmadre en la Tierra Media!”
    “La corte del Rey Canuto”
    “Dos tontos muy tontos (y un dragón)”
    “Colega, dónde está mi corcel”.

Hace poco, hemos sido informados de la decisión de la distribuidora: ‘Caballeros, princesas y otras bestias‘. No hemos acertado, pero ¡y lo bien que lo hemos pasado!

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Balance

Son las 14.41 y este blog, Esperanza y Constancia, va por las 920 visitas en las últimas 12 horas. No es mala cifra para un blog personal. Sin embargo, y lo comprendo, Esperanza y Constancia parece tener señales inequívocas de que está en un mal momento.

Miro este año 2010 que ha terminado, y sólo he escrito 16 posts en todo el año. Para un lugar en el que yo pretendía escribir con regularidad para mantenerme en forma, es a todas luces una mala cifra. Para analizar esto, no me he dado cuenta por mí mismo. Recientemente, han sido varios los amigos y conocidos que me han preguntado: ¿y tu blog? ¿Sigue? Yo hace un año que no me meto. Y es lógico. Si uno entra aquí, y mira la fecha del último post, lo más seguro es que haga más de dos semanas desde la última actualización.

También lo veo en los comentarios. Algunos posts que escribí, generaban debates, conversaciones. Ahora el formato ha cambiado. Muchos hablaban, en 2007, de la inminente muerte de los blogs. No sé si eso ha ocurrido ya, pero hemos pasado de comentar en un blog, a hacer clic en me gusta. Antes recomendábamos posts de blogs que merecen la pena, ahora hacemos RT en Twitter y enviamos canciones a la bandeja de entrada en Spotify. No es mejor ni peor; es cambio.

Admito mi parte de culpa. Este año he hecho una vida más analógica. He preferido escribir en Moleskines que delante de una pantalla. He terminado dos novelas para que, si Dios quiere, se publiquen en papel dentro de no demasiado. Mi próximo libro, en el que he participado junto al colectivo Sevilla Escribe, saldrá en marzo de este año. He pasado del 2.0 al 1.0, y eso lo noto.

Y sin embargo, echo la vista atrás, con tantas pequeñas notas sobre literatura, cine, música, deportes, actualidad, tecnología, y vida diaria, y no veo motivo para dejar morir Esperanza y Constancia. Mientras tenga estas dos, y WordPress me dé hosting, seguiré reflexionando en este blog, anunciando cosas, iluminando mi pequeño rincón donde, desde que empecé, tanto he logrado.

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La copa del meado

Hemos ganado la copa del meado, y los que han perdido, se la han bebido.

Recuerdo cada nota de este cántico anónimo que en mi colegio utilizábamos cada vez que ganábamos un partido de fútbol en el recreo. Me encantaba esa ironía, hacer mención a que ese partido no tenía ninguna trascendencia, pero que teníamos todo el derecho del mundo a celebrarlo.

Ahora, y quizás por eso de que la literatura posiblemente “no sirve para nada” y que quizás los escritores somos unos masoquistas obsesionados con una quimera, un concurso literario no puede tener mejor título que la copa del meado.

Competimos:

· Juan José Fernández Cerero, poeta, autor de ‘Oro’ y célebre twittero. Es el claro favorito de este torneo, digan lo que digan.

· Jesús Rodríguez, periodista de los de verdad. Se le puede ver en El Correo de Andalucía y miembro activo de Sin Futuro y sin un Duro.

· Pablo Buentes, también poeta, también periodista, tiene mi simpatía eterna por ser fan de Mike Oldfield y Blade Runner.

· y yo, con ánimo de divertirme, mantenerme en forma escribiendo y por qué no, intentar ganar.

El tema de la semana anterior ha sido el último café, y el nivel ha sido altísimo. La semana que viene, promete, el tema será: primer día en una ciudad nueva. El domingo saldrán los textos (que pueden ser poemas, relatos, microrrelatos…)

Están invitados a leer, votar y comentar.

Enlace | La copa del meado

Página en Facebook | La copa del meado

Mi último café | Leer

PD: ¡Felices fiestas a todos!

