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Las tres conchas

El pasado día 5 de agosto salió una antología de relatos titulada ‘Para mí tu carne’. Está editada por editorial 23 Escalones, y es de temática zombi. Participo en este libro con un relato titulado Vainilla. Esto viene a colación de un pequeño elemento que hay en mi relato (aunque si piensan que he aprovechado para promocionar el libro, que a propósito puede comprarse aquí, están en lo cierto): se trata de este fragmento,

Estamos unas diez personas en la habitación. Algunos llegaron ayer, Joan y yo estamos aquí encerrados desde el mismo martes en el que comenzó el Segundo Calendario.

Todos los que han leído el relato, desde que lo escribiera en julio del año pasado, me han preguntado qué significa eso del Segundo Calendario: si es metáfora de algo, si representa un detalle que se les ha escapado, si tiene alguna intención oculta…

Me recuerda esto a la ya clásica película noventera Demolition Man (1993, Marco Brambilla), que en medio de su estética futurista y mezcla de acción y comedia a lo Aldous Huxley tiene su mayor secreto en una chorrada: en lugar del papel higiénico tras satisfacer las necesidades fisiológicas, hay tres conchas cuya función es desconocida para el agente Spartan, que ha sido congelado durante 40 años y es ahora un turista del futuro.

Las tres conchas han pasado a formar parte de la cultura popular. Por la red podemos encontrar incluso teorías de su posible uso (que no mencionaremos por ser demasiado escatológicas). ¿Cuál es el sentido de las tres conchas? No lo averiguaremos porque, sencillamente, este no existe. Es un chiste insertado en la película. Ni siquiera los guionistas lo saben, y si lo saben, disfrutan del legado de este misterio.

James Joyce dijo: “Escribí Ulíses para mantener ocupados a los críticos durante doscientos años pensando en qué quise decir”. De la misma manera Stanley Kubrick los ha mantenido ocupados con el último plano de La naranja mecánica (donde un conjunto de burgueses ovacionan una violación) o con la totalidad de El resplandor o 2001: odisea en el espacio, desde los simios y el monolito hasta el feto sideral del último minuto. ¿Cometió Patrick Bateman los asesinatos y las barbaridades que narra en American Psycho, la novela de Bret Easton Ellis? ¿Era Rick Deckard un replicante en Blade Runner? ¿Qué era real y qué era ficticio en Mulholland Drive? ¿Qué era soñado en Inception?

La habilidad por intentar comprender el ansia del consumidor cultural de obtener respuestas fue muy bien traída en la serie Lost, que escondía un mensaje espiritual en una amalgama de preguntas sin responder, cada vez más complejas, cada vez más ininteligibles.

El Segundo Calendario, en mi relato, no significa nada, de la misma manera que no es posible hallar el modo de uso de las tres conchas. Mi novela Integridad, que se publicará (espero) estas Navidades, tiene muchos detalles de este estilo. Y debo reconocer que me gustará comprobar que muchos lectores buscarán la lógica y respuestas en frases en las que ni yo he reparado.

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Vainilla

Para mí tu carne

Editorial 23 Escalones, 2011

352 páginas / ISBN 978-84-15-10474-2

Autores: Carlos Sisí, Juan de Dios Garduño, Juan Ángel Laguna, Virginia Pérez de la Puente, Pedro Escudero Zumel, Alejandro Castroguer, Vanessa Benítez Jaime, Luisfer Romero Calero, Félix Morales Hidalgo, Manuel Mije, Francisco J. Sosa Garduño, Francisco Jesús Franco

 

Era el año 2004 cuando descubrí la página web Cyberdark.net, un inmenso compendio de toda la literatura que yo quería leer. No podía ni siquiera soñar con aparecer alguna vez ahí, entre todos esos autores que, en el impulso de mi post-adolescencia, me parecían dioses. Año 2011. Estoy en Cyberdark.net, entrando por la puerta pequeña, sin hacer ruido. Pero cumpliendo un sueño.

El pasado verano recibí la propuesta de participar en una antología de zombies. Pero, ¿qué sabía yo de zombies? El único conocimiento con el que contaba era haber visto (y disfrutado) El amanecer de los muertos, magnífica película de Zack Snyder. Aterrado ante la idea de escribir un relato mediocre ante un tema que no controlaba, hice lo que hago siempre. Llevar las cosas a mi terreno. Así pues, escribí Vainilla, un pequeño cuento sobre la culpabilidad, la vida, la muerte, y la justicia divina. Los zombies son lo de menos. O no.

4000 palabras de nada. Estoy convencido de que si a alguien le gusta cómo escribo (si es que hay alguien), disfrutará bastante la lectura de Vainilla. Porque es puro yo, con mis neurosis habituales, final sorpresa y diálogos con interrupciones.

He leído algunos de los relatos de mis compañeros, y son muy buenos. El libro merece la pena sí o sí. Y algunos de los escribidores con los que comparto autoría son unos auténticos cracks.

 Así que anuncio que Para mí, tu carne, se puede ir reservando desde YA en Cyberdark.net, aunque su lanzamiento definitivo será el 5 de agosto. La portada ha quedado muy cuca, y no sé si puedo dar garantía de calidad, pero sí garantía del cariño puesto en el libro.

Ficha del libro en Cyberdark, para ir reservando

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‘Fin’ o el libro como producto

Esta semana va a ser crucial para el que escribe este pequeño texto. Hasta el momento he escrito dos novelas. Integridad y Sunderland. Son como la noche y el día.

Mientras que Integridad es una novela distópica en la que la III Guerra Mundial ya ha ocurrido, y el ser humano solo necesita dormir dos horas al día, Sunderland es la historia de un joven despreciable, que vive del cuento y sufre una dudosa catarsis (con una clara influencia del American Psycho de Bret Easton Ellis (uy, no debería haber dicho eso)).

Pues bien, durante esta semana sabré, de manera casi simultánea, si ambas novelas correrán buena suerte. El editor de una de la que es quizás la editorial más importante de ciencia-ficción y fantasía en España (compréndase que no indique cuál), me anunciará, por fin, si Integridad ha pasado el corte por el que él considera que mi obra es publicable. En cuanto a Sunderland, la he presentado a un importante premio literario de alcance universitario. Si no ganase, que sería lo estadísticamente probable, he hablado con un par de editoriales de mi ciudad que acogen con buenos ojos la idea de que publique con ellos.

Cuento todo esto para matizar por qué reflexiono sobre si un libro puede ser un producto (de hecho, ya me respondo yo mismo: claro que puede). En el momento en el que la trilogía de Stieg Larsson, los libros de Dan Brown o de Ken Follett se venden con la misma naturalidad que si fueran latas de coca-cola, podemos concluir que el libro claramente puede ser una mercancía, dispuesta a pasar de una librería a un ¿lector?, con el consecuente flujo millonario de dinero alrededor del mundo. Los promotores del premio Planeta lo saben muy bien.

Recuerdo lo que me ocurrió con la novela Fin, de David Monteagudo. Ha sido uno de los mayores fenómenos literarios del país en 2010, y todavía resulta, en la distancia, inexplicable cómo una novela de sus características irrumpió en una de las editoriales más elitistas del país (Acantilado) y vendiendo cientos de miles de ejemplares. Se aprovechó, además, para vender una historia: la de un trabajador en una factoría de cartón ondulado que presenta su primera novela a Acantilado (total, no se pierde nada), y los de la editorial, tras sus gafas de pasta y sus pañuelos de seda, se quedan encandilados con el inesperado descubrimiento.

Es Fin una novela extraña, en tanto que busca el realismo en los diálogos de un grupo de amigos que pasan una noche en el campo, para pasar rápidamente a la intriga de terror, al misterio e incluso a la distopía. El éxito de Fin está muy claro, y tiene mucho que ver con las voces indignadas que han declarado que Fin es una broma pesada. Se trata de la creación de expectativas. La serie Lost se hizo inmensamente célebre por plantear preguntas, capítulo a capítulo, temporada a temporada, cuyas respuestas supondrían una explosión de revelaciones en el caso de ser contestadas. Monteagudo, el autor de Fin, sabía, como sabían los guionistas de Lost, Joan Lindsay (la autora de Picnic en Hanging Rock), o el director de cine Nacho Vigalondo, que la creación de expectativas te mantiene ahí, como lector o espectador, sin plantearte siquiera si lo que te mantiene cautivado te gusta o te parece algo de calidad.