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Yo pasé la gripe A

Ha pasado más de un año y ahora puedo contarlo.

Era octubre de 2009, y estaba en un mediocre hotel de San Ġiljan, en la isla de Malta. Me encontraba disfrutando de una beca del ministerio de Educación, de estas para aprender inglés.

Una mañana me levanté, y me di cuenta de que apenas tenía fuerzas para hacerlo. Tosí un par de veces y supe que esa tos no era común. Era una tos pesada y lenta. Me dolía la cabeza, la espalda, los hombros, las piernas. El mero hecho de estar dentro de ese cuerpo me molestaba, como si hubieran pegado una paliza.

Como a esas alturas medio hotel estaba en esa situación, cogí el portátil de Arturo, mi gran compañero de viaje, y empecé a buscar en Internet los síntomas de la gripe A, una variante de la gripe de toda la vida con la que los medios de comunicación nos estaban bombardeando, acerca de una epidemia que podría provocar millones de muertos.

Comprobé con cierto temor que cumplía todos y cada uno de los síntomas que aparecían en esa página web de prevención.

Fui a una farmacia cercana, y vi que el Tamiflu, que parecía ser el medicamento estándar, valía unos 30 euros, y me negué a comprarlo. A cambio, me automediqué con Nolotil, Ibuprofeno, y todo aquello que había llevado entre mis cosas.

Pasé dos días malos, en los que a pesar de que la temperatura ambiente no bajaba de los veinte grados, tenía que permanecer acostado en la cama, bajo una manta, y aproveché para ver ‘Moon’, el último capítulo de ‘House’, y otras formas aceptables de matar el tiempo. Cuando ya me encontré un poco mejor, lavé y planché algunas prendas de ropa, leí un poco de ‘Entre limones’ de Chris Stewart, escuché música, y vi algunos vídeos en Youtube.

Deseé con todas mis fuerzas que el simple transcurrir de las horas traería una mejora paulatina. No quería decirle a nadie que tenía la gripe A. No quería alertar a mis padres. Me informé de que si iba a un hospital maltés y se enteraban de que tenía la gripe A, podían impedir mi vuelta a España en el día en el que tenía comprado el billete de regreso. La paranoia en Malta respecto a ella era tremenda. Carteles por todas partes. Gel higienizante para las manos en el hall de los hoteles, en los bares, en los pubs, en cada aula de la academia.

Dos días después, estaba como nuevo. Sólo había faltado a un par de clases de la academia, así que ello no iba a traer consecuencias serias. Pero no lo voy a negar. Por un lado, estaba muy aliviado de que aquello no había sido nada. Algo que había padecido otras muchas veces en mi vida. Por el otro, estaba muy enfadado al saber por mí mismo que vivo en un mundo que se rige por el miedo. Dicen que podemos morir con la gripe A y nos lo creemos. Nos ofrecen cualquier información y la asimilamos sin plantearnos su origen, su leit-motiv.

Varios conocidos míos, fueron retenidos en México en la misma fecha en la que yo estuve en Malta, por si habían traído la gripe A. Recuerdo las reacciones de las personas de mi entorno cuando hablaban de la gripe A. En sus palabras, en sus caras, había pavor, incertidumbre, impotencia. Yo prefería recordar otros apocalipsis anteriores: la gripe aviar, las abejas, las vacas locas, la neumonía asiática.

Ahora, sí, puedo decirlo: yo pasé la gripe A, y sobreviví a ella, como sobrevivo a un catarro cada año. Así que exijo mi derecho a ser escéptico, a no asumir las cosas de primeras, mi derecho a dudar.

Escena de ‘Network’ (1976), profético film de Sidney Lumet, y por cierto, una de mis películas preferidas.

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Esperando un taxi

Hace unos veinte años, mi madre estaba segura de que yo terminaría siendo alguien famoso, que saldría habitualmente en TV y en la prensa. Obviamente, ni ella ni yo sabíamos que existiría Internet.