En mi caso, leí Fin durante una mudanza, sin nada que hacer excepto esperar el día en que abandonaría mi piso de entonces. En pleno julio, sin aire acondicionado y un ventilador a dos metros de mi cara, terminé Fin en un solo día, parando solo para almorzar. No reconocerlo sería hipócrita. Cuando acabé, me lancé sobre el portátil rápidamente, buscando reacciones en Internet sobre lo que había leído.

¿Se adecuan mis dos novelas a lo que he narrado sobre Fin? ¿Pueden considerarse mis dos novelas un producto, como sucede con los libros de Stieg Larsson, Dan Brown, Ken Follett, Stephenie Meyer, J. K. Rowling? No lo creo. Sin embargo, me he dejado el alma escribiéndolas. Lloré de emoción cuando escribí la última palabra de Integridad, y salí a comer algo, eufórico, cuando terminé la última página de Sunderland. Lo que ocurra a partir de ahora es casi secundario. Pero no niego que me tiemblan las piernas ante un posible éxito. O dos.

(Artículo publicado en Lares y Penates)

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1Q84

Conocí la narrativa de Haruki Murakami (Tokio, 1949) de la misma manera que casi cualquiera en España. Vi ejemplares de su Tokio Blues en lugares privilegiados en las estanterías de Fnac. Me acerqué, leí la contraportada, y me aventuré a comprarlo, pese a mi reticencia con los best-sellers. Me interesaba saber qué tenía que contar un japonés para ser traducido a este país. La sinopsis desvelaba un intrincado triángulo amoroso, y todo hacía presagiar que sería uno de esos libros que acaban en mi estantería para no ser movidos de allí hasta la próxima mudanza.

En un día en el que trabajé a turno partido, y tenía un descanso de 4 a 8 de la tarde, me sorprendí en una cafetería sin poder dejar de leer ese libro. Era increíble. El protagonista se sentía triste cuando recordaba viejos tiempos, cuando aún estaba perdido y no llevaba corbata, ni tenía un trabajo fijo ni un futuro próximo al que agarrarse. Leía con ímpetu un mundo en el que el personaje se veía abrumado por Naoko, una chica inestable e introvertida. Más tarde llegaba Midori, con su seguridad en sí misma, su vitalismo, su espíritu rompedor. Mientras leía, me sentía parte de ese mundo. Y quería que ese mundo no se acabara nunca. Quería recrearme en la posibilidad de cantar guitarra en mano la canción Norwegian Wood de los Beatles mientras la casa de al lado se está incendiando, y que una chica deje a su novio porque está enamorada de mí, y yo no sepa qué hacer porque nunca he manejado bien las emociones y por tanto, pongo como excusa los estudios aunque la vida académica no me interesa demasiado. Quiero tener un compañero de piso raro como Tropa de Asalto y un amigo nihilista como Nagasawa, al que envidiar y repudiar en mi interior a partes iguales.

Con sus frases cortas pero densas, sus pausas que quizás no quieran decir nada, y su misticismo implícito, Haruki Murakami ha sido desde aquella experiencia, uno de mis autores de referencia. Y me alegra llamar experiencia a la lectura de Tokio Blues, porque para mí la lectura raramente lo es, y confieso por ello mi condición de pésimo lector. La mayoría de los libros que leo, no evocan imágenes y sonidos en mi cabeza, y los pocos que lo hacen, apenas me llegan al alma. Tokio Blues, con sus defectos, sí lo hizo. Llegó luego Kafka en la Orilla, Sputnik, mi amor, Al sur de la frontera, al oeste del sol, After Dark, Sauce ciego, mujer dormida, El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, y pensé que lo de Tokio Blues había sido casi un accidente. No me llenaron de igual manera ese extraño letargo grupal, personas que hablan con gatos, idilios románticos fríos, chavales que hablan como si fueran titulados en tres carreras universitarias, personajes que hablan como robots, jazz por todas partes. La reconciliación llegó con De qué hablamos cuando hablamos de correr. Murakami me reconquistó con su analogía entre las carreras de fondo y la escritura de una novela. Seguramente, porque yo he probado ambas cosas, y la relación me pareció acertadísima, me sacudió por dentro.