Desde 2007, podría estar bastante contento respecto a este pensamiento. He estado en dos canales de radio, mi nombre ha salido en los periódicos 20 Minutos, El Correo de Andalucía, ADN, ABC, Metro, Diario de Cádiz, he aparecido en la emisora local Giralda TV,  y en Televisión de Castilla y León (me parece que se llama así), y varias revistas. Si además cuento las páginas web, blogs, etc., ni siquiera podría enumerarlas. ¿La importancia que le doy a esto? Ni mucha ni poca. Realmente, en muchos aspectos, eso no significa absolutamente nada.

Lo que quiero decir es que esas apariciones han sido exclusivamente para temas culturales, y más en concreto gracias a los (mínimos) conocimientos que tengo de literatura extranjera y cine actual.

Pero nunca me iba a imaginar que saldría en la portada de un periódico mientras esperaba un puñetero taxi. Recuerdo el día, 26 de diciembre de 2007. Eran las 2:30 de la mañana y yo salía de currar de un restaurante del centro. Lloviéndome encima, y una hora en la parada de la puerta de Jerez, me pareció ver a unos chavales con cámara de fotos y preguntando a gente por la calle.

Un amigo de mi hermano me avisó en su momento, pero lo dejé pasar. Han pasado tres años, pero he ido a la hemeroteca, y efectivamente. Para mi sorpresa salgo dos veces (una esperando el taxi, y otra metiéndome por fin en un taxi con una sonrisa en mi cara), y en una de ellas mi foto ocupa casi media página, más que la publicidad. Juro por todo lo jurable que no es una pose, aunque lo parezca, y que no tenía ni idea de que estaba siendo fotografiado.

Sólo quería compartirlo. Me parece curioso.

Páginas 2 y 3 del Diario de Sevilla de 26/12/2007

 

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Clásicos

Ella le despertó a sacudidas devolviéndolo a la callada oscuridad. Esta es la primera frase de la novela Oscuridad Exterior, de Cormac McCarthy.
Puede decirse que sólo con esta frase, McCarthy ha tumbado todo lo que yo haya escrito nunca.
Como lector analítico, puedo interpretar en esa frase que él estaba soñando. Cuando sueñas, no hay oscuridad, sino luces en mayor o menor medida. Quizás una pesadilla. Nunca lo sabremos. Nos imaginamos cómo ella le despierta con brusquedad por algún motivo de urgencia: peligro, alegría, necesidad de llegar puntual a algún compromiso u obligación. El hecho de que la oscuridad sea callada, induce a pensar que probablemente están en el campo, o en un pueblo tranquilo, y por ende es posible que estemos en otra época, en una época pasada donde lo rural superaba a lo urbano.
Es desesperanzador leer a tan buenos narradores, porque si McCarthy con sólo diez palabras, me ha puesto en jaque, ocurre lo mismo si leo a J. M. Coetzee (mi último descubrimiento sensacional), Le Clézio, Ian McEwan, Thomas Pynchon o Philip Roth. Ellos me recuerdan, a través de ficciones, que me queda muchísimo por aprender, si no infinito.
Tengo varios proyectos literarios en mente, unos cuajarán, otros no. El proceso editorial es lento, y lloverá antes de que pueda anunciar algo material.
Mientras tanto, y dado que la carrera de Ingeniería Informática tiene un final más ancho de lo que esperaba (algo que se agrava con mis escarceos con la hostelería y mi nuevo oficio de profesor particular a domicilio), sigo con un ejercicio masoquista. Virginia Woolf decía que era doloroso leer a los clásicos, pero necesario. Recuerdo esa frase todos los días. Leer a escritores consagrados, o joyas literarias que me recomienda gente que considero de criterio, me derrumba con frecuencia, pero he de hacerlo.
En el momento en el que leo el cómic El gusto del cloro, del joven Bastien Vivès, y contemplo cómo con apenas 30-40 líneas de diálogo, es capaz de manifestar sentimientos que yo aún no puedo, me digo: ‘Mejora. Al menos, inténtalo’.

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Pixar y Nolan

Se repite la historia. En 2008 fueron Pixar y el director y escritor británico Christopher Nolan los que salvaron mi año cinematográfico, con ‘Wall-E’ y ‘El Caballero Oscuro’ respectivamente.