Ahora, la editorial Tusquets nos hace llegar su última obra, 1Q84, una distopía que señala directamente con el dedo a la celebérrima novela de George Orwell (en japonés, el 9 y el sonido de la letra Q son homófonos), y creo que es el libro que más me ilusiona para este 2011. Quien me conoce, sabe de mi pasión por la ciencia-ficción, los universos paralelos, la especulación futurista. Gracias a Internet, devoro colecciones vetustas, busco libros descatalogados pero valiosos, los compro. Y si Murakami se ha metido en el jardín de aunar su narrativa con este género, espero no equivocarme al decir que soy un lector nacido para un libro como éste.

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Tres visiones de Solaris

El pasado agosto colaboré con Manuel Mije y Félix Morales, dos grandes promesas de la ciencia-ficción española, en un extenso artículo sobre Solaris, tanto la novela de Stanislaw Lem, como las adaptaciones al cine de Andrej Tarkovski y Steven Soderbergh. Está publicado en el número 4 de la revista digital Generación Zero.

Estamos nominados al IV Premio Internacional de las Editoriales Electrónicas (PIEE) en la categoría de mejor ensayo de 2010. El ganador se anunciará el próximo 1 de mayo de 2011. No lo tenemos fácil, ya que el propio Manuel Mije está nominado por otro artículo en solitario, y los artículos sobre Ballard y Hugo Correa son muy buenos.

Descargar el artículo en PDF | aquí

Lista completa de nominados

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Huevos

Ayer ocurrió algo muy bonito. Mi amigo Juan Gómez-Jurado, escritor de fama internacional, autor de las novelas Espía de Dios, Contrato con Dios y El Emblema del Traidor, puso a disposición de los lectores su primera novela en su cuenta de Twitter.

Gómez-Jurado, que en los últimos meses se ha expresado en favor del cambio al libro electrónico, y con una postura reacia a la Ley Sinde y a la demonización de las descargas, publicó en ALT1040 un artículo controvertido titulado La Piratería no existe.

Poco después, como reacción, recibió una carta del ínclito Alejandro Sanz (ultradefensor de los derechos de autor y que está convencido de que la piratería y el hambre en África están relacionados), donde le instaba a tener huevos de poner su novela gratis.

Su propuesta ha sido ésta:

La respuesta ha sido enorme. En cuestión de horas, a pesar de la crisis, la incertidumbre, se han donado más de 4000 euros a Save The Children (que nos consten, sin contar anónimos), y no me quiero ni imaginar el número de descargas de Espía de Dios. Emocionante, maravilloso.

Descargar ‘Espía de Dios’ | aquí

Donar a Save The Children

Relacionado | Mi entrevista a Juan Gómez-Jurado en Papel en Blanco

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La copa del meado

Hemos ganado la copa del meado, y los que han perdido, se la han bebido.

Recuerdo cada nota de este cántico anónimo que en mi colegio utilizábamos cada vez que ganábamos un partido de fútbol en el recreo. Me encantaba esa ironía, hacer mención a que ese partido no tenía ninguna trascendencia, pero que teníamos todo el derecho del mundo a celebrarlo.

Ahora, y quizás por eso de que la literatura posiblemente “no sirve para nada” y que quizás los escritores somos unos masoquistas obsesionados con una quimera, un concurso literario no puede tener mejor título que la copa del meado.

Competimos:

· Juan José Fernández Cerero, poeta, autor de ‘Oro’ y célebre twittero. Es el claro favorito de este torneo, digan lo que digan.

· Jesús Rodríguez, periodista de los de verdad. Se le puede ver en El Correo de Andalucía y miembro activo de Sin Futuro y sin un Duro.

· Pablo Buentes, también poeta, también periodista, tiene mi simpatía eterna por ser fan de Mike Oldfield y Blade Runner.

· y yo, con ánimo de divertirme, mantenerme en forma escribiendo y por qué no, intentar ganar.

El tema de la semana anterior ha sido el último café, y el nivel ha sido altísimo. La semana que viene, promete, el tema será: primer día en una ciudad nueva. El domingo saldrán los textos (que pueden ser poemas, relatos, microrrelatos…)

Están invitados a leer, votar y comentar.

Enlace | La copa del meado

Página en Facebook | La copa del meado

Mi último café | Leer

PD: ¡Felices fiestas a todos!

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[Reseña] ‘No te supe perder’, de Salvador Navarro

Admitámoslo de una vez. La literatura en Sevilla está prácticamente en coma. Sí, hay algunos novelistas y poetas en esta ciudad que emergen de vez en cuando, si acaso, como accidentales cumbres, y los que no son accidentales, como Isaac Rosa, se largan de aquí en cuanto pueden.

¿Imaginan la alegría del que esto escribe cuando veo que un ingeniero sevillano, que podría vivir tranquilamente disfrutando del horario flexible, las dietas, las amplias vacaciones, etcétera, etcétera, se lanza a escribir, y además lo hace bien?

Reseñé el pasado año su novela ‘Andrea no está loca’ y señalaba, con más o menos tino, el por qué de su condición primeriza, imperfecta. Pues bien, ‘No te supe perder’, su última obra es tan consistente, que lo que menos me ha gustado es algo tan poco relevante (en teoría), como su título o que incluya una entradilla en la propia portada (nada más que decir sobre la cuidada edición de Guadalturia). No por nada, sino porque uno puede pensar que estamos ante una novela-culebrón. Y es más, podría pensarse eso incluso tras su lectura, aunque sea por tratar un tema tan manido y políticamente correcto como la lacra del maltrato, a nivel físico, emocional, psicológico.

‘No te supe perder’ se ambienta en una Sevilla paralela a la que estamos acostumbrados. Era ya hora de que alguien, alguien de dentro, nos muestre que Sevilla tiene una cotidianeidad en la que no aparecen cofradías, casetas de la feria de Abril, calor intenso, turistas. Hay más: hay pisos, bares, un palacio de congresos, una ciudad europea. Además del acierto de contar con un escenario urbano alejado de lo prototípico, hay que decir que el valor de realizar una novela coral en estos tiempos, y no naufragar, es muy considerable.

En estos términos, ‘No te supe perder’ está lleno de hijos de puta y de ingenuos y débiles. Precisamente la falta de empatía del lector hacia cualquier personaje que puebla la novela, es una virtud más. Una novela-río donde uno asiste a las peripecias de estos seres casi desesperanzados, donde nadie es fundamental pero tampoco prescindible. Además, los nombres de los capítulos, coronados por los nombres de los personajes, uno a uno, nos dan pistas sobre en quién nos debemos fijar con más atención para captar los puntos de inflexión narrativos.

Y sobre todo, el estilo. Salvador Navarro ha conseguido una prosa cuidadísima, dispuesta a ornamentar con filosofía básica cada párrafo de narración fluida. No sabemos quién es el narrador, pero enseguida toma partido, opina, juzga, se adelanta a los acontecimientos, lanza hipótesis y saca conclusiones. Y no es difícil. Tenemos a Yann, un individuo inseguro en todos los sentidos, a Marga, una lesbiana a la que no podemos pedir perspectiva de futuro porque ni siquiera sabe qué hará mañana, a Lucía, la psicóloga autosuficiente que sin embargo no quiere mirar dentro de ella misma por medio a lo que encuentre… Sujetos que, como los personajes de Bitter Moon (1992, Roman Polanski) quieren encontrar en algo externo lo que ellos mismos no tienen,  y para ello están dispuestos a la esclavitud emocional, a la persistencia de la vejación y el desdén.