En un año en el que competía contra mi propio hastío por creer en el presente y el futuro del séptimo arte, un año en el que contemplo cómo centenares de gafapastas se agolpan en el cine de verano de la universidad (gratuito) para ver ‘Los 400 Golpes’ sólo para considerarse dentro de una élite intelectual abstracta. La ciudadanía sigue adorando la tecnología de Avatar, y no paran de hablar de verla en DVD con BLUE-RAY con HD, a través de un cable HDMI… y un sinfín más de siglas y franquicias. Asisto a la proyección de la maravillosa ‘Nausicaä en el valle del viento’, una de las películas más imaginativas del genio Miyazaki, en el cine más independiente de mi ciudad, y veo una cola de lindas guiris de unos veinte años que acuden a ese inhóspito cine porque es el único lugar donde se puede ver ‘Eclipse’ en VOS.

A mi modo, me refugio en el cine clásico. Veo cositas de Fritz Lang, Sidney Lumet, Sam Peckinpah. Ve0 ‘Kramer contra Kramer’, ‘Marathon Man’, ‘La ley del silencio’, pego un repaso a Kubrick, veo de nuevo películas que en su momento me habían encantado para ver si mantengo la opinión de entonces. Me vuelvo a reír con la famosa escena de ‘Juego de lágrimas’, que supone uno de los momentos más astonishing de la historia del cine reciente.

Y cuando ya me percato de que estoy metido de lleno en una burbuja que rechaza el panorama actual, llegan ‘Toy Story 3′ e ‘Inception’. Mis amigos Pixar y Nolan vienen a expresarme su visión, me instan a que recapacite.

‘Toy Story 3′, un cierre perfecto a una trilogía que siempre me cayó antipática. Vaya usted a saber por qué. Los juguetes perduran, nosotros crecemos, y pensamos en la hipoteca, en el impuesto de circulación, y nos olvidamos de ese peluche (en mi caso, un perro llamado Canelo), al que llenábamos de babas y sudor cada noche, pero a él no le importaba mientras se sintiera abrazado por mí y por la almohada. Los personajes no son buenos ni malos, simplemente SON. Las circunstancias nos mueven al optimismo exacerbado de Woody o al nihilismo amoral de Lotso. Una película que parece destinada a niños, y que sirve para que los adultos se repriman el mar de lágrimas y mocos en los créditos finales mientras que sus hijos, sobrinos, etc. no entienden del todo qué está pasando. Me arrancó el alma y me costó días recuperarme. A quien no le ocurra lo mismo con los últimos diez minutos del metraje, considero que no tiene CORAZÓN.

Más tarde llega Nolan con ‘Inception’, el film más astuto de los últimos ¿lustros? Christopher Nolan ha inventado el blockbuster intelectual, y eso no se lo podemos negar cueste lo que cueste. En este ambiciosísimo enjambre onírico-realista que combina el preciosismo visual con el ritmo endiablado, y que tiene el increíble valor de crear una atmósfera tan literaria, que personalmente el que escribe celebraba cada momento de diálogo metafísico aun en medio de una vorágine de escenas de acción. Hans Zimmer está estupendo, y la fotografía es lo mejor que puede verse a día de hoy, a pesar de esa fortaleza invernal que nos revela los principales defectos de ‘Inception’. Y es que si a Nolan le falta pericia para mostrar claridad en las escenas más rompedoras (recordando a veces al James Bond de los 60), sí se luce en el derroche de conceptos, tanto visuales como narrativos, que repasan la literatura de, por ejemplo, Jorge Luis Borges, Italo Calvino o Philip K. Dick sin despeinarse. Es imposible que volvamos a ver cuatro realidades distintas contadas con esa fluidez, incluyendo una de ellas una pelea antigravitatoria que miré embobado. Dos horas y veinticinco minutos de éxtasis que pasan rápidamente, o no pasan, si tenemos en cuenta el profundo relativismo espacio-temporal que se propone en ‘Inception’.

Se le puede achacar su rotunda analogía con ‘Shutter Island’. Una analogía que tiene su momento cumbre en los planos oníricos de Michelle Williams/Marion Cotillard, y en ese Leonardo DiCaprio mojándose la cara para asimilar toda esa parafernalia. No me importa. ‘Inception’ es una película tan de este siglo, una continuación tan evidente (pero tan A LO GRANDE) de la plaga de grandes películas sobre metarrealidad (‘Existenz’, ‘Dark City’, ‘Matrix’ y ‘Nivel 13′), y tan llena de elementos que serán referenciados en la posteridad, que está condenada a abanderar algo. El qué, no lo sabemos aún.

Cinematical nos descubre seis interpretaciones distintas del final, y en mi querido Focoforo aún meditan sobre el fenómeno del hype que desde ‘El caballero oscuro’ siempre precederá al cine de Nolan.

‘Toy Story 3′ e ‘Inception’ han sido mis raciones de salvación del año. Películas que me hacen mejor persona. Películas que me enriquecen y que ayudan a que acoja con más agrado lo inminente.

Reseñas y opiniones sobre ‘Toy Story 3′ e ‘Inception’, aquí:

Henrique Lage

Alvy Singer

Noel Ceballos

Cine365 (1 y 2)

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Bondad

El otro día (sí, ese periodo de tiempo indefinido que puede ser ayer o hace seis meses y veinte días), me replanteé mi forma de ser por completo en base a un hecho insignificante.

Cuando esto ocurre, me encanta porque a pesar de tener 24 años y que muchos de mis allegados me digan que tengo mi vida prácticamente resuelta, el hecho de tener todavía margen de error, posibilidad de mejora y revoluciones en mi interior, significa que no todo está perdido.

Verán. El Mercadona más próximo a mi residencia actual está a 10 minutos. Es la suficiente distancia como para que sea absurdo coger el coche, pero para que la caminata cargando con bolsas sea importante.

Como decía, el otro día, vi a una señora cargando con bolsas del Mercadona. Resoplaba. Jadeaba. Daba cuatro o cinco pasos y se paraba, exhausta. Apenas podía con las bolsas. Me paré junto a ella en un paso de cebra que estaba atestado de gente.

Nadie parecía verla. Yo tampoco.

Anduve lentamente a través del paso de cebra, dudando en si debía hacer algo. De repente, sentí que la inacción me hacía culpable.

¿Qué podía hacer? Ayudarla con una o dos bolsas como mucho, porque yo ya llevaba una maleta con el material de trabajo. Ayudarla con una o dos bolsas. Y luego qué. ¿La ayudaba sólo hasta que me viniera de camino, para dejarla con las mismas bolsas sólo unos minutos después?

Yo llegaba cansado. ¿Seguro que quería acompañarla hasta la puerta de su casa, que me podía pillar lejos?

Mientras avanzaba con parsimonia, mi mente iba creando nuevas tramas, nuevas excusas, para seguir adelante con mi vida.

Llegué a otro paso de cebra, y miré hacia atrás para ver si la señora de las bolsas me seguía. Me sorprendió ver que ella ya estaba cogiendo las llaves para pararse frente a su portal.

Pensé: “Qué tontería. Sólo la habría ayudado durante dos minutos, y ella me lo habría agradecido”.

Preso del remordimiento, reflexioné acerca de los motivos por los cuales yo querría haberla ayudado.

Era una señora de 40 años que no me atraía físicamente, y tampoco habría aceptado una propina de habérmela ofrecido.

Cuando llegué al piso, llegué a una conclusión. Lo que yo creo que quería, es que ella sintiera que aún quedaban buenas personas. No necesariamente yo. Un club pequeño de personas con la sensibilidad de verte cargando con bolsas, y cargar un trecho del camino con algunas de ellas sin mirar el reloj continuamente. Que sonriera por la certeza de vivir en un mundo en el que todavía existen personas capaces de hacerlo.

Por un momento sonreí. Más tarde no. Nunca la culpabilidad había sido tan placentera. Me sentía culpable por la misma razón que me confirme a mí mismo que algo quedaba en mi interior, después de todo, que aún permanecía algo de bondad.

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