Referencias, pues no sé qué decir, sinceramente. A pesar de tener un lenguaje tan directo, que ya veíamos en ‘Andrea no está loca’, diríase que se acerca más a Bret Easton Ellis que a Bukowski, a Paul Auster más que a Ian McEwan, y especialmente el glamour y la minuciosidad que parecen envolver todo. Si este novelista se dedica a revisar cajas de cambio de automóviles, es normal que la ausencia de lagunas argumentales o sintácticas no sea anecdótica. Pese al léxico coloquial de los diálogos, y a decir las cosas por su nombre, todas las palabras dan la sensación de ser las adecuadas.

Hay personas que parecen no querer ser felices. Se recrean en su desgracia, en su vacío emocional, porque así pasan el tiempo entretenidos. Cuentan su vida y sus miserias sin pudor. Es el caso de todos los que forman parte de ‘No te supe perder’. Prefieren mandarse mensajes de móvil porque su cobardía les impide solucionar sus problemas de un plumazo.

¿Que no es perfecta? Ya lo sabemos. ¿Que hay lugares comunes? No lo negamos. La sordidez acompaña a Salvador Navarro, y quizás podamos esperar con fervor una novela más sobria, más relajada y sin que “pasen tantas cosas”. Probar otros géneros, otros escenarios, no encasillarse, alejarse del telefilm. Pero mientras tanto, es recomendable saborear esta última pequeña joya de una promesa que ya está dejando de ser promesa, a cada día que pasa, para ser un escritor al que debemos tener en cuenta. Leamos sobre personas, personas humanas, que nunca pasan de moda y que nos revelan información sobre nosotros mismos. Para leer sobre catedrales, templarios, vampiros y conspiraciones milenarias, ya están otros.

Llegamos al final del libro y, por fin, un poco de esperanza. No en Yann y los demás, sino en nuestra especie. Llegan las despedidas, los cambios de rumbo que en algunos casos son golpe de timón, y nos preguntamos: ¿a quién no sabemos o supimos perder?

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Clásicos

Ella le despertó a sacudidas devolviéndolo a la callada oscuridad. Esta es la primera frase de la novela Oscuridad Exterior, de Cormac McCarthy.
Puede decirse que sólo con esta frase, McCarthy ha tumbado todo lo que yo haya escrito nunca.
Como lector analítico, puedo interpretar en esa frase que él estaba soñando. Cuando sueñas, no hay oscuridad, sino luces en mayor o menor medida. Quizás una pesadilla. Nunca lo sabremos. Nos imaginamos cómo ella le despierta con brusquedad por algún motivo de urgencia: peligro, alegría, necesidad de llegar puntual a algún compromiso u obligación. El hecho de que la oscuridad sea callada, induce a pensar que probablemente están en el campo, o en un pueblo tranquilo, y por ende es posible que estemos en otra época, en una época pasada donde lo rural superaba a lo urbano.
Es desesperanzador leer a tan buenos narradores, porque si McCarthy con sólo diez palabras, me ha puesto en jaque, ocurre lo mismo si leo a J. M. Coetzee (mi último descubrimiento sensacional), Le Clézio, Ian McEwan, Thomas Pynchon o Philip Roth. Ellos me recuerdan, a través de ficciones, que me queda muchísimo por aprender, si no infinito.
Tengo varios proyectos literarios en mente, unos cuajarán, otros no. El proceso editorial es lento, y lloverá antes de que pueda anunciar algo material.
Mientras tanto, y dado que la carrera de Ingeniería Informática tiene un final más ancho de lo que esperaba (algo que se agrava con mis escarceos con la hostelería y mi nuevo oficio de profesor particular a domicilio), sigo con un ejercicio masoquista. Virginia Woolf decía que era doloroso leer a los clásicos, pero necesario. Recuerdo esa frase todos los días. Leer a escritores consagrados, o joyas literarias que me recomienda gente que considero de criterio, me derrumba con frecuencia, pero he de hacerlo.
En el momento en el que leo el cómic El gusto del cloro, del joven Bastien Vivès, y contemplo cómo con apenas 30-40 líneas de diálogo, es capaz de manifestar sentimientos que yo aún no puedo, me digo: ‘Mejora. Al menos, inténtalo’.

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Correr y escribir

Corro a menudo. No con la frecuencia que yo quisiera, por supuesto. En cualquier caso se limita a los fines de semana, y algún día de diario en el que pospongo las miles de tareas pendientes para emplear una hora en esa droga mala que es correr.
No hago nada heroico. Parto de mi piso hasta el Prado de San Sebastián, y vuelvo. En total, unos seis o siete kilómetros, dependiendo del camino que elija.
Las motivaciones son distintas cada vez: hay veces que lo único que me anima es la botella de Aquarius que me beberé luego en dos tragos; en otras ocasiones, necesito una hora para mí, para recapacitar algunas ideas literarias o planteamientos varios a los que tengo que enfrentarme, totalmente a solas; casi siempre es para alejarme de esa realidad de estudiante que son largas horas frente al ordenador o los apuntes, para distraerme con la calle y sentirme parte del mundo.
Me es casi imprescindible escuchar música, y recurro a These New Puritans, Blur, Kasabian, Garbage y en general grupos cuyas canciones pueden conseguir que me ponga como una moto. Es el momento en el que adelanto a cuarentones, y cruzo miradas con transeúntes que, para sus adentros, piensan: “Tendría que ponerme a correr, como hace ese chaval”. Pero no es ese mi objetivo. La hora que dedico a correr, el Aquarius y la ducha posterior, esa sensación de ser consciente de las posibilidades y limitaciones de mi cuerpo, para alguien tan “cerebral” como yo, es muy de agradecer.
En este contexto, ha venido como un regalo del cielo el nuevo libro de Haruki Murakami (o, al menos, el último editado en España por Tusquets), ‘De qué hablo cuando hablo de correr‘.
Murakami se aleja de sus habituales elementos fantásticos, para escribir algo parecido a unas memorias, en las que se intuyen muchos apuntes autobiográficos, pero en realidad la meta del texto es transmitir a modo de diario cómo correr le ha ayudado a ser escritor, como hábito, como oficio.
Correr es duro. Escribir también. Uno no sabe muy bien por qué lo hace, y en un caso las piernas se resienten, y en el otro, los sentimientos, el cerebro, o qué sé yo. Es en esto que el autor japonés compara la escritura de una novela con correr una maratón.
Aunque el libro no me ha entusiasmado demasiado (quizás la descripción de su primera maratón en Grecia, de manera completamente extraoficial e incluso espiritual, sí es fascinante), ‘De qué hablo…’ me ha cautivado porque para alguien, como yo, que escribe y corre, uno puede sentirse menos solo. Y la literatura, consiste en eso, voluntaria o involuntariamente: en escribir para sentirse menos solo, en leer para sentirse menos solo.
Además, Murakami ofrece sanos y útiles consejos para quien escribe en la adversidad, en el pluriempleo, en el que escribe por las noches porque no tiene otra hora en el día para ponerse a ello, quien escribe y no sabe muy bien para qué o quién lo hace. Se puede sacar tiempo para correr, y se puede sacar tiempo para escribir.
Por último, engloba una frase que puede ser un resumen de su filosofía de vida (tanto en su faceta de atleta amateur como de novelista): “Al menos aguantó sin caminar hasta el final”.
En lo personal, ha sido un reencuentro con la obra de Murakami, con la que estaba desencantado tras la decepción de ‘After Dark’. Sabía que esta reconciliación se produciría tarde o temprano, puesto que este escritor, junto con Philip K. Dick, Jonathan Carroll o Julio Verne, es de los pocos que puedo afirmar que “me cambiaron la vida”.
Mañana, cuando corra, atravesando el barrio del Porvenir, me acordaré sin duda de este libro.

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Reinventando

‘Orgullo y prejuicio y zombies’, así se llama la novela cuyo título y concepto más me ha cautivado en los últimos meses. Su autor se llama Seth Grahame-Smith, y su obra ha consistido en añadir a la archiconocida trama del libro de Jane Austen, el componente zombi que tan de moda está en el panorama literario alternativo con títulos como ‘Guerra mundial Z’, de Max Brooks.

En una era que sigue insistiendo en las conspiraciones milenarias, las catedrales con oscuro pasado, los templarios de la orden de San Cucufato, y amoríos en la dorada Sevilla del siglo XV, no puedo sino abrazar que alguien saque a la luz algo titulado ‘Orgullo y prejuicio y zombies’. No es plagio, no es falta de originalidad. Todo lo contrario. La capacidad de reinventar clásicos es un ejercicio de estilo que considero que no está al alcance de cualquiera. Así, ‘Inteligencia Artificial’, la película de Steven Spielberg, es un Pinocchio con complejo de Edipo; ‘Caperucita en Manhattan’, de Carmen Martín Gaite, o ‘Freeway’, de Matthew Bright, versiones más ácidas de la Caperucita Roja de Perrault.

La originalidad, la innovación no tiene por qué fundamentarse en personajes totalmente nuevos, y situaciones que nunca han ocurrido. Eso sí, hay algunos autores supuestamente transgresores que han confundido esa máxima con realizar antologías de lo pop, procesos de copia-pega de lugares comunes sobradamente conocidos por el lector medio. ¿Piensa alguien realizar ‘El Quijote en Marte’, ‘El atraco al banco del guardián entre el centeno’, ‘El amor en los tiempos de Fahrenheit 451′, ‘Huckleberry Finn, espía al servicio de su majestad’? Adelante. Los compraré todos, con mucho gusto, teniendo en cuenta que la alternativa es acudir a esas inmensas estanterías donde aparece el nombre de Stieg Larsson, Stephenie Meyer o Julia Navarro como adalides de la literatura actual.

Nota: Se prepara una versión cinematográfica de ‘Orgullo y Prejuicio y Zombies’ con Natalie Portman como Elizabeth Bennet. Voy contando los días hasta su estreno.

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Kick-Ass

Kick-Ass encierra una secuencia de acontecimientos sencilla: decides hacer el bien, te pones a ello, alcanzas el éxito, la fama y el reconocimiento, y te metes en una burbuja de la que es difícil salir. Haces el bien con una motivación implacable y eludes la violencia, sin darte cuenta de que ésta existe y es imposible evitarla. Y llegan las traiciones, los desengaños amorosos, el dolor.

Este cómic de Mark Millar y John Romita Jr. habilita un mensaje demoledor dentro de su disfraz de exceso gore, que se atreve incluso a colar paradigmas de la comedia juvenil. Los superhéroes no existen, al menos no como nos los presenta Marvel: con un traje hipermolón, una guapísima novia virginal, una fuerza extraordinaria, todo aciertos, ningún fracaso. Dave Lizewski está aburrido de sus amigos, de que el pibón de su clase Katie Deauxma no le haga ni caso (hasta el punto de que se hace pasar por gay para convertirse en su mejor amigo) y de que lo único que le anima a seguir viviendo es la magnífica unión con su padre, un santurrón afligido por la viudedad.

Podría parecer redundante encontrarnos con una nueva perspectiva sobre el ocaso del superhéroe (‘Watchmen’ de Dave Gibbons), el génesis (recuerda a ‘Spiderman’, de Sam Raimi), su naturaleza (‘The Dark Knight’, de Frank Miller), o la formación de grupos (‘El supergrupo’, de Jan), pero ciertamente es un prisma nuevo, natural, cercano, sobrecogedor.

Kick-Ass es sangre, golpes, mutilaciones, y aún así no es lo más impresionante: Kick-Ass es la historia de cómo nos gustaría ser alguien destacable, creer en la inocencia y en la bondad, y esta sociedad nos decepciona bruscamente. Es pesimista porque Dave Lizewski sale mal parado de la aventura, y es optimista porque a pesar de ello él seguirá intentándolo.

Una nueva obra maestra del cómic que será próximamente adaptada al cine (no sabemos si con brillantez). Y todo muy del siglo XXI: aparece YouTube, MySpace, Danny Elfman y el chat de Apple.

Kick-Ass es para disfrutar y para reflexionar, a partes iguales. Doy gracias al Focoforo por habérmelo descubierto.

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